26/03/08

Canción para ti

Cántala a tu manera

Te mordí las nalgas porque así lo quisiste. Te desnudaste frente a mí, nos acariciamos, nos envolvimos entre las cobijas, entre besos, entre abrazos. Yo te quiero para mí, únicamente para mí, porque sí, porque quiero, te deseo, te adoro, me encantas, me excitas.

Laralalalalá.

23/03/08

La maldita primavera

22/03/08

En mi habitación


Y regreso a mi casa. No ha pasado nada extraordinario, todo sigue igual, nada cambia, nada. Luego de abrir la puerta principal, camino un poco para toparme con la nada sorpresa de que ahí, en el comedor, están mis papás, mis hermanos; mi familia. “Ya llegué”, es la obviedad que tengo que decir. Ninguna respuesta, ningún saludo de su parte. Están, como siempre, ensimismados en sus pláticas insustanciales. Es mi familia, lo es. Camino hacia mi habitación, no me inmuto por no recibir un saludo. Mis años me han enseñado que para ellos mi persona toma importancia cuando se aburren de otras cosas. O cuando en serio quieren chingar a alguien que no se decide entre dejarse o no.

Es en mi habitación donde paso la gran parte de mi tiempo. Es ahí donde puedo hacer todo lo que me venga en gana. Pintar las paredes, pegar papeles, amontonar periódicos, escuchar música. Es ahí donde desnudo abro mis brazos, las piernas, tumbado en el suelo, mirando hacia el techo deseando que no esté ahí para que pueda ver las estrellas, para que en alguna noche lluviosa toda el agua caiga sobre mí. Es en mi habitación, es ahí donde existe, en ocasiones, el desorden, el reguero de lápices de colores, de más periódicos, de zapatos, de cajas de discos, de palitos de incienso. Ahí lloro tanto. Es porque antes me he mirado al espejo para darme cuenta de que no existe nadie en este mundo tan solo como yo. Y recuerdo viejos tiempos tan sólo para ahogarme en un mar de tristeza, de melancolía total que me hace llorar más, que me hace ahogarme todavía peor. De qué sirven los momentos anteriores en que reí si ahora no puedo dejar de escurrir agua por los ojos. Para qué tengo un celular si mi vida no es tan divertida ni ajetreada como alguna vez alguien me dijo envidiar. Y dónde están los que se dicen mis amigos, amigas, si sólo hacen presencia cuando se necesitan favores que cumplir. Llanto y llanto escuchando música melosa que me hace suspirar, que me hace recordar, que me obliga a llorar. Tiempo al tiempo, para qué si todo sigue igual, si la luna no es de queso ni las nubes de algodón. Y es que eres como una espinita que se me ha clavado en el corazón. A veces odio pensar que en este mundo tan sólo me importas tú, y tú, y tú, y nadie más que tú.

Y quisiera gritarle a la puta vecina que deje de jugar con la pelota. Y quiero dormirme temprano para olvidar que existen muchas cosas en este mundo que quisiera tener para mí solito. Me importa poco el egoísmo. Mi vida es de un color llamado tristeza, sinónimo grisáceo. Es en mi habitación donde desbordo pasión. Autonomía es la palabra. Masturbación el complemento. Juego a mi ritmo, en mi espacio. Jadeo como vil puta. Me cojo como nadie me ha cogido. Me dedeo, me masturbo, me vengo cuando quiero, porque quiero. Y grito ahogadamente. Es en mi habitación donde nadie me ve, donde la luz está perfecta, donde la música de Berlioz me seduce. Es ahí, luego de tanto sexo seguro, donde puedo intentar bailar, cantar, donde escribo porque quiero, porque así lo deseo.

Ya no quiero pensar en que existe un amor para siempre. Ya no. Ser autocomplaciente es ahora lo que me toca. Luego querré otras cosas, entonces las buscaré, pero por ahora es en mi habitación donde quiero estar. Algún día, si no es que muero antes, tú compartirás conmigo la cama, entonces, al menos durante ese tiempo, no volveré a decir: me he masturbado. Ahora todos sabrán que me has masturbado, que te la he mamado, que me la has mamado, que te he masturbado, que nos hemos penetrado. Que cogemos porque dicen que así se hace el amor, porque queremos averiguarlo.

Es en mi habitación donde los libros están llenos de polvo. Los iré a sacudir.

20/03/08

Seres ajenos


Antes, lo recuerdo perfectamente, jugábamos a que nos besábamos. Nos mordíamos los labios hasta lograr que una gota de sangre nos asustara. Cada día, cada tarde, cada noche, siempre, mirarnos frente a frente, nada qué decir, nada de qué hablar, prefería mirarte para luego lanzarme a tus brazos. Qué olor tan rico el que dejabas en mi ropa, qué calor me provocabas en tan sólo unos segundos. Y luego las llamadas telefónicas, las cartas inundadas de locura, alegría, pasión que terminaba en la cama, los dos juntos, abrazados, agotados, sudados, exhaustos.

Pasaron muchas cosas… entonces no estabas más conmigo. Entonces me dejaste, te dejé, nos dejamos. Qué tristeza, qué dolor. Amargura, desencanto. Todo gris, todo oscuro, sólido.

Haz vuelto, te he buscado, nos hemos encontrado. Y ahora qué, qué sigue, para qué, por qué. Y estás ahí, sin nada que decir. Luego risas, luego gritos, lloriqueos, manoteos.

Pero cuando despierto me percato que las sábanas están húmedas. Que estamos desnudos. Que duermes tranquilo, que cierro mis ojos porque una vez más no me eres ajeno, que otra vez me tienes, te tengo, nos tenemos.

Al despertar debo de darme cuenta que mi pene está erecto. Y sí, lo reconozco, una vez más he soñado contigo. Mando besos para que el viento los arrastre hasta donde los quiera arrastrar. Sólo espero que lleguen ahí donde tanto los disfrutas.

–Te amo– me he dicho frente al espejo. Si no se quiere uno, ¿entonces quién?

19/03/08

Primero el intelecto, antes que dar las nalgas*

*Lo siguiente no es más que un texto redactado luego de una plática con una profesora. Sus alumnos la entrevistamos para luego hacer el texto. Ella es periodista activa en Morelos.


Amada Paredones López, aguerrida periodista en boga, es contundente al momento de hablar. Sus comentarios son precisos e inigualables. No reprime su lenguaje, mucho menos se asusta cuando le preguntan si alguna vez cedió ante los placeres sexuales para lograr obtener lugares importantes en las redacciones periodísticas. Sonríe, enfatiza, ríe, manotea, insiste, así es Amada Paredones, una periodista sobradamente histriónica.

Por Martín Olvera Santamaría

Si un desconocido interactúa con Amada Paredones tal vez piense que esa mujer güera, con anteojos, es una exagerada cuando dice las cosas, sobre todo por sus manoteos incesantes, o por su modo de remarcar las palabras, o por la forma constante en que acomoda sus lentes cuando éstos resbalan hacia la punta de su nariz, o porque se acomoda el cabello una y otra vez. En cambio, quienes la conocen saben, de antemano, que ella es así, histriónica por naturaleza.

De adolescente, Amada siempre admiró a Dolores Ayala. Y se vanagloria al decir que ella siempre supo lo que quería hacer en la vida, tan es así que a los trece años andaba de un lugar a otro de su escuela para poder realizar el periódico mural.

En su gran memoria tiene presente que inició en tiempos donde la mujer se manejaba con algo de independencia, así que por lo tanto no tuvo ningún problema en estudiar periodismo o teatro. Al decir que la mujer tenía algo de independencia, Amada Paredones se refiere a que muchas veces las fuentes políticas de una empresa periodística no eran cubiertas por mujeres. A éstas se les asignaban los eventos del tipo social. Trabajó en el periódico UnomásUno.

Aunado a esto, la periodista se tuvo que enfrentar al acoso sexual. Su liberalismo predominó en todo momento. Reportera incipiente, con bastante hambre de seguir aprendiendo, dejó a un lado los pensamientos o ideas sobre el matrimonio y los hijos. Era soltera, una artista teatral, amante de las artes plásticas, y no quería que su vida se viera truncada con un casamiento. Comenta que muchas mujeres periodistas abandonaban su trabajo luego de haberse desposado. Ella, por supuesto, no quería eso, sabía que si es difícil entrar, mucho más difícil es reintegrarse al medio periodístico.

Afirma que el destino la llevó por buenos caminos. Supo cómo enfrentarse al machismo, ese que, según dice, impide que las mujeres crezcan. Comparte, como anécdota, que alguna vez fue víctima de acoso sexual. Un periodista famosísimo le pidió las pompas a cambio de un buen lugar en su empresa. Categórica, ella se negó. Y opina que existen otras maneras más fáciles de ganarse un lugar. Considera que es mejor luchar con intelecto, porque entre más preparado culturalmente estés, más puertas serán las que se abrirán. Aunque también dijo que se negó ante aquel hombre porque es un viejo feo, gordo, al que le olía (mal) la boca.

Ante una periodista es inevitable tocar el tema de la libertad de expresión en México. Cuenta, Paredones López, que en sus tiempos ese asunto estaba perfectamente marcado: no se podía manifestar en pro ni en contra de alguien o algo, porque cuando se apretaba la llaga siempre había enojos, mismos que luego terminaban con la vida de varios periodistas.

Según relata Amada, ella sufrió cuando cubría la fuente de nota roja. Hubo amenazas, explica, sobre todo en momentos en que se encargaba del caso Colosio para la revista Alarma.

Pero hablar de la libertad de expresión no sólo implica aludir al silenciamiento permanente, también significa mencionar eso que en la jerga periodística se conoce como embute o chayote. La periodista experimentada no vacila sobre este asunto; confiesa que en navidad, sobre todo, recibía algunos regalos. Se justifica al decir que el pago a un comunicador no es bien remunerado, por lo que muchos optan por otras entradas económicas.

Sin embargo, precisa que todos los periodistas diariamente trabajan para vivir, así que aquel que vende su trabajo, también está despachando su ética e ideales. Por último, Amada Paredones señala que las satisfacciones como periodista son muchas, bastantes. Para ella lo han sido el recibir cátedra de Alberto Barranco, Jaime Maussan, Manuel Pérez Miranda, así como del mismísimo Vicente Leñero, entre otros. Y hacerse amiga de muchísimas personas importantes, pero sobre todo de vivir los acontecimientos.

Actualmente, Amada Paredones es corresponsal del periódico Impacto, así como de la revista del mismo nombre. Colabora, además, para la revista Alarma y trabaja como reportera para el diario local, El Financiero Morelos. En sus ratos libres es catedrática en una universidad privada del estado.

18/03/08

Qué groseras... qué groseras


Martín es mi nombre. Tengo dos hermanos más. Una de 18 años. Uno de 25 años. Yo, claro está, soy el de en medio, tengo 20 años. Eso no es emocionante, eso no es algo que me dé orgullo. No tiene por qué darme orgullo tener 20 años. Al contrario, a esta edad ando re sufriendo por esas cosas a las que muchos llaman amor. Háganme el favor, hasta mi terapeuta me decía: Martín, no es posible que a esta edad tengas tantos problemas amorosos. Y en mi mente siempre pasaba: pero qué diablos le importa, pinche vieja metiche, chismosa, nomás quiere enterarse de mi vida. A mi me gusta sufrir, soy bien sadomasoquista, me encanta que me maltraten, que me digan de cosas. Así que déjeme vivir.

Bueno no tanto. Alguna vez titulé este blog con la palabra “hiperestésico”, que significa sensibilidad excesiva y dolorosa. Es que así es, soy bien pinche chillón. Me encanta el drama en exceso. Me fascina la idea, no de hacerme la víctima, pero sí de sentirme protagonista de una película harto sentimental.

Pero eso no tiene nada que ver. Nomás ando desvariando, ando diciendo puras pendejadas que me han salido como pinche pedo por el culo. Carajo, por qué siempre me aflora lo grosero. En fin. Lo que pasa es que hace rato, mientras venía en el taxi, camino a mi casa luego de ir al centro de Cuernavaca, observé a una señora que le daba una tremenda cachetada a una tipa.

Y recordé, ah, como siempre, recordé cuando mi mamá me abofeteó.

Ella se bañaba por la noche, pero la cochina tiene la maña de dejar la puerta del baño entreabierta. No la culpo, lo que pasa es que antes se bañaba en compañía de mi papá, pero luego mi papá cambió su horario de baño, lo hace, ahora, por las tardes. Y ese día, no recuerdo la fecha, pero ese día abrí la puerta. Le vi los senos a mi mamá. Gritó. Me regañó. Y entonces me habló. Con toalla en cuerpo salió del bañó, se acercó a mí y entonces movió su mano hacia mi rostro, específicamente hacia mi mejilla derecha. Me dolió tanto. Lloré. Y me pregunto por qué lo hizo, si cuando era un bebé anduve mamando de ahí.

La segunda bofetada me la dio una tipeja desconocida en la secundaria. Todavía odio a la maldita perra que me cacheteó. Nomás por su clítoris me golpeó. Nomás porque sintió ganas la estúpida. Y sólo porque le agarré el hombro, sólo por eso. Pinche vieja pendeja. Lo que más me dolió fue el no haberle dicho groserías. Pero juro que ahora que la vuelva a encontrar le parto su madre a la maldita infeliz. Carajo, cuánto odio. Nomás porque le agarré el hombro me cacheteó, pinche idiota. En fin, eso me pasa por puto.

Y la tercera cachetada me la dio mi mamá, otra vez. Y es que ahí si pasó algo tan terrible. Algo que hasta la fecha me sigo lamentando, aunque no tuvo consecuencias graves, pero la verdad es que si que fui un estúpido, luego les cuento porque tengo sueño. Además ando escuchando la estación de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, qué bonita música.

Y otras cachetadas me las dio mi ex. Pero es que sabe que me gusta que me peguen. Lo vuelvo a decir: si el Marqués de Sade viviera, oh qué feliz sería a su lado, claro que sí, bastante feliz. Ojalá pudiera revolcarme con él en su tumba.

17/03/08

Así es la vida. Qué pena pues.


Yo sé que no te interesa mucho, sino es que nada, pero ando un poco triste. O realmente no sé qué me pasa, pero ando mal, sumamente mal, siempre mal, me pongo mal, esto está mal, que me coma un animal.

Mi papá está enojado conmigo. No me habla el canijo, no me dirige la palabra el grosero. La razón: el miércoles pasado no llegué a la casa, no dormí en casa. Obviamente se dio cuenta porque la puerta principal no tenía candado, además, la puerta principal del segundo piso estaba abierta (es que se cierra cuando alguien llega tarde).

Mi mamá me dijo que mi papá le comentó que me he convertido en un irresponsable. Que he vuelto a llegar noche a la casa, que me quedo a dormir quién sabe dónde, con quién, con quiénes. Oh Dios mío, qué me puede pasar a mí que soy tan inocente.

Puto me puedes decir. Acepto que así es mi vida. Bueno, tampoco quiero exagerar, pero muchas veces llegué tarde a mi casa, muchas veces no llegué a dormir. Ahora mi papá, a parte de no hablarme, me ha quitado dinero. De 60 pesos diarios que me da para la escuela, ahora me da 30 pesos. Le dijo a mi mamá: que le haga como pueda, cabrón, si se anda quedando en casas ajenas a dormir es porque tiene dinero. Y mi mamá me defendió: pero tiene que comer. Mi papá contestó: que coma aquí, pero para que aprenda a respetar a sus padres le quitaré dinero.

Y claro que lo ha hecho. Pero no me importa. El dinero, bien dicen, va que viene. No es por presumir, pero en dos meses logré ahorrar 15 mil pesos. Cómo le hice, me pregunto, pues dejé de comer, de gastar en porquerías, en taxis, en más porquerías, me volví bien ahorrativo. Y ahora que mi papá me ha quitado 30 pesos no me preocupa. Tengo mucho. Está bien, lo confieso, hace algunos meses que el dinero lo he dilapidado en libros, revistas, periódicos, discos, películas, taxis. Carajo, qué pena me causo. Y ahora no quiero revisar la caja de los ahorros porque tengo miedo de que sea poquito el dinero que queda. Así que me volveré, otra vez, sumamente ahorrativo.

Pero mi papá sigue enojado conmigo. Y sé la razón, más que por no llegar a dormir es porque se ha enterado que he dejado de asistir con la terapeuta. Según él, cuando iba logré algunos cambios, hasta más temprano me levantaba, hasta limpiaba diario mi habitación. Y ahora está enojadísimo porque no asisto más con la terapeuta. Es que creo que el ciclo ese ha terminado.


***

Quisiera que tú me dieras terapia. Quisiera que me consolaras cuando lloro, todas las noches, pensando en lo mal que puede ser mi vida en un futuro. Quisiera que me abraces mucho, tanto tiempo, por varios minutos. Quiero besarte las mejillas. Quiero besarte en la boca, quiero sentirte mío, quiero sentirte dentro de mí. Quiero que te vengas conmigo, quiero venirme en ti, quiero que te vengas, quiero que me avises, quiero, quiero, sabes lo que quiero. Así es que dámelo, dámelo antes de que muera ante ti.

13/03/08

Pláticas de un alumno


La profesora Amada Paredones nos ha pedido a sus alumnos de la clase de ensayo que, por favor, redactemos un texto donde hagamos mención de todo lo que hemos aprendido durante el tiempo transcurrido desde que inició el cuatrimestre. Y entonces pienso: ¡qué flojera me produce esto!

Por lo general nunca me ha gustado hacer un balance de todo el conocimiento que he absorbido durante las clases. Prefiero esperar hasta el final del cuatrimestre. Las razones son simples: no puedo regresar el tiempo, así que lo que aprendí hasta este momento es perfecto. Ni mucho ni poco, únicamente lo necesario. Para qué quiero en mi cabeza más conocimiento, suficiente tengo con los problemas en la casa, en la calle o con las personas que me rodean.

Además, eso de explicar en un texto como éste todo lo que he aprendido me resulta sumamente perverso. Y entonces pienso que aquí bien cabrían varias mentiras al decir que he aprendido más de lo que esperaba, que las expectativas que forjé al principio han sido rebasadas por la alta capacidad de la profesora, que ahora puedo escupirle a cualquiera que me pregunte sobre temas periodísticos una sarta de sandeces o incoherencias, pero que quien me ha preguntado se las creerá toditas, completitas, no chistará, ni me refutará, ni se atreverá a contradecirme.

– ¡Oh!, ese pinche de Martín sabe un chingo– puede que expresen, pero tampoco espero tanta condescendencia.

La maestra dirá, como dicen muchos de sus colegas profesores, que es una pena pensar así porque, como siempre, al final de todo el que se engaña es uno mismo. Claro, antes engañamos a los demás. Pero luego vienen las defensas. Y muchos pueden decir: sabes qué Martín, eres un pendejo porque lo que me dijiste la otra vez no era en realidad lo que te pregunté. Pero puede que les conteste: Más pendejo eres tú por creerme. Por eso opino que es mejor preguntar, para luego, con libro o internet a la mano, corroborar que lo que te dijo un tipo sea algo verídico. Y tan tán, todos felices como en los cuentos de hadas, como en las telenovelas, como en el cine. Así nos evitamos el andarnos pendejeando.

En la escuela cada quien aprende lo que más desea aprender. Uno por uno de nosotros aprende cada vez que hace un ejercicio o un trabajo de campo. Disfrutar lo que hacemos es una buena manera de aprender. Los profesores tienen el conocimiento, nos lo comparten. Nos dicen lo que ellos han ganado en todas esas batallas de su trabajo: la experiencia. Pero la experiencia es individual, así que alimentémonos de lo que los catedráticos nos dicen, pero preparémonos para lidiar con nuestras propias experiencias.

Los tiempos cambian, aunque muchas veces parezca que no. Nosotros cambiamos físicamente, mentalmente, hasta, dicen algunos, espiritualmente. Siempre tendremos ganas de aprender cosas que desconocemos. Siempre querremos saber más que los demás. Lo importante, ante todo esto, es prepararse. Y es que, de qué nos sirve obtener puros dieces en las clases si realmente uno no aprende nada al final de cuentas. Para qué estudiar con tanta vehemencia antes de los exámenes. Yo prefiero hojear los apuntes una sola vez. Confío en mi capacidad. No pretendo saber más antes del examen para luego, cuando éste haya pasado, no saber nada.

Creo que me ha ganado un poco los ánimos de superación personal. Así que prefiero decir que he aprendido lo necesario, lo suficiente. Leo periódicos, leo revistas, procuro estar informado adecuadamente. He comprobado, en buena medida, que lo que hace al maestro es la práctica, así que mientras tanto le digo a la teoría: bienvenida, mis puertas están abiertas, puedes pasar, pero te advierto que no todo lo que entra se quedará, habrá algunas cosas que serán desechadas.

Sin más por el momento, me despido, es que tengo otras cosas que hacer, como bañarme. Hablar de conocimiento me ha producido un poco más de calor, así que iré a apaciguar mi calentura con agua fría. Y ahora no sé por qué ando contando estas cosas aquí si se supone que es un texto para explicar lo que haz aprendido. Bueno, creo que desvarié un poco.

Y quisiera que mi mamá me gritara: estás bien re pendejo Martín. Y es que al momento de ir escribiendo esto lo iba pensando en voz alta, me iba dictando, por eso digo que quisiera que mi mamá me gritara groserías, pero ella no es tan grosera, así que… adiós.

10/03/08

¿Y tú qué piensas?


Todas las mañanas, cuando despierto, me quedo unos minutos en la cama mirando hacia el techo. Y pienso qué haré durante el día, cuánto café tomaré, cuánto pan comeré. A veces me invade un poco la nostalgia. Recorro por mi mente los pensamientos más absurdos, más temerosos: cuándo podré despertar en otra casa que no sea la de mis papás, cuándo tendré mi propio espacio. Y es que anhelo tanto una casa donde lo que se haga o diga sea mi voluntad, en virtud de que es mi casa, mi espacio, mi territorio.

Pero luego me levanto, piso el suelo polvoso. Y es que no he limpiado mi habitación. Tengo tres vasos de vidrio en el suelo, eran veladoras que se han consumido. Sí, enciendo todas las noches una veladora, es que su luz me gusta, me protege, me siento tranquilo.
–Nada más andas humeando tu cuarto– dice mi mamá. Y tiene razón, un día me limpié la nariz; en lugar de ver un moco o sangre en el papel, lo que noté fue algo negro: sí, el humo impregnado en mi nariz. Sin embargo, todavía tengo veladoras.

Cuando abandono mi habitación es porque me dirigí al baño a cagar o defecar, como sea su voluntad decir. Y ahí también, cuando reposo en el escusado mi trasero, dejo fluir todo. Mi mente se abre, mi esfínter también. Salen, de ambos lados, ideas, unas podridas, otras algo puras. ¿Qué será de mí cuando termine la carrera? ¿Tendré el éxito que alguna vez soñé? ¿Lograré ejercer adecuadamente mi trabajo? ¿Seré un periodista reputado? ¿O re-puto? No me contestes.

Oh, Dios mío, qué será de mí. Auxilio. Necesito a alguien que me dé un beso. Lo necesito con urgencia, de verdad, siento que me da el soponcio. Oh, oh, oh. He terminado de cagar. Me limpio bien. Ahora me pongo feliz porque he terminado de cagar. Es momento de usar el enjuague bucal Listerine Whitening que recién me compré. En la botella se lee que es un producto de pre cepillado. Y así lo hago, antes de lavarme los dientes con pasta, primero revuelvo entre mis dientes ese líquido que dizque me los blanqueará, además eliminará a los gérmenes que causan el mal olor. Pero comienzo a odiarlo, el sabor que deja en mi boca luego de usarlo es desagradable. Me sabe así como cuando vomitaba por las mañana. Y es que antes me daba por vomitar por las mañanas, pero como no tenía nada de comida en mi estómago, pues vomitaba pura agua, así bien cochina, que sabía feo. Qué asco que me das Martín.

Y a veces pienso que nomás pienso en puras pendejadas que no tienen sentido. Pero a veces también pienso que no me importa nada de lo que estén pensando otras personas sobre lo que pienso yo cada día. Y es que cada quien piensa lo que quiere pensar, así de fácil.

***
Unas testigos de Jehová me andan acosando para que estudie con ellas la Biblia. Les conté alguna vez que estudio periodismo. Y ahora quieren “prepararme” para que sepa cómo enfrentar toda la maldad que se ha desatado en este mundo. No sé cómo deshacerme de ellas, les dije que no tengo tiempo, que no me interesa por el momento, que tengo otras cosas que hacer, pero ellas siguen de obstinadas. Pensé en decirles que no creo en Dios, pero me dicen mis compañeros de escuela que eso las atraería más a mí. Qué puedo hacer, alguien dígame algo.

***
Ahora que escribí “unas testigos de Jehová”, quiero decirles que está correcto. Bueno, según el Diccionario Panhispánico de Dudas de la Real Academia Española. Noten:

Testigo. 1. Con el sentido de ‘persona que da o puede dar testimonio de algo’, es común en cuanto al género (el/la testigo) «Cada vez que se refería a sí misma, la testigo hablaba en tercera persona» (Martínez Evita [Arg. 1995]). No debe usarse la forma testiga para el femenino.

2. Con el sentido de ‘muestra que, en un análisis experimental, sirve como referencia’, se usa en aposición, sin variación de número «La identificación de la enfermedad virósica se hace por inoculación a plantas testigo» (Haro Biología [Esp. 1991]).

08/03/08

Te invito a tomar café

07/03/08

Seré lo que quieras

05/03/08

Comiendo hielos


Un vaso con agua sin hielos no me gusta. Quiero el agua fría. De lo contrario no la tomo, así no me gusta, así no la quiero, puedes retirarla de mi vista. La hielera, siempre, sin excepción alguna, debe estar llena. Cubitos de hielo, por favor.

Gracias, qué amable soy.

04/03/08

Revistas que me gustan*

*Tarea para la clase de dizque ensayo. Y sí, no me inspiré mucho porque era de noche y la chinita tenía miedo, miedo tenía de andar solita... Qué pendejo ando, qué loco me puse. Quiero un anillo vibrador.

Si de algo puedo sentirme orgulloso es de que me gusta leer. Y si de algo puedo presumir, es de la posibilidad que tengo de adquirir cuanto libro o publicación se me ponga enfrente. Está bien, tampoco es tan extremista mi caso. Pero me gusta pararme frente a un puesto de periódicos para observar qué clase de revistas existen, qué dicen los encabezados de los periódicos, qué quiero saber, en qué quiero interesarme durante el día, qué es lo que quiero leer en esta ocasión. Al igual que también adoro recorrer los pasillos de una librería para enterarme de los libros que jamás imaginé que existieran. O sea, me gustan los conciertos de letras.

Un día me di cuenta que en la bolsa de mi pantalón había dinero suficiente para comprar algunos periódicos. Pero no compré periódicos porque no había un puesto cercano, así que me decidí por entrar al Sanborn’s. Ahí entonces adquirí dos revistas: La pluma del ganso y Algarabía.

Leer La pluma del ganso me gustó tanto que hasta pensé en la idea de suscribirme para tener la posibilidad total de publicar algunos escritos míos ahí. Los costos evidentemente me impactaron. Mil doscientos pesos anuales no es algo estratosférico, pero resulta que la revista es trimestral, así que mejor recapacité. Si quisiera suscribirme a alguna publicación no dudaría en que mejor fuera una de carácter diario.

En fin, ese tema es ajonjolí para otro mole. La pluma del ganso es una revista que cuesta veinte pesos. El contenido literario que ahí está escrito es parte de la pluma de varias personas que aman las letras, que tienen estudios en literatura o que simplemente lo hacen (escribir) porque tienen esa necesidad tan hermosa de contar cosas o de demostrar que también tienen un corazoncito que cuando es herido llora, ríe o simplemente se tambalea por diversas cuestiones. Escribir es un placer que sólo pocas personas saben disfrutar. En La pluma del ganso encontraremos variedad de textos, por lo tanto también apreciaremos infinidad de estilos, maneras de ver las cosas, de apreciar el mundo, se escapar de los problemas, de sumergirse en aguas extrañas o simplemente de ideas que tal vez a uno le parecen absurdas, ridículas o cursis pero para el autor significaron demasiado en momentos determinados. Conclusión: La pluma del ganso es una revista hecha por aquellos escritores que tienen la necesidad (urgente diría) de salir del anonimato y de que otras personas lean, con gusto, lo que ellos han plasmado.

Como no tengo más cosas que decir de La pluma del ganso ahora hablaré de la revista Algarabía. La revista es, como bien dicen sus editores, una publicación que aborda temas originales de la ciencia, el lenguaje o el arte de una manera sumamente divertida, entretenida, pero sobre todo gustosa y placenteramente.

Algarabía me encanta porque es de las pocas revistas que conozco que ofrecen al lector, prácticos consejos para hablar o escribir bien, sobre todo en una sociedad que día a día es devorada por la globalización, además de la tecnología SMS o del Mensajero en internet, que ahora con el denominado lenguaje XAT hace que la manera de escribir sea tan pervertida al grado de cortar palabras o deformarlas por “comodidad”.

Quisiera contar muchas cosas sobre Algarabía, como el hecho de que es una revista entretenida, pero creo que lo mencioné antes. Pero también le agrego que el diseño de la revista es agradable, diferente a todas las demás. Tiene buenas ilustraciones, gráficas. Es todo un paisaje literario que no agrede a quien hojea la revista.

En fin, muchas cosas pudiera decir sobre las revistas que he leído. Pero bien dicen por ahí que cada quien tiene una opinión, así que mejor invito a todos los interesados a que compren las revistas o a que me las pidan prestadas (las revistas, aclaro) para que juzguen por ustedes mismos. Eso es tan bonito. Compartir las revistas para luego hacer una especie de debate o de lluvia de ideas con algunos relámpagos de críticas severas. Uno lee lo que le gusta, con lo que se siente identificado o tranquilo o en paz o a gusto o satisfecho o como se quiera sentir.

Lo importante, claro está, es que se lea por placer y no por encargo, así no tiene chiste y así no es justo. He dicho.

*He olvidado ponerle título a este trabajo. Mandé a imprimir el trabajo, pero me di cuenta de que tenía que ponerle título, además de mi nombre. Se ha impreso la primera hoja, he cancelado la segunda hoja. No quiero volver a imprimir la primera hoja, no quiero gastar más tinta. Así que en esta hoja escribo el título:

El placer que me provocó La pluma del ganso llenó de Algarabía mi mente.

Martín Olvera Santamaría

03/03/08

Cógeme.

01/03/08

Algarabía en sábado de marzo


La última semana de febrero, en lo que a mí respecta, estuvo bastante pesada. Desquiciante. Febrero fue, entonces, un mes que no me gustó mucho. Aunque reconozco que hubo algunas situaciones que disfruté bastante, también hubo aquellas circunstancias en las que hubiese preferido no haberlas vivido. En febrero no asistí al teatro con la frecuencia que lo hice en enero. Estuve únicamente en un concierto, entre comillas, de ópera. La soprano tiene 16 años, el pianista creo que 21. Amé el final del concierto. Sólo por eso, porque era el momento en que los asistentes aplaudieron a la tipeja que se negó a interpretar otra aria. Odié tanto a la maldita perra porque con aires de grandeza dijo: no. Así, así de tajante la imbécil. Pero bueno, el boleto costó 150 pesos, qué podía esperar. Además creo que de todos los asistentes fui el único que no pertenecía al árbol genealógico de la soprano y del pianista. Es decir, los casi 80 asistentes eran la familia, amigos y conocidos de los “artistas”.

Ahora bien, comencé este mes asistiendo a una obra de teatro. Como el sábado pasado me perdí el concierto de Tania Libertad en el Teatro Ocampo, de Cuernavaca, esta vez no quise que me pasara lo mismo con la puesta en escena titulada El cuarto azul. Y es que me sorprendió que los boletos de Tania Libertad se hubieran acabado a pesar de que el más caro era de mil pesos. Ese día llegué al teatro para toparme con la noticia de que las localidades estaban agotadas. No mames, hice un berrinche tremendo. Casi lloro porque anhelaba bastante ver a la Tania Libertad en concierto, sé que ha venido otras veces a Morelos, pero no he tenido la suerte de ir.

En fin, retomo el tema.

Asistí a la obra de teatro El cuarto azul, con las actuaciones de Ludwika Paleta y Plutarco Haza. Quedé satisfecho. No me aburrió. Tampoco me provocó tanta catarsis. Quedé, como lo mencioné, sumamente satisfecho. Es una obra en diez pequeños actos de intimidad. Situaciones del desenfreno sexual. Coger por coger, sin amor, así nada más, porque se me paró la verga, porque se te humedeció el clítoris. Impulsos del cuerpo, de la libido. Personajes harto conocidos: una muchacha (prostituta) con un taxista, el taxista con una institutriz francesa, la institutriz francesa con un estudiante, el estudiante con una mujer casada, la mujer casada con un político, el político con una modelo, una modelo con un dramaturgo, el dramaturgo con una actriz, la actriz con un aristócrata, el aristócrata con la muchacha (prostituta) del inicio de la obra. No quiero contar lo que se desarrolla en la obra, mejor les digo que quien tenga la oportunidad de verla, pues qué bien, juzgue por usted mismo, haga eso. Algunos diálogos entre los personajes resultan sumamente graciosos, mientras que otros aburren. Bueno, es todo.

***
Sábado alegre. Me desperté temprano, como a las siete de la mañana. Tomé infusión de limón. Hacía muchos días que no bebía eso. Estuve, también, escuchando un disco de música clásica que me compré el jueves.

Leí el periódico del viernes porque no lo terminé de leer el viernes. Qué mamón. Hice del pipí, cagué. Oh, qué cosas las mías.

Mientras grababa o quemaba un disco de música a mi cuñada, mi sobrina estaba jugando a brincar una torre de cajas pequeñas. La tonta resbaló. Dio un maldito azote que hasta la cabeza me dolió del susto. Y en lugar de llorar, que es lo más común que hacen los niños en estos casos, mi sobrina nos dijo, a mi cuñada y a mí, pendejos. Y se rió. Y nos repitió que éramos unos pendejos. Esta niñez de ahora es tan grosera. Y la vejez creo es pedorra. Lo que pasa es que en el teatro, mientras esperábamos, los asistentes, a que la obra comenzara, una señora que estaba sentada frente a mí sufrió un ataque de tos. Tosía, tosía, tosía mucho la pobre anciana. Pero de pronto se le escapó un pedo bien estruendoso. No hediondo, pero sí ruidoso. La señora inmediatamente sacó su celular para distraerse u olvidar lo que había pasado, pero quienes estábamos detrás de ella no podíamos hacer lo mismo, al contrario, reímos ligeramente, muy en lo profundo de nuestra mente y alma.

***

Algo que no tiene nada que ver con lo anterior, pero quiero compartirlo. Es común que en la escuela se escuche decir a los compañeros: “permítame profesora, todavía no he imprimido mi trabajo”. Y entonces, algunos compañeros corrigen: “se dice impreso”.

Yo, como tengo un Diccionario Panhispánico de Dudas, siempre les digo que, según la Real Academia Española, está correcto decir imprimido, así como impreso. La elección es de cada quien.

Imprimir. ‘Marcar sobre papel u otra materia [un texto, un dibujo, etc.] por medios mecánicos o electrónicos’ y ‘dar a alguien o algo [un determinado carácter, estilo, etc.]’.

Tiene dos participios: el regular imprimido y el irregular impreso. Aunque existe hoy una clara tendencia, más acusada en América que en España, a preferir el uso de la forma irregular impreso, ambos participios pueden utilizarse indistintamente en la formación de los tiempos compuestos y de la pasiva perifrástica:

«Habían impreso en su lugar billetes de a cien» (GaMárquez Amor [Col. 1985]); «La obra [...] circulaba dos años después de haber sido impresa en una ciudad protestante» (Trabulse Orígenes [Méx. 1994]); «En total se han imprimido 35 000 carteles» (Mundo [Esp.] 11.11.96); «Esta obra ha sido imprimida por La Torre de Papel» (Prensa [Nic.] 21.10.97).

En función adjetiva se prefiere en todo el ámbito hispánico la forma irregular impreso: «Contempló una vez más la imagen impresa en la tarjeta postal» (Martini Fantasma [Arg. 1986]).