
La presencia de piojos queda descartada completamente. El asunto es sencillo: un domingo por la noche recordé que al día siguiente desfilaría por no sé qué motivo cívico. Nervioso le dije a mi papá que debía ir con el cabello recortado, que la profesora Yolanda me había dicho que de lo contrario no me dejarían desfilar e incluirían en mis actas escolares puntos menos.
Por supuesto que mi papá se enojó mucho. Me regañó. ¿Crees que mañana pueda ir temprano con don Juan, el peluquero?, le pregunté a papá. Y él me contestó que no, que para que no volviera a hacer lo mismo, olvidarme de esos asuntos, él me cortaría el cabello… bien peloncito me dejó.
Lloré mucho porque no quería eso. Desfilaba al día siguiente, mis compañeros se burlarían de mí. A mi padre no le importó. Yo sufrí mucho porque nomás era la burla del salón. Y también, por qué no, de la escuela. Llevar gorra era un fracaso porque el director, que siempre nos recibía en la entrada de la escuela, me la quitaba. Y cuando me veía revisaba mi mochila para que no entrara con gorra de contrabando.
Eso fue un momento en el que mi papá decidió ahorrarse el dinero para pagarle a un peluquero. Él lo hizo por su propia cuenta, de paso me dio una lección que, claro está, no aprendí.
Ya en la secundaria, con muchos púberos burlones, malvados, culeros, mierdas, etcétera de adjetivos, la cosa fue muchísimo peor. Cada semana nos revisaban a los estudiantes en la entrada de la secundaria. Que el pantalón debía de ser tal cual lo marca el reglamento, que nada de aretitos, que nada de plumones, ni zapatos sucios, ni pulseras, ni armas, ni revistas pornográficas, ni cuadernos con grafitis, mucho menos cigarros, nada de cosas que resultaran peligrosas para nosotros. Lo único que podía haber en la mochila era un montón de libros viejos o cuadernos desgastados. Pero lo más importante era el cabello. Corto, bien corto, decentes, “como buenos estudiantes” porque son “la imagen de la escuela”.
Admito que me burlaba de aquellos a los que se les negaba el paso por no cortarse el cabello. Pero un día que me toca a mí. Delante de muchas mamás, muchos papás, muchos compañeros, la trabajadora social me dijo: no, tú no puedes pasar porque traes el cabello largo. Lo estúpido que dije fue: ¿no? Y la señora me respondió burlona que no, que no.
Y me fui a casa, a unos cuántos metros de la escuela, entre contento y triste. Contento porque estaría en casa, durmiendo, descansado más. Y triste porque mi papá me regañaría, al igual que mi mamá. Así fue, me regañaron.
Ahorita mismo te corto ese cabello para que regreses a la escuela, expresó mi padre. Pero le dije que me esperaría hasta que el peluquero abriera su negocio. Y no, no esperé porque mi papá hizo su voluntad. Desde el primer momento en que adquirió una máquina para cortar el cabello se empecinó en querer practicar con nosotros, sus hijos. Yo fui al que peor le fue. Luego de dejarme “mordidas de burro”, como dijo mi mamá, mi padre decidió volver a hacer lo mismo que hace unos años, raparme.
Y te callas porque no es mi culpa, era la excusa perfecta de mi progenitor. De nada servía llorar, el cabello no crecería más rápido. De nada servía caminar con la cabeza baja, mirando siempre el suelo, mis compañeros se reían de mí, me tocaban “la pelona”. Esos días en la secundaria fueron insoportables; durante esa etapa no salí al receso, no comía por las mañanas, no hablaba con nadie, era como una especie de Emo pelón.
Tiempo después, lo más vergonzoso fue cuando una noche, mientras me bañaba, noté que mi cabello estaba largo, que probablemente no me dejarían entrar al día siguiente a la escuela. Que quizá mi papá querría cortarme una vez más el cabello, pero no, personalmente yo no quería eso, así que decidí buscar una solución.
Faltar no era apropiado. Mis papás nunca me dejaban faltar a no ser que realmente tuviera algún problema. Y sin pensar más preferí tomar el rastrillo e irme quitando cabello. Lo pasaba por mi cabeza como si me estuviese peinando. Poco a poco creí que el volumen del cabello disminuía. Traté de que no me quedara mal.
Al día siguiente sí me dejaron pasar a la escuela. Ya en la formación para hacer los honores a la bandera mi grupo recibió muchas llamadas de atención por las constantes risas. Yo sonreía tratando de aparentar estar en sintonía con mis compañeros. Luego sentí unos dedos en la nuca, enseguida escuché una voz decirme: ¿quién te mordió, Martín?
Resulta que rasuré demasiado cabello en la parte baja de mi cabeza. Y ese, claro que sí, era el motivo por el cual mis compañeros se reían. Desde entonces procuro acudir con el peluquero periódicamente, antes de que me sea imposible peinarme.
* Mi hermana siempre se burló de mí. Y también me decía Tamara cada vez que papá me rapaba. Pero un día, mientras todos estábamos viendo una película, mi hermana bajó a jugar con sus muñecas. Minutos más tarde escuchamos unos sollozos. Era Yuliana, mi hermana, que se agarraba la frente: la tonta atoró un peine en forma circular entre sus cabellos. Quise reírme, pero me conmovió, así que la auxilié.




