
05/11/09
08/10/09
Aquellos que prefieren dejar de existir

29-09-2009
Durante la primera semana del presente mes, por causas desconocidas para sus familiares, un hombre de 31 años de edad se colgó en el interior de su casa en el municipio de Ayala.
09/09/09
Y moriré por tu amor y ojalá que tú también
Tengo ganas de sentir un beso que me desplome por varios minutos. Y que cuando despierte me encuentre en una cama de sábanas húmedas. Y que mi cuerpo esté todo lleno de mordidas. Y que debajo de mi almohada halle un sobre que guarde una carta de amor... 30/07/09
La furia de sus palabras

¡Ah!
19/07/09
La indignación que estalló como pólvora

Algo sucedió la mañana de este domingo para que el viento soplara tan fuerte. Algo pasó que se respira cierta tristeza en el cielo esta noche. Ya pronto comenzará a llover. Y creo que serán lágrimas... aunque sólo limpiarán la sangre que se derramó porque el dolor, el sufrimiento, el miedo, siempre permanecerán. Muchos esperamos que se borre pronto, tal vez al paso de los días.
En la mañana fui a comprar los periódicos que de costumbre leo. De regreso noté a un grupo de personas que discutían en la esquina de la calle donde vivo. Pero algo me llamó la atención: un niño de quizá tres o cuatro años lloraba demasiado.
Pero otra cosa me perturbó aún más: le salía sangre de la nariz. A su lado estaba una niña, que es su hermana pues. De inmediato la reconocí; son hijos de una señora que trabajaba en un auto-lavado, cuadras abajo de la calle donde vivo. La niña también lloraba, estaba demasiado roja de la cara.
Lo supe minutos después, cuando los vecinos hacían un círculo para evitar que la señora escapara, pues les había pegado a sus niños.
¿Pero con qué saña Dios mío? No lo sé, es difícil de describir.
La señora, que no sé su nombre, había golpeado a su niña de cinco años porque se atrevió a no sé qué cosa. Yo aún me pregunto qué motivos tuvo la “mamá” para maltratarla, darle de patadas, jalarla del cabello hasta levantarla, azotarla contra una cortina de una tienda de abarrotes. ¿Qué hizo la niña?
Cuando esto pasó, según una niña de nombre Vanesa que presenció todo mientras gritaba suplicando a la señora de piel morena se detuviera, dejara en paz a la niña, se calmara; el niño, el hermano de la pequeña golpeada, corrió calles abajo. Pero no escapó porque su madre lo detuvo de la camisa, para enseguida darle un puñetazo en la cara que le provocó una hemorragia al instante.
Ya para entonces los vecinos trataban de quitarle a la señora de piel morena a sus hijos. La rodearon tanto hombres como mujeres. Le decían que estuvo mal hacer eso. Le gritaban que estaba loca.
-Sí, qué les importa. Sí, me las trueno. Cállense- escupía la madre.
-Yo sí la denuncio. Son unos niños, por Dios señora, no se da cuenta- retaba una vecina.
Y, mientras, otra vecina policía llamaba a sus colegas para que mandaran una patrulla al lugar de los hechos.
-¡No, por favor!- suplicaba la madre- ustedes me conocen, saben que no haría nada malo. Déjenme ir. Por favor, mis niños están llorando.
-¿Cómo no van a llorar?, mire lo que les acaba de hacer- decían los vecinos. El asombro no cabía. Qué le pasó a esta señora al golpear a sus hijos.
No es la primera vez, se escuchaba por allá. Yo pienso que le deberían de recoger a los niños, se oía más allá. Y la patrulla llegó: bajaron dos policías, un hombre y una mujer, para entrevistarse con la madre que ya para entonces lloraba demasiado. Y sus hijos también, le suplicaban a la mamá que no se los llevara la policía.
-No hijo, cálmate, vamos todos juntos para que te lleven con el doctor- trató de tranquilizar un policía al pequeño que aún le sangraba la nariz. Posteriormente los policías trasladaron a la mujer, junto con sus hijos, ante las autoridades competentes, quiero pensar.
Cuando vi a la mujer no la reconocí. Me pregunté en qué se había convertido. Varias veces pasó a la tienda de mis padres a comprar dulces o refrescos para sus hijos. Nunca la noté alterada con ellos ni molesta. Parecía una buena madre.
Pero todo cambia, o quizá siempre fueron las cosas así hasta que un día todo reventó en la calle. Y entonces vino el dolor, el sufrimiento, la exposición ante todos, la pena, la vergüenza. Pobres niños, ellos qué culpa tienen de los problemas de los adultos, de sus papás.
La indignación corrió como pólvora. Y muchos nos preguntamos: qué pasa en este mundo porque todo cambia tan repentinamente.
Hace semanas, en alguna colonia del municipio de Temixco, acá en Morelos, la Procuraduría General de Justicia del estado levantó el cadáver de un niño de tan sólo 2 años de edad. Según la necropsia que se le practicó, el menor murió de estallamiento de vísceras provocado por golpes.
Fueron detenidos los padres del niño. Y apenas el viernes pasado un juez ordenó que permanecieran en prisión hasta que el proceso de investigación finalice. Sobra decir que tanto uno como otro se echaron la bolita.
Ella decía que su amante, el padrastro del niño, golpeó al niño supuestamente porque se subió al colchón donde dormían ellos.
Y él negaba todo, decía que ella era la asesina. Sin embargo, en sus primeras declaraciones dijeron que una niña había golpeado con un columpio al menor.
En fin... todo al final de cuentas tendrá su merecido castigo, aunque sea poco comparado al dolor que antes provocaron en los demás.
*Imagen de Alberto Gamón.
09/06/09
"¡Y se disfrazaban de mujer!"
Ya eran las ocho de la mañana cuando el ruido de una bocina me obligó a salir de la cama.“Aparentaban ser todos unos hombres frente a sus vecinos… ¡pero por las noches se disfrazaban de mujer! Entérese, traigo la noticia con retrato para que los conozca. La noticia con fotografía de estos ‘mujercitos’ que se prostituían por la noche y engañaban a sus clientes”.
29/05/09
¿Una pastillita? ¿Un chicle?

Hace unos años cuando andaba de reportero para una revista local sufrí mucho. Y no me refiero a que me costaba trabajo hacer mis labores adecuadamente, que en parte sí se me complicaba, pero con el tiempo eso se fue superando, me refiero más bien a soportar el pésimo olor de boca de algunas personas a las que tenía que entrevistar en la calle. Lo más increíble es que esas personas de las que hablo eran, ni más ni menos, funcionarios públicos de alto nivel.
Yo creo que ni de tan alto, porque eso de dejar salir esos olores tan espantosos de plano no tiene justificación. Lo triste para mí era verlos tan modosos ellos, pero tan sólo abrían el hocico lo fulminaban a uno.
Yo sé que por la tragadera entran muchas cosas... pero muchos no nos imaginamos los tufos tan espantosos que las personas nos avientan.
Una vez, camino al trabajo, me subí a la ruta que estaba demasiado llena, algo que por supuesto no tolero mucho porque me molesta tanta persona junta en un lugar tan pequeño. Devisé un asiento libre junto a un señor, el lugar era del lado de la ventanilla. A veces prefiero ir de pie para evitar quedarme atorado cuando me toca descender, pero esta vez decidí pedirle permiso al señor. Ya a su lado me arrepentí de haberlo hecho.
El susodicho se durmió a medio camino con la boca medio abierta. Yo no podía soportar tanto hedor. Mi papá a veces dice: le huele a cagada. Y un amigo dice: ¡tápate esa muela! Yo siempre he sentido ganas de aventarles una pastilla Halls o un chicle Trident de sabor sandía para que no anden por la vida haciéndonos eso.
Yo sé que puede ser un problema grave de halitosis, no los culpo. El problema es que a veces o no se dan cuenta o de plano no tratan de hacer algo por disminuir ese mal. En el trabajo de reportero me pasa seguido. A veces, en las manifestaciones de cualquier tipo, tienes que entrevistar a los líderes o cabezas del movimiento y te topas con este tipo de situaciones. Lo horrible es cuando, al rayo del sol, tienes que aguantar muchísimo tiempo entre la multitud mientras hueles sus palabras.
Una vez, en la preparatoria, a una maestra le entregué un trabajo para que me lo revisara en ese mismo momento porque quería que me aclarara un par de cosas. Al final opté por decirle que si podía de favor hacerme algunas anotaciones en las mismas hojas. La razón, clarísima está, fue que el aroma de su boca me sorprendió: era asquerosísimo.
Yo siempre llevo conmigo pastillas de menta o chicles de varios sabores. Quizá desconfío de mi aliento, pero al menos ando prevenido. Y a veces, cuando tengo personas a mi lado y les apesta el hocico, saco mi paquete de chicles:
-¿Quieres uno?- les inquiero. Y ellos no lo dudan. Lo aceptan. Lo mastican... y se sienten más tranquilos.
