18/02/09

Noches de ocio


Todas las noches hago la misma rutina. No la contaré porque me da un poco de pereza. Pero sí contaré que pasada la media noche tengo esa manía rara de salir a lavarme los dientes. Antes, claro, bajo hacia la cocina para traer una botella de agua fría.

Me encanta cepillar mis dientes por la noche. Es en ese horario cuando más lo disfruto. Pero la noche de anoche mi papá tocó la puerta del baño para decirme que no hiciera tanto ruido. Que diario se me ocurre lavarme el hocico tan tarde. Que lo haga más temprano, me dice. Y que no tarde mucho haciéndolo. Yo no sé si hacerle caso. Es que leí en varios artículos que uno se debe lavar los dientes durante más de cuatro minutos, algo así. Y me impacté al saber que no hacía eso. Entonces ahora no quiero perder tiempo.

Ya son varias veces que me sangro las encías. Y me apena decirlo, no se me quita la maña de hacerlo. Por la mañana mi boca parece hinchada, la percibo rara. El enjuague bucal es otra de mis satisfacciones higiénicas. Si salgo de mi casa sin enjuagar con Listerine Citrus, me regreso a hacerlo.

¡Quisiera tener una dentadura perfecta como la de Barack Obama!... ¡Oh sí!

10/02/09

Quisiera imaginar algo bonito


Anoche pasé por la terminal de autobuses donde alguna vez me dejaste. Y recordé inmediatamente aquellas cosas que pasaron entre nosotros. No sé si fueron malas o buenas. Ni siquiera las quiero calificar porque me sentiría mal. Sólo sé que disfruté algunos momentos. Si tú los disfrutaste, sinceramente, fue algo que no me preocupó. Así de egoísta, así como tú te comportaste, así como me dejaste, sin decir nada, sin despedirte. Y cuando te volví a encontrar me respondiste tontamente: No sé por qué dejé de hablarte. No sé, de verdad que no sé. Y te dije: Pendejo, eres un maldito pendejo que mientes a cada momento. Así como mentiste cuando me llamabas por teléfono preguntándome cómo estaba, cuando en realidad te importaba un carajo mi maldita vida, cuando te importaba mierda. Sí, mierda, como esa que pisaste cuando caminábamos por la calle después de comer unos burritos en el Sanborn's. Yo me quise reír, pero sentí lástima al ver tu cara de imbécil tratando de buscar un pañuelo en tu mochila. Y me sigo riendo de tu cara de imbécil. Esa cara tan rara que ponías hasta cuando te mordía los pezones, mientras te retorcías diciéndome: alto, por favor, alto que eso me prende. Y me dio asco que me dijeras eso. Pero no te hice caso, quería ver si era verdad que eso “te prendía”. Pero ni madres. Mentiste. Y cuando te conté un chiste ni te reíste. Luego te reclamé por teléfono al otro día. Y me dijiste: ¡Ash! No de todo me tengo que reír. Entonces te colgué porque me enojé, porque no valía la pena gastar mis treinta pesos de saldo, porque eres un pendejo que ni gemir a la hora de coger sabía. Porque fuiste tan falso mientras éste que escribe se desgarraba el alma cuando tú no estabas cerca para darte un beso. Y pasé por esa terminal, tratando de recordar si alguna vez me dijiste una frase de amor. Pero descubrí que ni siquiera mi nombre te sabías.