31/07/08

Ahorrándose el peluquero


¡Tamara, Tamara, Tamara! Así me gritaron muchas veces mis compañeros en la primaria. Así me apodaron cuando mi papá decidió raparme la cabeza. ¿Cuál fue el motivo? ¿Por qué tanta saña contra mi persona? ¿Qué sucedió realmente?

La presencia de piojos queda descartada completamente. El asunto es sencillo: un domingo por la noche recordé que al día siguiente desfilaría por no sé qué motivo cívico. Nervioso le dije a mi papá que debía ir con el cabello recortado, que la profesora Yolanda me había dicho que de lo contrario no me dejarían desfilar e incluirían en mis actas escolares puntos menos.

Por supuesto que mi papá se enojó mucho. Me regañó. ¿Crees que mañana pueda ir temprano con don Juan, el peluquero?, le pregunté a papá. Y él me contestó que no, que para que no volviera a hacer lo mismo, olvidarme de esos asuntos, él me cortaría el cabello… bien peloncito me dejó.

Lloré mucho porque no quería eso. Desfilaba al día siguiente, mis compañeros se burlarían de mí. A mi padre no le importó. Yo sufrí mucho porque nomás era la burla del salón. Y también, por qué no, de la escuela. Llevar gorra era un fracaso porque el director, que siempre nos recibía en la entrada de la escuela, me la quitaba. Y cuando me veía revisaba mi mochila para que no entrara con gorra de contrabando.

Eso fue un momento en el que mi papá decidió ahorrarse el dinero para pagarle a un peluquero. Él lo hizo por su propia cuenta, de paso me dio una lección que, claro está, no aprendí.

Ya en la secundaria, con muchos púberos burlones, malvados, culeros, mierdas, etcétera de adjetivos, la cosa fue muchísimo peor. Cada semana nos revisaban a los estudiantes en la entrada de la secundaria. Que el pantalón debía de ser tal cual lo marca el reglamento, que nada de aretitos, que nada de plumones, ni zapatos sucios, ni pulseras, ni armas, ni revistas pornográficas, ni cuadernos con grafitis, mucho menos cigarros, nada de cosas que resultaran peligrosas para nosotros. Lo único que podía haber en la mochila era un montón de libros viejos o cuadernos desgastados. Pero lo más importante era el cabello. Corto, bien corto, decentes, “como buenos estudiantes” porque son “la imagen de la escuela”.

Admito que me burlaba de aquellos a los que se les negaba el paso por no cortarse el cabello. Pero un día que me toca a mí. Delante de muchas mamás, muchos papás, muchos compañeros, la trabajadora social me dijo: no, tú no puedes pasar porque traes el cabello largo. Lo estúpido que dije fue: ¿no? Y la señora me respondió burlona que no, que no.

Y me fui a casa, a unos cuántos metros de la escuela, entre contento y triste. Contento porque estaría en casa, durmiendo, descansado más. Y triste porque mi papá me regañaría, al igual que mi mamá. Así fue, me regañaron.

Ahorita mismo te corto ese cabello para que regreses a la escuela, expresó mi padre. Pero le dije que me esperaría hasta que el peluquero abriera su negocio. Y no, no esperé porque mi papá hizo su voluntad. Desde el primer momento en que adquirió una máquina para cortar el cabello se empecinó en querer practicar con nosotros, sus hijos. Yo fui al que peor le fue. Luego de dejarme “mordidas de burro”, como dijo mi mamá, mi padre decidió volver a hacer lo mismo que hace unos años, raparme.

Y te callas porque no es mi culpa, era la excusa perfecta de mi progenitor. De nada servía llorar, el cabello no crecería más rápido. De nada servía caminar con la cabeza baja, mirando siempre el suelo, mis compañeros se reían de mí, me tocaban “la pelona”. Esos días en la secundaria fueron insoportables; durante esa etapa no salí al receso, no comía por las mañanas, no hablaba con nadie, era como una especie de Emo pelón.

Tiempo después, lo más vergonzoso fue cuando una noche, mientras me bañaba, noté que mi cabello estaba largo, que probablemente no me dejarían entrar al día siguiente a la escuela. Que quizá mi papá querría cortarme una vez más el cabello, pero no, personalmente yo no quería eso, así que decidí buscar una solución.

Faltar no era apropiado. Mis papás nunca me dejaban faltar a no ser que realmente tuviera algún problema. Y sin pensar más preferí tomar el rastrillo e irme quitando cabello. Lo pasaba por mi cabeza como si me estuviese peinando. Poco a poco creí que el volumen del cabello disminuía. Traté de que no me quedara mal.

Al día siguiente sí me dejaron pasar a la escuela. Ya en la formación para hacer los honores a la bandera mi grupo recibió muchas llamadas de atención por las constantes risas. Yo sonreía tratando de aparentar estar en sintonía con mis compañeros. Luego sentí unos dedos en la nuca, enseguida escuché una voz decirme: ¿quién te mordió, Martín?

Resulta que rasuré demasiado cabello en la parte baja de mi cabeza. Y ese, claro que sí, era el motivo por el cual mis compañeros se reían. Desde entonces procuro acudir con el peluquero periódicamente, antes de que me sea imposible peinarme.

* Mi hermana siempre se burló de mí. Y también me decía Tamara cada vez que papá me rapaba. Pero un día, mientras todos estábamos viendo una película, mi hermana bajó a jugar con sus muñecas. Minutos más tarde escuchamos unos sollozos. Era Yuliana, mi hermana, que se agarraba la frente: la tonta atoró un peine en forma circular entre sus cabellos. Quise reírme, pero me conmovió, así que la auxilié.

28/07/08

Llamadas desesperadas


Me desperté más temprano. A las seis de la mañana tomaba té mientras terminaba de leer El País, periódico que compro todos los domingos porque es un verdadero placer leer. Me fascina.

Es lunes, el simple hecho de decir: “es lunes”, me pone de malas. No dormí mucho, a las tres de la mañana me acosté, son las seis. Tres horas dormí. Y mi mamá está enojada porque mis sobrinos no le hacen caso, la esquivan, la ignoran. Por la tarde el calor estuvo insoportable, terrible de verdad, no lo soporté. Me abochorné mucho porque además es lunes, inicio de semana, tener que ir a la escuela, qué pesado me resulta todo.

Últimamente no he dejado de pensar en que quisiera tener mi propia casa, vivir solo es algo que me ha rondado por la cabeza durante muchos días. Espero pronto hacer algo para que todo se vuelva realidad. La verdad es que lo veo muy difícil, pero lo importante es que tengo ganas de hacerlo, o creo tener ganas.

Esas son otras cuestiones que espero poner en orden porque de verdad que no dejan de atormentarme. Algo que espero arrepentirme de decir: me he cansado de ver a mis papás. ¡Oh sí, qué malo fue decir eso! Ellos que me han dado todo, pero como he dicho, tengo cosas que poner en orden porque no quiero hacer problemas e ir enredando tantas cosas que al final resultará ser un verdadero cochinero que puta madre no sé qué me pasa.

A las diez de la mañana sonó mi celular. De inmediato contesté, antes intenté identificar el número pero me resultó un fracaso. Así que oprimí el botón para aceptar la llamada.

–Hola, qué pasó– es lo que siempre digo, bueno, casi siempre.
–Buenos días, quién habla– oí la voz de una mujer completamente desconocida.
–Martín, quién más– dije.
– ¿Martín?, ¿dónde está Ángel?– dijo la vieja.
–No sé, creo que se equivocó de número– dije.
– ¡Ah!, con permiso entonces, gracias– se disculpó la mujer.
–Propio, de nada– le dije.

Y entonces dije para mí mismo: Cómo es posible que las personas siempre se equivoquen de número, que no anoten bien un número, que marquen mal, que sus dedos se resbalen hacia otras teclas, maldita sea por qué siempre me toca a mí. Tanto que me costó comprarme un celular hermosísimo para que las personas me arruinen los días con sus estupideces. No es la primera vez que me pasa eso, ni que mi celular fuera robado o comprado a alguien más. No, así no es. Hace como dos años un amigo me regaló un celular. Y desde entonces conservo el mismo número, ahora, con un nuevo aparato igualmente conservo el número. Qué demonios les pasa a las personas. Me purga, me recontra purga que se equivoquen. Yo me emociono mucho cuando suena mi celular. Y para que me salgan con sus pinches mamadas. Oh, oh, oh.

Más tarde, luego de diez minutos, volvió a sonar mi teléfono. Pero ahora el número era distinto, así que volví a contestar.

–Hola, qué pasó– dije una vez más.
– ¿Ángel?– era la misma vieja.
–No, habla Martín– insistí.
– ¡No mames!, ¿dónde está Ángel?– me gritó la maldita vieja.
– (Reí) No sé, no conozco a ningún Ángel por acá– le dije.
–Pero este número que marqué es el de Ángel, no puede ser que me equivoqué– dijo la vieja un poco acongojada.
–Pues revise bien porque sí se equivocó, de verdad que se equivocó– le propuse.
–Adiós– se despidió la vieja, luego colgó.

Me tranquilicé un momento. Cuando me disponía a comer unos deliciosos tacos dorados sonó nuevamente el celular. Miré el número, supe que era la vieja, así que decidí ignorarla, no quería hacer corajes porque comería aguacate. Y el celular paró, luego volvió a sonar, así cada diez minutos durante casi una hora, hasta que la vieja se cansó. Media hora después llegó un mensaje a mi celular. Abrí la bandeja. Y oh sí, era de la misma perra vieja jodona.

Así, tal cual como lo escribió, lo escribiré:

“angeldondestas llapregunteporti enelmodulo quierosabersibasavenir acasa te esperoasta 2pmsinovienes me voy comoteloabiadichoesperoyegues astaprontorecuerda a tushijos”

Entonces el hecho de que la señora estuviera llamando muchas veces a mi número no me disgustó tanto como el hecho de leer semejante porquería. Así que sin dudarlo oprimí el menú de opciones en mi celular, copié el texto, lo pegué en un nuevo mensaje a enviar. Y lo corregí:

“Ángel, ¿dónde estás? Ya pregunté por ti en el módulo, quiero saber si vas a venir a la casa. Te espero hasta las 2 PM. Si no vienes, me voy, como te lo había dicho. Espero llegues. Hasta pronto, recuerda a tus hijos.”

Y se lo reenvié a la vieja. Minutos más tarde la señora volvió a marcar.

–Señora, le repito que está equivocándose de número, me da pena por usted, pero no puedo hacer nada, le insisto, revise que el número sea el correcto, es un hecho que está mal– la regañé.
–Ya deja de esconder a Ángel, pásamelo por favor, no seas malo, tiene dos días que no llega a casa– imploró la señora.
–De verdad, se lo digo de verdad, no conozco a Ángel, no le puedo ayudar en nada, le repito nuevamente, revise el número– ahora fui yo el que imploró.

Pero la señora terca y terca que yo escondía a su marido. Que el número era el correcto, que no era posible que de un día para otro sea otra persona quien conteste. Le dije que me daba pena su caso pero que lo único que ella podía hacer era esperar a su marido, que me dejara de llamar. Y así terminó todo, espero que su hombre haya llegado a casa, a ver a sus hijos y que ahora mismo estén haciendo el amor.

Yo, por lo pronto, seguiré tomando té de limón porque llueve bastante. Y los relámpagos me dan miedo.

*Por cierto, quiero presumir que desde octubre del año pasado tengo un hermoso BLACKBERRY CURVE que me costó mucho. Es un regalo que me quise dar. Deben entender que en esos días terminé una relación de tres años. En lugar de llorar, lo mínimo que podía hacer era comprarme un juguetito que me animara. Desde que lo vi me enamoré del celular. Admito que me salió lo materialista, pero ni modos, me gusta mucho, mucho, muchísimo... carajo.

17/07/08

Compartir es muchísimo mejor*


Tengo una paleta grandísima de caramelo macizo. Es de colores. Se antoja deliciosamente. Pero tengo un grandísimo problema también: no tengo con quién compartirla. ¿Quién será esa persona que le dé chupadas junto conmigo? ¿Qué persona estará dispuesta a correr su lengua junto con la mía para disfrutar de esa delicia? Mientras tanto esperaré a que el tiempo me ponga a alguien en el camino, sólo espero que las hormigas no me ganen.


* No quité la etiqueta del precio porque podría romperse el celofán de la paleta. Entonces así las hormigas ganarán la carrera a la persona que quiera compartir conmigo la paletita. Deliciosa.

14/07/08

Algunos enojos de mamá


Mi madre, la que me trajo a este maravilloso mundo está enojadísima conmigo. Pero no exclusivamente en este día. Ella se enoja por las acciones que ejecuto:

1. No limpiar en bastantes días mi habitación. La ropa limpia está sobre la mesa, en algunas torres de periódicos, sobre la cama; menos en el lugar donde debería estar: ropero o armario. El polvo ha dejado gruesas capas en algunos libros, en algunos aparatos electrodomésticos, en discos, en muchas partes de la recámara.

2. No tirar demasiados periódicos. Le prometí tirar algunos, pero la verdad es que, a pesar de tener acceso a internet, me cuesta trabajo desprenderme de los periódicos: son una especie de fetiche para mí. Tiré únicamente aquellas secciones que no me interesan, aquellas que siempre elimino antes de comenzar la lectura general; avisos de ocasión o clasificados, suplementos de automóviles, bienes raíces u otro tipo de banalidades. Mi madre siempre me amenaza que cuando llegue de la escuela no encontraré ningún periódico. Nunca cumple.

3. Comprar desesperadamente revistas, mismas que he ido acumulando porque hace mucho tiempo que no tengo espacio para la lectura debido a que la semana de exámenes ha estado pesadísima. Deberías de vender todas esas porquerías que nada más hacen estorbo, dice mi gentil madre.

4. Escuchar música de Ravel (que me fascina) a un nivel estruendoso cuando me baño. Y es que a esa hora (13:00) mi sobrino (de un año) tiene que dormir. Y aunque mi madre asegura que la música duerme al niño, ella no escucha los diálogos de su telenovela favorita. Deberías estar haciendo la comida, le reviro.

5. No avisar que llegaré tarde a la casa. No avisar, mucho menos, que no llegaré a dormir a la casa. Ella me dice: pareces gallina; donde ves palo te quedas a dormir. Caramba con esta madre, me sabrá algo o me habla al tanteo. Nanita, qué cosas en serio.

6. Azotar la puerta principal, la puerta de mi recámara, la del baño. Azótate los huevos, me grita la malvada. Y encima de todo esto me grita porque además dice que me tardo lavando los dientes mucho tiempo. ¡Tú eres el que se acaba la pasta, cochino!

7. Picarle las nalgas varias veces cuando está cocinando o cuando pasa cerca de mí. Y siempre lo hago. Y siempre me regaña. Quiere darme manotazos pero decide sobarse las nalgas. E invariablemente siempre lloriquea: ahí es donde me inyectan. Pero yo, su hijo, sé que no es verdad, lo dice porque se quiere hacer la interesante. Así que le vuelvo a picar las nalgas.

8. Y muchas otras cosas más que no puedo seguir mencionando porque es hora de irse a bañar para entregar un trabajo difícil en la escuela. Lo bueno de todo esto es que por fin este lunes terminan los dichosos exámenes. Enhorabuena.

11/07/08

Diálogos antes de ir a orinar


En la universidad donde estudio la licenciatura en periodismo ocurre algo interesante. Sé que es vago decir que es interesante lo que ocurre, pero no encuentro otra palabra para describirlo.

Desde la semana pasada inició el primer encuentro de Diálogos con periodistas. El organizador de este plan es un compañero de nombre Miguel Rosales. La dinámica es sencilla, nada compleja: cada semana los alumnos de periodismo (también de otras carreras – público ajeno a la escuela) se reúnen en el auditorio de la universidad para escuchar de viva voz las experiencias de algunos periodistas del estado de Morelos.

La intención es que los alumnos cuestionemos a los periodistas sobre dudas que nos quepan en la cabeza. Muchas veces los catedráticos nos dicen que una cosa son las clases, las tareas en la escuela, pero la realidad en el campo laboral de los medios de comunicación locales es bastante distinta, diferente, es otra cosa.

De sobra lo sabemos quienes hemos tenido la oportunidad de andar reporteando. E igualmente compartimos algunas experiencias con quienes ahora están plenamente posicionados en los medios públicos o privados.

A mí me agrada mucho la idea de que los jóvenes (algunos no tanto) escuchemos a los periodistas activos porque es abrirnos hacia un panorama que por el momento desconocemos. Igualmente tratamos de saciar nuestras preguntas, de saber qué piensan ellos del teje y maneje de la información, del chayote, del embute, de la censura, de la fraternidad entre periodistas, de los vicios, de lo que representa ser periodista, de los momentos críticos, difíciles, comprometedores. Todo eso, muchísimo más también.

En noviembre del año pasado una profesora organizó una conferencia con algunos periodistas para que compartieran sus experiencias con nosotros. La cosa estuvo interesante en algunos momentos, aunque por otros momentos resultó soporífera. Yo, personalmente, disfruté de la plática de Raquel Fierro, ex corresponsal del diario Reforma.

Y ahora aplaudo la propuesta del compañero Miguel de organizar este tipo de eventos porque resultan sumamente nutritivos en cuanto a información se refiere. Por eso es que participé en el primer encuentro. Fui, junto con mi compañera Ever, moderador del Diálogo. Y la verdad es que me gusta bastante participar porque siempre hago un discurso bien inspirador, porque me apasiona el periodismo.

Esperemos pues que los siguientes diálogos resulten atractivos, aunque el segundo, que fue este jueves 10 de julio, resultó ser un bache.

* En la tarde cuando me dirigía a la escuela pasé a comprar los periódicos del día. El Universal, Reforma, El Regional del Sur… luego caminé hacia el paradero a esperar la ruta. De pronto un automóvil se detuvo frente a mí. ¿Tienes el Reforma?, me dijo un señor. Nervioso le dije que no, que no vendía periódicos. Qué pena, pena, penita.

* Por cierto, ahora con estos tiempos de lluvia es desesperante traer consigo un paraguas a todos lados. El mío es grande, parece bastón. Hasta me siento importante el llevarlo. Pero mis amigas me dicen que parezco “hermano”; léase Testigo de Jehová, con eso de que leo con ellos la Biblia. En fin, por lo menos una vez me dijeron: Pingüino, el de Batman.

* Desde el miércoles no he podido dormir. Me alejo de la computadora a la una de la mañana. Luego, en lugar de descansar, tomo las secciones de los periódicos que no terminé de leer durante la tarde.

Y aún me faltan cosas por leer: compré la revista RollingStone porque viene Batman en portada. Adquirí, el mismo día que la anterior, la Revista del Consumidor; en portada anuncian el tema de la basura, cosa que a mí me interesa mucho. Proceso está en la fila de ser leídas antes de este fin de semana. El Chamuco, que compré hace dos semanas, por lo cual se convierte en revista atrasada porque la nueva está en venta ya. Nexos, del mes de junio. Día 7, del domingo anterior. Algarabía, dos revistas que compré porque estaban de oferta. Y ahora, viernes, adquirí en Sanborns otras dos revistas: La Pluma del Ganso y Libros de México. Este sábado pienso comprar Nexos y Letras Libres del mes de julio.

* Hace tres semanas que terminé de leer Arráncame la vida, de Ángeles Mastretta. La historia es bonita, no hermosa. Tiene capítulos que son insoportables. Pero por fin la terminé de leer. Debo decir que no me gustó. Pasará a la historia de mi vida como un libro más. Ahora he comenzado a leer Limpios de todo amor, de Cristina Pacheco: una recopilación de las historias que publicó en La Jornada entre 1997 7 2001. Yo amo a Cristina Pacheco, sí que sí.

* Me gusta un chico. Pero creo que sólo ahí quedará, en un gusto. ¡Ay Martín, por qué eres así de miedoso! Yo sólo sé que quisiera bailar con él un valse de amor. Y decirle: más te quisiera / más te amo yo / y todas las noches las paso / suspirando por tu amor.

Es todo.

10/07/08

Besos al amor


La tristeza me llegó de noche, de madrugada. Hace cuánto amor que no me besas. Ya ni recuerdo a qué saben tus besos. Ni la textura de tus labios. Qué es un beso. A qué sabe abrazarse para luego ceder ante las caricias. Hace cuánto amor que no nos miramos de frente, tratando de reconocernos para luego hundirnos en saliva. Hace mucho que estás a mi lado. Y es apenas cuando necesito más de ti. Hace mucho, mi hermoso príncipe, que extraño tus palabras en mi oído, en la noche, en la soledad. Te amo, me decías. Yo más, contestaba. Hace cuánto que no reímos juntos de lo mal que nos sucede diariamente. Y hace mucho que duermo, cierro los ojos, tan tranquilo, tan como si nada pasara: el amanecer me resulta tonto. Ya no tengo por quien despertar alegremente por la mañana. Se han muerto tantas cosas. Y hace mucho, pero hace mucho, que extraño tus brazos sobre mí. Un beso. Dos quizá, prolongados, apasionados. Ya no es lo mismo, amor, reír por cosas sin sentido. Hace mucho que camino esperanzado de que algún día seas sólo para mí. Y es entonces, mi querido, cuando podré decirte con millones de besos que te amo. Y que me amas quiero oír. Pero hace mucho que extraño la sensibilidad. La música de tu cuerpo al ritmo de mis gemidos. Hace mucho tiempo que me duele estar tan lejos del amor, tan cerca de la tristeza, tan en medio del drama. Quiero jugar. Quiero tantas cosas. Ir de aquí para allá sin llegar hasta acá, porque ahí están los miedos, la niebla fea, el dolor, las lágrimas. Y quiero llorar porque te amo tanto que me siento miserable. Hace mucho que tu simple imagen me provoca el llanto. La rabia. El miedo de morir sin decirte que ante todo, por todo y porque así me gusta: mi vida está a tus pies. Y te amo tanto que me rompe el corazón saber que en mi vida no probaré otros labios porque los míos únicamente aceptan los primeros, aquellos que le despertaron las ganas de estar, siempre, besando al amor.

07/07/08

Los días, como mi vida, avanzan*


Lo más triste es que ni siquiera te despediste. La última llamada no la recuerdo, la borré tanto de mi memoria como de la memoria de mi celular. Al diablo todo, al carajo tú, ellos, tus amigos también. Qué fue lo que pasó. Ni siquiera lo logramos descifrar. Acaso fueron los berrinches obscenos con los que decidiste mutilar la alegría que nos rodeó durante algunas noches algo azucaradas. Qué ingenuo fuí al creer que el algodón de azúcar llamado corazón se comía tan despacio cuando tu ágil mente me mordía hasta el palo. Qué barbaridad el hacer recorridos tan estresantes, tan estúpidos por simples ganas de mirarnos frente a frente riéndonos como dos malditos enfermos que no tienen ni un gramo de decencia. Las cosas, así como empezaron, así terminarán.

Y quiero que sepas, oh amigo del alma, que jamás volveré a hincarme frente a ti para mamarte la verga como pinche desesperado. Y aunque empujabas mi cabeza hacia tu miembro con tanta pasión, jamás, nunca más volveré a arrodillarme ante tu virilidad porque aunque me guste, quiero que lo sepas, no seré un imbécil amándote y mamándote con tanto amor que tú ni siquiera te das cuenta de que el amor, para mí, sí, para mí, significa mucho, significa tanto.

Besos en tus mejillas, besos en tu boca, besos en tus partes ocultas que algún día descrubrí. Besos, sólo eso te puedo mandar, besos.

*Mi vida es un drama.