28/06/08

Baños por la noche


Esta noche, como todas las noches, tengo ganas de desfogarme. De hecho como siempre, como todos los días, las tardes, siempre, siempre, como siempre lo hago. Quiero dejarme. Seré todo para ti. Nada más para ti.

Iré al baño a meterme en la tina de agua tibia. Desnudo estaré. Ya sabes lo que tienes que hacer: sumérgete en las aguas, explora por debajo. Yo ahí estaré esperándote. Ahí habrá lo que siempre has deseado, por lo que tanto lloras, por lo que siempre has suplicado. Observa mis ojos antes de hacerlo. Blancos, desorbitados. Éxtasis que viene. Tócame con suavidad, enjabóname tu pasión, tállame lo que quieras. Tállame por la espalda, muérdeme las orejas, rómpeme de placer. Ahí en la tina estamos. Y el agua resbala no sólo por nuestros cuerpos, lo hace hacia el suelo. Me abrazas, te siento, me encantas, me bañas, te quiero, me aprietas. Deseo, sudor, escucho tu respiración. Y gimes. Y grito. Quiero explotar en tu piel, quiero morir de un orgasmo.

Estamos frente a frente. Acariciándonos. Besuqueándonos. Me da pena mirarte, me cohíbo, pero no parece tanto así porque te toco la espalda, bajo las manos cada vez más. He sentido donde tus nalgas se separan. Quiero más. Bailemos, que el calor ponga el ritmo, que nuestras lenguas dancen por nuestras pieles. Muérdeme los pezones. Déjate. Yo me dejo, me suelto, no pongo resistencia. Respira dentro de mí. Quiero fluir dentro de ti. Rómpeme en cachitos el corazón.

Te levantas dentro de la tina. Yo quedo sentado, te miro, me miras, te aproximas hacia mí. Veo tu rostro. Sé lo que quieres, sé que lo quieres. Ya te mordí. No te retuerzas, vienen más, muchísimas mordidas más. Tus nalgas están rojas, mis dedos están rojos. Qué habrá pasado.

Ya el agua está sucia y aún ni nos hemos bañado.

24/06/08

No sentí mariposas... había coraje


Estaba enojado. Él estaba enojado. Quién sabe qué persona lo hizo enojar. Yo no fui. Me deslindo. No me lavo las manos porque ni siquiera tuve nada que ver en su cochinero. Pero él claramente estaba enojado. Y me llamó. Para qué. No lo sé. Pensé que habría tantas elucubraciones que decirme. Pero me equivoqué. Uno, a pesar de tantas cosas, no aprende a no ser tan amable con las personas. Suena el celular. Contesto. Saludos, buenas noches. ¿Cómo estás? Bien, como siempre, me alegro, no me importa, es la rutina el preguntar. Sonrisa, sonrisa, grandísima sonrisa se ha dibujado en mi rostro. Y todo para qué. Si al final se dice uno lo mismo, se trata igual. Ya las palabras no tienen sentido. Es la misma perra pero revolcada muchas veces. Y lo vuelvo a decir: él estaba enojado. Qué le hice. Nada. Por eso, por aquello, por todo, por nada se enoja. Qué feo, qué triste. Qué pendejo pues. Cuélgame. ¿Seguro? Hazlo, no preguntes. Es una orden. Es lo que quieres. Más bien es lo que quieres que haga. Ni madres. Ni te reíste de mis chistes. Ni te reíste de las chupadas de paleta. Fingí. Mierda, qué mierda que eres. Ya no tiene caso, si finges eso, puedes fingir un orgasmo. Claro que no. Eso dices. Eso quiero que digas. Qué malo eres, qué malísimo eres. Silencio que se expande. Ya tu voz no se escucha. Sólo la vecina cantando. El ventilador. Mi respiración. Creí que no colgarías. Dijiste que ibas a cenar. Supongo que tuviste buen provecho. Y al final, como pendejo me quedé: sí colgaste, qué malo eres. Y entonces me puse a llorar. Pobrecito. Te extraño. ¿Me crees?

20/06/08

Aclaración


Seré tu vaca... ordéñame.

18/06/08

Caminabas, oh, delicia andante


Alegría. Seré un obsesionado, un acosador, un malo, un tonto, seré lo que sea, pero no dejaré de pensar en ti esta noche. Caminabas. La mano izquierda con el puño cerrado. La mano derecha metida en el bolsillo de tu pantalón. Tu camisa blanca, quisiera pensar que como tu sonrisa. El ritmo de tu cuerpo: delicia disfrazada de sensualidad. Excitante. Relajante. Sensual, perfecto. Yo quería abrazarte. Miedo, miedoso, miedo. Caminabas, de aquí a allá, de allá para acá, pero en mis brazos nada de nada. Solitario. Tristeza. Quiero llorar. Caminabas, oh sí, qué delicia, qué hermosos tus labios. Yo no puedo más que imaginarte a mi lado, obsesionarme contigo. Aburrirme.

17/06/08

El humo que sale de mi boca


En mis intentos por fumar siempre he sido un verdadero fracaso. Nunca he logrado consumir por completo un cigarro. Todo queda a medias. Las ocasiones en las que me he sentado, cruzado de piernas, en una banqueta de la ciudad con cigarro en mano, han sido tremebundas.

Hace algunos años un queridísimo amigo mío intentó infundir en mí el gusto por el cigarro. O más bien, creo que me quería enseñar a fumar. A mí siempre me ha gustado el olor del cigarro, el humo atravesándome, impregnándose en mí. Así que después de mostrarme renuente decidí no hacerle más el fuchi a su propuesta.

Al salir de la escuela decidimos platicar en las banquitas cargadísimas de cagada que están en la Glorieta de la Luna, en Cuernavaca. Ahí nos sentamos. Él, mi amigo, fumaba. Luego me invitó a que hiciera lo mismo. Encendí el Marlboro 100, de esos que son algunos centímetros más grandes que los demás cigarros tradicionales.

El cigarro no tardó mucho tiempo en mis labios cuando de pronto ocurrió la primera bocanada. Tosí, tosí, tosí. Y me negué a seguir intentando fumar. Sin embargo mi amigo me convenció de seguir haciéndolo. Así fue. Yo me tocaba el cuello dizque para sentir el humo atravesando mi garganta, para luego dejarlo libre por el viento. Me gustaba tener el cigarro en la mano, mirando cómo el viento también lo consumía. Golpeándolo levemente para tirar las cenizas. Mis pulmones habían dejado de ser vírgenes, el humo que aspiré por cuenta propia los había penetrado.

Pero no pude más. Luego de tanto reírme, de sentirme diferente, algo pasó. Estaba mareado. Quería vomitar. Cuando me levanté de la banca sentía que en cualquier momento me daba el soponcio. Diré una vulgaridad: parecía que había o me habían recién cogido porque mi caminar era charro. Verdaderamente que la nicotina me hizo mal.

–Eso pasa la primera vez– me dijo mi amigo. Decidí que no quería saber qué pasaba después. Pero no pude, lo acepto, lo admito, no pude contenerme. Me obsesioné con el cigarro. Ya no me bastaba su olor. No quería seguir siendo fumador pasivo, quería volverme el activo. Quería, como muchos a mi alrededor, sacar humo por la boca.

Y lo hice clandestinamente. Que mi familia no se entera. Que mis amistades tampoco. Probé de todos los cigarros. A veces, cuando no había nadie en casa, antes de bañarme prendía un cigarro, estaba dispuesto a fumármelo por completo. Me miraba ante el espejo. ¿Orgulloso? No, la verdad es que no. A la mitad del cigarro comenzaba a dolerme la cabeza, me sentía mareado. Y rápidamente me metía bajo la regadera para apaciguar un poco mis malestares.

Una tarde en que tampoco había nadie en casa decidí fumar un cigarro Raleigh, pensé que por ser pequeños podría acabarme uno. No fue así. Todo parece perfecto pero al final resulta ser una barbaridad. Encendí el cigarro. Quise acostarme, hojear una revista, sentirme todo un fumador. Y cuando pensé que podía acabarme el cigarro, el dolor de cabeza empezó a surgir, acompañado, por supuesto, del mareo terrible. Me levanté de la cama. Apagué el cigarro, me fui a bañar.

Ni las aspirinas ni nada pudo aliviarme el dolor. Juré por mi madre que jamás volvería a intentar fumar. ¡Qué fracaso!, ¡Qué ridiculez!

Pero, como pasó anteriormente, quise jugármela de nuevo. Hablo por supuesto de las fumadas. Una noche, al salir de la universidad, quise fumar por primera vez en un taxi. Abordé el vehículo. Y el colmo de mi mamonería fue decirle al taxista: ¿le molesta si fumo? Su respuesta fue: invítame uno pues. Se lo invité. Y él se ofreció a prender mi cigarro, pero le dije: no, gracias, aquí traigo encendedor.

Al principio disfruté el ir aventando la ceniza del cigarro por la ventanilla. El ir arrojando bocanadas era exultante. Pero la alegría duró poco. Cuando me di cuenta que las cenizas se me regresaban mi cabeza empezaba a sentir dolores. Y el mareo se conjugó con la rapidez del taxi. Ahora quería llegar pronto a mi casa. Las chupadas de pastillas Halls no me funcionaron. Los chicles mucho menos. El vómito estaba a punto de hacerse presente.

Al llegar a la casa corrí al baño casi como si tuviera diarrea. Pero al estar en el baño no vomité ni pasó nada. Quería llorar. Me sentía malísimo. Fui a recostarme, a esperar a que todo pasara. Así fue. El dolor se me quitó, pero las malditas ganas de querer fumar un cigarro completo no se han desvanecido.

Y he intentando varias veces pero mi organismo no aguanta. Es miedo, es estrés, es desesperación. Mi mamá dice: deberías de aprender otras cosas. Y le digo que sí, que está bien, que luego, que para todo existe tiempo.

Ya no me importa ni preocupa fumar. Me he dado cuenta que eso no es para mí. Respeto, por supuesto, a quienes fuman, a quienes dicen que los relaja, que los aliviana. A mí no, a mí me provoca malestares. Y si eso es ahora, no quisiera saber qué pasaría si fumara hasta una cajetilla en un día. Probablemente muchos cánceres, muchos problemas, como en todo.

Mi postura es: fumar es dañino para la persona que lo hace, pero también para quienes están a su alrededor. Por mí no existe problema. Pero muchas personas no fuman porque quieren estar sanas, porque les molesta el humo, porque son intolerantes al tabaco. Lo mejor es respetar la decisión de cada quien, pero sería bastante mejor que hubiera menos contaminación, más espacios libres de humo, menos muertos por cáncer, menos enfermedades. Creo que todos coincidimos en que la salud es importante, así que tratemos de cuidarnos.

Yo fumaría lo necesario, en el lugar adecuado. Y esperando, porque me considero respetuoso, no molestar a nadie. Pero he dicho que me marea el fumar, así que ni modos, seguiré fumando pasivamente. ¡Viva la buena vida!

12/06/08

Una noche malísima


Jamás olvidaré la noche en que Arianna no me dejó dormir. Recuerdo que hicimos un viaje a Taxco en compañía de otros amigos. Por la noche caminamos por las estrechas calles de Taxco, íbamos en busca de un buen lugar para pasar la noche, para divertirnos.

Caminamos sin saber nuestro destino, nos aventuramos a preguntarles a las personas una buena opción de bar para poder pasar la noche. Muchas opciones, muchos lugares, pero al final decidimos quedarnos en uno que no estuviese bastante lejos del hotel donde nos hospedábamos.

Ahí, en el bar Las fuentes, pedí un vodka con jugo de uva. Mis demás compañeros pidieron un litro de cerveza. Antes de que ellos llegaran a la mitad de su tarro, el vaso donde estaba servido mi vodka no contenía nada más. Bebí rápido, tenía sed, ni siquiera lo disfruté. Así que, para seguir en la misma tónica de mis compañeros, tuve que pedirme un litro de cerveza. Y así fue.

Risas, carcajadas, chistes, pésimos chistes, bromas, salud, brindemos, ¿para qué?, ¿por qué?, quién sabe, salud, brindemos pues. Cuando nos aburrimos de estar en ese lugar, decidimos ir a un Oxxo a comprar un six de cervezas, unos chicharrones, nada más. Continuamos en el hotel. Ahí platicamos de muchas cosas hasta que el sueño nos ganó.

Y cada quien a dormir. Ever durmió al lado de Vladimir, quiero imaginar que lograron conciliar el sueño. Yo compartí habitación con Arianna. Una sola cama, un colchón durísimo. Y Arianna se dispuso a dormir, se tiró en la cama boca abajo, estirando sus brazos, sus piernas. A un costado, procurando no caer al suelo, me encontraba yo.

Antes de dormir hice algunas llamadas, mandé mensajes de texto a unos amigos. Luego, en complicidad con Arianna, llamé a Atzin, pero decidimos colgarle. Más risas, más carcajadas. Mejor a dormir.

No me cambié de ropa, no llevé pijama. Únicamente me quité los zapatos. Me cubrí con una sábana. Arianna, por su parte, parecía dormir a gusto. Me daba miedo estar en ese hotel. Tan pequeño, tan estrecho, una sola cama, Arianna a mi lado durmiendo como si nada, pensando que la cama era únicamente para ella, se movía, se rascaba, a ella no le importaba mi presencia. Se sentía única ahí, sola, toda la cama para ella.

Yo, todavía a un costado, esperaba el amanecer. Y me lamentaba por no haber dicho que prefería dormir solo, en cama única. Pero nada se podía hacer ya. Luego tuve calor, me quité la sábana, me dolía el cuerpo, tan sólo algunos centímetros podía moverme porque Arianna no me dejaba más espacio. Observaba a cada momento mi celular, estaba desesperado, me angustiaba el calor, quería que el reloj marcara las seis de la mañana.

Pero todo parecía tan lento, la noche interminable. Yo seguía desesperado. A las tres de la mañana escuché ruidos. Era Ever que salía de su habitación para ir al baño, luego fue Vladimir. Arianna me tocó el hombro, me dijo: ¿qué pasa?

Es Ever que fue a mear, creo que también Vladimir, le contesté. Y luego le alumbré la cara a Arianna con una linterna. Y se enojó, me dijo: Ya duérmete cabrón.

Si me dejaras dormir, si te hicieras a un lado, si entendieras que la cama es para dos, tal vez podría dormir… quise contestarle, pero mejor dejé que se durmiera. Cosa que por supuesto no le costó trabajo. Ella roncaba, qué envidia me daba.

Más tarde me levanté para mirar otra vez el celular. Y me daba mucho coraje ver que apenas eran las cuatro. Y me detuve un momento para mirar a Arianna, completamente tranquila, durmiendo, boca abajo, ligeramente abierta de piernas. Quise tomarle una foto pero mi cámara no tenía batería. Pinche Arianna, pensé, se adueñó del espacio de la cama.

Ya a las seis escuché que otros inquilinos del hotel se iban, los niños hicieron mucho ruido, no me despertaron nomás porque no logré dormir, pero el hecho de saber que se iban me animaba porque pronto amanecería. Me dolía la cabeza, me sentía mareado. Cuando los inquilinos se fueron, salí al pasillo del hotel dizque a tomar aire fresco, pero hacía mucho calor. Y tenía ganas de vomitar.

Me senté en el sillón del pasillo. Ahí me quedé esperando a que mis compañeros se despertaran. La espera en el sillón, al igual que en la cama, fue tremendamente desesperante. Me sentía mal. Estaba asqueado, no por Arianna que no me dejó dormir, era, supuse, por el vodka.

A las ocho de la mañana el dueño del hotel, un tipo grande, gordo, moreno, salió de su cuarto en ropa interior, rascándose la cabeza, bostezando. Me vio en el sillón, me dijo buenos días, se fue a bañar. Más tarde, como a las nueve, mis compañeros despertaron. Tan tranquilos, tan como si nada, a mí me seguía doliendo la cabeza, estaba mareado, quería irme a mi casa, pero esto no fue hasta las seis de la tarde.

Antes les conté que Arianna no me dejó dormir, que se apropió de la cama, que se echó, sin pena alguna, en la cama, que estiró sus brazos, sus piernas. Esa noche, en Taxco, jamás la olvidaré aunque Arianna niegue rotundamente su comportamiento.

09/06/08

Retrospectivas


Cumplí 21 años. Y en el tintero se han quedado tantas cosas. Sea cual sea la razón, creo que todo desemboca en algo: cobardía. Miedo tal vez. A veces creo que sobre la espalda cargo tantas cosas que no me pertenecen, pero no quiero ni debo soltarlas, dejarlas caer equivaldría a ser más cobarde.

Alguna vez una amiga me preguntó: ¿eres completamente feliz Martín? No hubo respuesta, sólo sonreí. Pero hasta la fecha esa pregunta me sigue invadiendo. Aunque creo que la respuesta es rotundamente negativa. No lo creo, jamás me he sentido lleno de felicidad. Y no encuentro nada que le sea equiparable. Camino porque tengo que caminar, muevo las manos porque lo debo hacer. Pero ser feliz aún está demasiado lejano de mí. Y cada día empiezo a creer que será una búsqueda o casualidad sumamente difícil.

Si bien es cierto que me provoca emoción el escribir, el redactar la sonoridad de mis pensamientos más raros, también es cierto que aún me falta mucho camino por recorrer. Son 21 años los que ahora he cumplido, son tantas cosas que debo reflexionar. Pero lo peor de todo esto es que apenas tengo tiempo para darme cuenta de quién realmente es ese Martín que todos los días despierta.

A mi alrededor las cosas empiezan a despedazarse como un pan, como un polvorón. Paradoja dulce, a mí que tanto me agrada el polvorón, ahora comienza mi irritación porque me hundo, porque no puedo hacer nada.

Dizque me prometí a mí mismo dejar la casa de mis padres antes de cumplir los 21 años. La meta era salir de la casa durante los 20 años. Pero hubo factores de los que no me pude librar. Como siempre, nada raro en mí, soñé demasiado. Tracé líneas tan delgadas en mi imaginación, tanto que parecían perfectas, todo rosa, así como mi vida, pero la realidad es que pudo más la emoción que las verdaderas ganas de hacerlo. Me creí libre, me creí capaz, pero ante todo resulté un completo fracaso. No luiché por ser diferente, pero conservando la escencia. Creo que me perdí, ahora debo encontarme, si no es tan tarde.

Ya me burlé de mí mismo. Ya me maldije por estúpido, por tonto. ¿Qué representaré para las personas que me tienen a su lado? ¿Qué seré? Eso me importaba antes, eso no me preocupa ahora. Camino, camino, sigo caminando, sigo encontrando a cada paso una piedra que me estorba. Cada vez es más grande, algo me hace pensar que pronto veré un muro, una pared. Un callejón sin salida. Y ahí, en la oscuridad, en la soledad, encontraré mi muerte, mi refugio fiel, mi amante de cera.

Al llegar a mi casa no encuentro nada más que un vacío existencial. Ya nada es como antes. Ahora mi tristeza es tan insoportable. Ya de nada me sirve bailar, cantar o hablar como un loco frente al espejo, dictando discursos, sonriendo teatralmente. El oxigeno se me acaba.

Ya me deshice de todo papel que me recuerde mi pasado nubloso, ese del que no me avergüezo, pero que tampoco deseo tener presente. Sólo quedan fotografías de mi infancia, donde aparentemente era todo divertido, donde se me veía tranquilo, contento, feliz podría decirse. Son recuerdos que me quedan, son momentos que auxilian a mis sentimientos cuando las lágrimas comienzan a ahogarme, cuando la tristeza se vuelve un mar. Y no sé nadar.

Son 21 años. Y espero que pronto todo cambie. Sé que así será. Aunque no sé qué tan preparado me encuentro para aceptar los cambios que vengan. No sé qué tan difícil o fácil sea el abrirme ante tantas nuevas aventuras o desventuras. Ojalá todo fuera como cerrar los ojos, suspirar e inmediatamente echarse a soñar.

Pero los sueños, en la realidad, al menos para mí siempre son una pesadilla.
Tengo 21 años. Y quiero volver a besar a alguien. Tengo 21 años. Y ahora, lo que me acercaría a la felicidad, es volver a dormir con alguien que por la noche no deje de besarme. Y me pongo a pensar que mi balanza tiene dos pesos: mi vida rutinaria, donde sin duda todo recae, donde está lo peor, donde no quiero más, donde todo está mal, donde… carajo, no quiero que exista más. Pero acepto que si no existe más entonces no podrá nivelar el otro extremo, donde recae el amor, donde siempre quiero vivir, donde para eso quiero vivir, donde… carajo, es imposible.

Ahora me he dado cuenta que me gusta soñar mucho. Por favor, denme unas buenas cachetadas porque ahora, a mis 21 años, eso de soñar como que no tiene mucha cabida en mí.

07/06/08

Ya no puedo más, no aguanto más


Ya no puedo más. Todo está cambiando, todo. Prometí no llorar más, pero la verdad es que no puedo, no puedo. Apagué la luz de mi habitación. Me tiré en medio de ésta. Y solté el llanto. ¡Pinche maricón!

Qué pasa, qué pasó. De dónde vengo, hacia dónde quiero ir. No entiendo nada, nunca he entendido nada del amor. Antes era feliz. Ahora no sé quién soy. Creo que un maldito desgraciado, un estúpido que llora porque le dan ganas, porque quiere.

–Mi amor, ¿qué pasa, por qué lloras?

–Es que te amo tanto. Y tú ni siquiera me besas.

– ¿Será porque no tengo ganas, porque no quiero?

–Será lo que será, pero te juro que como yo nadie te amará

– ¿Es parte de una canción?

–No, es lo que me dice el corazón, es lo que siento, lo que quiero, por lo que lucho, es lo que te digo cada mañana al despertar, cada día al caminar tomados de la mano. Te amo, pero tú ni me quieres besar.

–Y si lo hago, ¿prometes dormirte?

–No, no lo prometo. Luego del beso querré más, muchísimo más. Y quiero que sepas que tengo muchísimas ganas de hacer el amor. Así que mejor bésame, pero antes, apaga la luz.

04/06/08

Lo siento, lo olvidé


Anoche no pude dormir porque el calor fue tan intento que logró desnudarme para aligerarlo. Pero aún así no dejaba de quejarme, moverme de lado a lado en la cama. Despertar para tomar agua. Refrescarme frente a la ventana. Quitar toda la ropa, colchas, sábanas, almohadas, nada de telas, sólo el colchón en contacto con mi cuerpo. Pero el calor era intenso, cualquier intento por apaciguarlo era en vano. Agua, vaso tras vaso, agua. Nada, todo seguía igual.

A las cuatro treinta de la madrugada volví a despertarme. Me levanté de la cama, encendí el ventilador.

¡Qué estúpido!

He dicho.