*Casi así, como el de la imagen, era el señor acosador.

Antes de cualquier cosa, quiero decir que ando sumamente enojado conmigo mismo. Y es que resulta que anoche (viernes) le escribí a Horacio Franco para felicitarlo por su grandioso trabajo como flautista, verdaderamente que es un deleite escucharlo tocar la flauta. Me respondió, por supuesto, con gran amabilidad. Pero revisé mi correo hasta ahora (de noche). Y fue entonces cuando me dio mucho gusto ver que Horacio se presentaría este mismo día, sábado, en el Jardín Borda. Pero desgraciadamente me perdí la oportunidad de ir a verlo. Ni modo, será para la otra.
***
Luego de ir al teatro a ver al Ballet de Cámara del Estado de Morelos caminé por las calles del Centro Histórico de Cuernavaca. Me sentí un poco raro, como siempre. No sé en realidad qué me pasa, la verdad es que disfruto mi soledad al caminar, pero de repente quisiera ir acompañado de alguien que ría junto a mí.
Me cansé de caminar, así que decidí que era hora de regresar a mi casa. Antes pasé a un puesto de periódicos a comprar El Universal y La Jornada. Ahí estaba un señor chaparro, algo raro, que me miraba con ojos de “te quiero coger”. Y no es que me haga el deseado o el guapísimo que todos se quieren coger, claro que no, nomás me vieran algunos se echarían a correr, pero este señor me miraba de arriba hacia abajo, su mirada era… penetrante. Y cuando agarré los periódicos tuve que pasar junto a él, pedí permiso porque me estorbaba, pero al hacerse a un lado rozó su codo en mi espalda. Así que inmediatamente tomé los periódicos, busqué a la señora que atendía y le pagué los veinte pesos.
Luego caminé rápido, muy rápido, sentí que ese hombre me seguía, así que seguí caminando, rápido, muy rápido, no volteaba, me daba miedo. Seguí caminando. Después de cruzar algunas calles legué al paradero para tomar la ruta que me llevaría a casa.
Estuve esperando pero la ruta no llegaba, pasaban otras que iban a otro destino bastante distinto al que yo me dirigía. De repente miré que el señor, que usaba camiseta amarilla, venía hacía el paradero. Entonces pensé: maldita sea con este puto de mierda. Y cuando el señor me miró comenzó a tocarse sus partes bajas, así como diciéndome: mira putito lo que te vas a comer horita. No dudé en acercarme a donde había más gente. El ritmo cardiaco se me aceleró. Me dio mucho, mucho, pero muchísimo miedo. Oh sí, de verdad que sí.
Y la maldita ruta no pasaba. Tenía la opción de irme en taxi pero no quería gastar 50 ó 60 pesos. Tacaño, sí, claro que sí. Un señor algo mugroso se acercó a mí, me preguntó si la ruta veinte todavía pasaba a esas horas (9:40 pm), le respondí que sí. Me tranquilicé cuando la ruta veinte llegó, pero para mi desgracia iba saturadísima, así que no me subí, el señor mugroso sí se subió, junto con las demás personas que esperaban ahí, sí, esas personas que esperaba me protegieran si alguien me quisiera hacer algo, en especial ese señor de camiseta amarilla.
De repente el señor de camiseta amarilla se acercó a mí. El ritmo cardiaco aumentó. Hasta me puse a temblar un poco. Mucho miedo sentí. Pero el señor esperaba que sintiera otra cosa, así que me dijo: hola hijo, sabes si todavía pasa la ruta veinte. Y le respondí: ahí está. Entonces me dijo, riéndose asquerosamente: ah sí, es cierto, pero no sabes si va a Zapata. Y le dije: la verdad no sé. Entonces me asusté más. Y maldije el momento en que le respondí porque luego él me preguntó: a dónde vas. Estúpido me vi al responder: a Jiutepec. Y ahora sí, mi corazón parecía estallar del miedo, hasta la Coca Cola que llevaba en las manos se me resbaló cuando el señor me dijo, cínicamente: te llevo en mi carro.
Y abrí más los ojos para contestarle: no, gracias. Traté de que fuera rotundo, pero el señor con ganas de cogerse a alguien me dijo: ándale, sé que quieres, vámonos en mi coche, te llevo gratis.
No, de verdad, gracias: le respondí.
En serio, sé que quieres, vámonos: me dijo el estúpido, como si me conociera de hace tiempo.
Así que cansado de que ese señor siguiera chingando, lo miré, pero de manera amenazante para escupirle en la cara: ¡entienda que por favor no, gracias, deje de molestar!, ¿entiende?
Y hasta me sorprendí de mí mismo. Ahora sé que de verdad, cuando quiero, me puedo poner bien cabrón. Y el señor, claro está, se fue, volteando a verme, para ver si le hacía una seña de cambio de opinión. De verdad que me dio mucho miedo. Y es que no sé qué le pasa a esa gente que cree que uno anda dando las nalgas así nomás porque sí, caramba. Uno se tiene que dar a desear.
En serio, qué miedo es cuando un extraño se acerca a ti. Si tan sólo fuera alguien joven, bello, pues ni lo dejo terminar la invitación. Está bien, tampoco es tanto así. Yo procuro ser más romántico. Y aún creo en el amor. Oh sí, claro que sí. He dicho.
Ah, por cierto, luego de tanto esperar decidí que mejor me iría en taxi a mi casa. Y así lo hice.