
Esa tarde, un sábado de abril, no había nadie más disponible que Rubí para cumplir el pedido que su abuelo le había hecho. Antes de partir hacia el mercado, la joven mujer recibió instrucciones de dónde debía comprarlo. Rubí únicamente movía la cabeza hacia abajo, dejando en claro que entendía perfectamente.
–Si olvidas lo que te dije, le preguntas a las personas dónde comprar queso– señaló el abuelo. Y enseguida ofreció a Rubí el dinero para los pasajes, así como para la compra del quesito. Luego la nieta partió.
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Tiempo después el teléfono sonó. El abuelo contestó. Y en un dos por tres las cortinas del negocio cerró. Algo, efectivamente, algo había ocurrido con la nieta.
–Pendeja, pendeja– palabras del abuelo.
Y es que Rubí tuvo un accidente. Veamos. Cumplió con el mandado, abordó la ruta correcta, pero no tocó el timbre de la ruta con anticipación, así que tenía que bajar en la siguiente parada. Y así lo hizo, o más bien así trató de hacerlo. Pero Rubí no esperó a que la ruta hiciera alto total. Al poner un pie sobre la acera resbaló al suelo, la ruta la arrastró unos cuantos metros hasta que el conductor fue advertido de lo que pasaba. Ah, el queso desapareció.
Más tarde una ambulancia llegó para socorrer a Rubí que, increíblemente, sólo había sufrido raspones en los glúteos. Se peló las nalgas, literalmente.
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Ya en el hospital la abuela regañó al abuelo. Le dijo: si no tenías más queso hubieras esperado hasta el otro día para comprarlo tú. Te salió más caro. Hasta el queso se perdió. Rubí fue atendida, la tuvieron en observación durante una semana, luego de ese tiempo pudo regresar a casa a dormir boca abajo. Sobre sus necesidades fisiológicas no hablaremos, pero me imagino que fue difícil esa recuperación.





