
La última semana de febrero, en lo que a mí respecta, estuvo bastante pesada. Desquiciante. Febrero fue, entonces, un mes que no me gustó mucho. Aunque reconozco que hubo algunas situaciones que disfruté bastante, también hubo aquellas circunstancias en las que hubiese preferido no haberlas vivido. En febrero no asistí al teatro con la frecuencia que lo hice en enero. Estuve únicamente en un concierto, entre comillas, de ópera. La soprano tiene 16 años, el pianista creo que 21. Amé el final del concierto. Sólo por eso, porque era el momento en que los asistentes aplaudieron a la tipeja que se negó a interpretar otra aria. Odié tanto a la maldita perra porque con aires de grandeza dijo: no. Así, así de tajante la imbécil. Pero bueno, el boleto costó 150 pesos, qué podía esperar. Además creo que de todos los asistentes fui el único que no pertenecía al árbol genealógico de la soprano y del pianista. Es decir, los casi 80 asistentes eran la familia, amigos y conocidos de los “artistas”.
Ahora bien, comencé este mes asistiendo a una obra de teatro. Como el sábado pasado me perdí el concierto de Tania Libertad en el Teatro Ocampo, de Cuernavaca, esta vez no quise que me pasara lo mismo con la puesta en escena titulada El cuarto azul. Y es que me sorprendió que los boletos de Tania Libertad se hubieran acabado a pesar de que el más caro era de mil pesos. Ese día llegué al teatro para toparme con la noticia de que las localidades estaban agotadas. No mames, hice un berrinche tremendo. Casi lloro porque anhelaba bastante ver a la Tania Libertad en concierto, sé que ha venido otras veces a Morelos, pero no he tenido la suerte de ir.
En fin, retomo el tema.
Asistí a la obra de teatro El cuarto azul, con las actuaciones de Ludwika Paleta y Plutarco Haza. Quedé satisfecho. No me aburrió. Tampoco me provocó tanta catarsis. Quedé, como lo mencioné, sumamente satisfecho. Es una obra en diez pequeños actos de intimidad. Situaciones del desenfreno sexual. Coger por coger, sin amor, así nada más, porque se me paró la verga, porque se te humedeció el clítoris. Impulsos del cuerpo, de la libido. Personajes harto conocidos: una muchacha (prostituta) con un taxista, el taxista con una institutriz francesa, la institutriz francesa con un estudiante, el estudiante con una mujer casada, la mujer casada con un político, el político con una modelo, una modelo con un dramaturgo, el dramaturgo con una actriz, la actriz con un aristócrata, el aristócrata con la muchacha (prostituta) del inicio de la obra. No quiero contar lo que se desarrolla en la obra, mejor les digo que quien tenga la oportunidad de verla, pues qué bien, juzgue por usted mismo, haga eso. Algunos diálogos entre los personajes resultan sumamente graciosos, mientras que otros aburren. Bueno, es todo.
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Sábado alegre. Me desperté temprano, como a las siete de la mañana. Tomé infusión de limón. Hacía muchos días que no bebía eso. Estuve, también, escuchando un disco de música clásica que me compré el jueves.
Leí el periódico del viernes porque no lo terminé de leer el viernes. Qué mamón. Hice del pipí, cagué. Oh, qué cosas las mías.
Mientras grababa o quemaba un disco de música a mi cuñada, mi sobrina estaba jugando a brincar una torre de cajas pequeñas. La tonta resbaló. Dio un maldito azote que hasta la cabeza me dolió del susto. Y en lugar de llorar, que es lo más común que hacen los niños en estos casos, mi sobrina nos dijo, a mi cuñada y a mí, pendejos. Y se rió. Y nos repitió que éramos unos pendejos. Esta niñez de ahora es tan grosera. Y la vejez creo es pedorra. Lo que pasa es que en el teatro, mientras esperábamos, los asistentes, a que la obra comenzara, una señora que estaba sentada frente a mí sufrió un ataque de tos. Tosía, tosía, tosía mucho la pobre anciana. Pero de pronto se le escapó un pedo bien estruendoso. No hediondo, pero sí ruidoso. La señora inmediatamente sacó su celular para distraerse u olvidar lo que había pasado, pero quienes estábamos detrás de ella no podíamos hacer lo mismo, al contrario, reímos ligeramente, muy en lo profundo de nuestra mente y alma.
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Algo que no tiene nada que ver con lo anterior, pero quiero compartirlo. Es común que en la escuela se escuche decir a los compañeros: “permítame profesora, todavía no he imprimido mi trabajo”. Y entonces, algunos compañeros corrigen: “se dice impreso”.
Yo, como tengo un Diccionario Panhispánico de Dudas, siempre les digo que, según la Real Academia Española, está correcto decir imprimido, así como impreso. La elección es de cada quien.
Imprimir. ‘Marcar sobre papel u otra materia [un texto, un dibujo, etc.] por medios mecánicos o electrónicos’ y ‘dar a alguien o algo [un determinado carácter, estilo, etc.]’.
Tiene dos participios: el regular imprimido y el irregular impreso. Aunque existe hoy una clara tendencia, más acusada en América que en España, a preferir el uso de la forma irregular impreso, ambos participios pueden utilizarse indistintamente en la formación de los tiempos compuestos y de la pasiva perifrástica:
«Habían impreso en su lugar billetes de a cien» (GaMárquez Amor [Col. 1985]); «La obra [...] circulaba dos años después de haber sido impresa en una ciudad protestante» (Trabulse Orígenes [Méx. 1994]); «En total se han imprimido 35 000 carteles» (Mundo [Esp.] 11.11.96); «Esta obra ha sido imprimida por La Torre de Papel» (Prensa [Nic.] 21.10.97).
En función adjetiva se prefiere en todo el ámbito hispánico la forma irregular impreso: «Contempló una vez más la imagen impresa en la tarjeta postal» (Martini Fantasma [Arg. 1986]).