27/02/08

Complaciente


Sólo porque tú no me lo pediste, esta noche dejaré que me hagas lo que quieras. Ya sabes, puedes hacerme todo eso que tanto te gusta. Que te pone como loco. Dejaré que me tortures. Cooperaré en todo lo que se te antoje, en todo, absolutamente en todo.

Me quedaré en un rincón atado de manos. No hablaré, no diré nada, no te molestaré. Lo único que te pido es que pongas música de Wagner. Sólo eso. Lo demás puedes elegirlo tú.

–O sea, sabes que siempre hago lo que quiero. No tienes por qué darme o no permiso– me espetaste.

Y comenzaste a hacerme daño, otra vez.

25/02/08

Tengo sueño, mucho sueño


En mi casa cada domingo las luces se apagan a las ocho con treinta minutos de la noche. Es el día en que las ventanas se cierran, pese al calor agobiante, para apaciguar los ruidos que provienen de la calle. Sin embargo los vecinos hacen mucho ruido, a ellos, al final de cuentas, les vale un cacahuate que en mi casa, con mi familia, exista un decreto para acostarse a dormir a las ocho de la noche con treinta minutos.

Mis papás, mis hermanos, duermen. Yo no. O al menos así fue hasta este domingo veinticuatro de febrero. La semana me dejó bastante cansado, extenuado. A las siete de la noche me bañé con agua friísima, qué rico estuvo eso. Luego del baño me encerré en mi cuarto a leer unas revistas, pero mis ojos me anunciaban que debía dormir. Así que me acosté. Eran aproximadamente como las nueve de la noche. Apagué la luz, no podía creer que tan temprano me iría a dormir. Pero pronto recordé que tenía que hacer algunas tareas. Eso no fue un motivo suficientemente fuerte para que encendiera nuevamente la luz y me dispusiera a hacer la tarea. Me quedé en la cama, quería dormir, tenía sueño, mucho sueño.

A las doce de la noche desperté. Me asomé por la ventana, no había nadie, nada, toda la calle estaba completamente desértica. Y noté que estaba algo así como sudoroso. Qué calor. Abrí las ventanas, recorrí las cortinas. Me quité los pantalones. La camisa. Quedé en calzoncillo. Qué excitante.

Luego me tendí sobre la cama. Pero no pude dormir más. Así que mejor encendí la computadora para revisar mi correo. Luego este blog, luego vi algo de pornografía, luego platiqué con algunos amigos que estaban en el messenguer, luego tomé agua. Y luego no sé qué más hice. Qué calor. Y yo sin ventilador.

Como a las tres de la madrugada apagué la computadora. Me volví a acostar. Quise dormir pero no pude. Los malditos mosquitos estuvieron fregándome. Zumbando cerca de mis orejas. Y me fastidié mucho. Me revolqué por toda la cama, tiré las almohadas, las sábanas. Los mosquitos no se iban, seguían molestando. Entonces me senté a mitad de mi cuarto. Tal parecía que no quería dormir. Me la pasé pensando en pendejadas. Que sí aquel chico que conocí en la escuela se dejaría hacer sexo oral o si quisiera cogerme, pero, de ser así, dónde cogeríamos, dónde nos encerraríamos para darnos calor. Ya me salió lo putísimo. Fantasías nada más. Fantasías, sueños que no son húmedos, me hace falta un hombre, carajo, me hace tanta falta.

Luego me asusté porque escuché un sonido algo así como “shú”. Y todo estaba oscuro afuera, en la calle, entonces me acosté nuevamente. Me tapé todo el cuerpo con las cobijas.


Y después amaneció

24/02/08

Menesteres del amor


Tal vez un día mis labios se encuentren con otros labios tan deseosos de amor disfrazado de saliva tibia. Y sé, o por lo menos eso creo saber, que en algún lugar existen otros labios que esperan, intranquilos, poder encontrarse con unos labios tan necesitados de pasión disfrazada de aliento perfumado.

Habrá fusión.

Y te querré por segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años… te querré hasta que la muerte esté cansada de esperarnos y entonces nos arrastre lejos, muy lejos de aquí.

Mientras tanto esperaré a que algunos labios quieran encontrarse con los míos.

22/02/08

Pláticas en autobús


Me encuentro sentado en la parte final del autobús. Llevo los audífonos puestos. Música de Liliana Felipe. Y sonrío. Sin embargo no dejo de mirar a todas las personas que van a bordo del autobús. Y me pregunto, como siempre, algunas cositas.

¿De qué hablará la señora de cabellos largos con la muchacha de blusa rosada? ¿Serán madre e hija? ¿O serán suegra y nuera? ¿Amigas? ¿Vecinas tal vez? ¿Recién conocidas? ¿Amantes lesbianas? ¿De qué platicarán que tanto ríen? Y el señor que está detrás de ellas, ¿quién es? ¿Cuál será su trabajo, oficio o pasatiempo? ¿Habrá tenido sexo anoche? ¿Será homofóbico? ¿Habrá votado por Felipe Calderón? ¿Cuál será su destino? ¿Estará casado, divorciado o soltero? Y el joven que está a un lado de estas personas, ¿estudiará? ¿Le olerá rico la boca? ¿Cuántas veces se masturbará? ¿Tendrá novia o novio? ¿Será inteligente o superficial? ¿Qué estará pensando? ¿Dejará que le dé un masaje en los pies? ¿Qué hará al llegar a su casa? ¿A qué olerán las cobijas de su cama? ¿Se bañará con agua fría, caliente o tibia? ¿Tomará café o té o limonada o refresco? ¿Qué tanto transpirará? ¿Se vendrá o se irá?

Oh, oh, oh. Necesito su respiración en mi boca. Oh, oh, oh.

He llegado a mi destino. Ahora debo bajarme, todo ha sido un pretexto porque realmente quedé maravillado con ese chico de chamarra café. Oh, qué frágil es mi corazoncito. Oh, qué vida la mía. Todo es como una pompa de jabón. Se infla, se infla, se infla. Y luego, ¡puf!... se revienta. Así de fácil. Yo quisiera ser así, fácil.

19/02/08

Hazme lo que quieras


Quiero que me tomes de la mano.
Llévame lejos, donde nadie nos pueda ver.
Y ahí:


Bésame. Empújame. Acaríciame. Escúpeme. Golpéame. Muérdeme. Tócame. Succióname. Grítame. Tírame. Manoséame. Chúpame. Alégrame. Lámeme. Cachetéame. Huéleme. Siénteme. Oríname. Píntame. Sacúdeme. Mójame. Asústame. Cógeme. Cántame. Sedúceme. Entristéceme. Háblame. Insúltame. Penétrame. Ensúciame. Quémame. Mastúrbame. Enloquéceme. Corrígeme. Cuéntame. Susúrrame. Viólame. Escríbeme. Desnúdame. Dibújame. Mírame. Córtame.

No sé qué más decir.
Hazme lo que quieras.
Yo me dejo.
Lo prometo.

Créeme.

18/02/08

Día gris... tan cotidiano


Por la mañana recogí, al fin, mi pasaporte. La oficina delegacional de la Secretaría de Relaciones Exteriores no es más que una casa acondicionada para tales acciones. Ahí había un montón de personas. Yo, como siempre, tranquilo, recibí el pasaporte. Luego comí en un Sanborn’s unos dizque burritos con milanesa. Jugo de toronja. Antes compré el periódico que hace unos minutos acabo de leer. Ahí mismo, en el establecimiento donde comí, compré dos revistas. Una se llama Algarabía, la otra se llama La pluma del ganso. Tan bonitas las revistas, tan entretenidas. Más tarde, luego de soportar mucho al calor, tuve una especie de constricción. O no sé qué fue. Pero de pronto sentí que mi cuerpo era apretado. Me dio mucho miedo. Hasta imaginé que un Dementor, de esos mismos que salen en Harry Potter, me había dado un beso y había absorbido todos mis bellos momentos. O sea, para no hacerla más de cuento: me invadió la nostalgia.

Traté de alejarla. De hecho no fui a la escuela, me quedé en casa, encerrado en el cuarto, tirado en el suelo. Entonces me di cuenta que mi habitación estaba sucia, así que decidí hacer limpieza. Sacudí el polvo de mis libros, de mis revistas, de mis periódicos, de mi computadora, de mi mesa. Limpié el suelo, barrí el suelo. Ordené algunas cosas de mi archivero. Y la nostalgia no se iba.

Entonces me puse a bailar la canción A su merced. Y asunto olvidado. Me puse tan alegre, tan contento, tan feliz. Luego, como a las seis de la tarde, fui al Blockbuster a dejar algunas películas. Lo hice. Procedí a dirigirme al centro de Cuernavaca. Nomás lo hice para poder comprar un periódico que únicamente podía encontrar allá, en el zócalo, así es que tan solo a eso fui: por un periódico. Bueno, aclaro que anduve paseando por muchas calles. Hasta que vi en mi reloj que ya eran las 8:40 de la noche. Tiempo de irse a casa.

Y tiempo, ahora, de hacer algunas tareas pendientes. ¿De verdad se habrá ido la nostalgia?

17/02/08

Vivencias sin importancia


Algunas veces de mi vida he sido un poco raro.

Dejé de tomar líquidos en biberón a la edad de cinco años. Después de ir al jardín de niños, mi mamá me preparaba un delicioso (en ese tiempo) licuado de jitomate. Yo lo tomaba en el biberón. Recuerdo que me acostaba en el sillón, junto a un enorme cuadro de un venado, a degustar el licuado. Ahora no sé exactamente por qué, pero el jitomate no me gusta tanto. Cada vez que como algo que lleve jitomate, procuro alejarlo de mi plato. Ya no me gusta como antes.

Me divertía coleccionar un montón de estampas, con imágenes de lo que fuera. Dibujos animados, animales, personajes de películas. Amaba las estampas. Era egoísta, no las intercambiaba con mis amigos. Es que ellos siempre jugaban a soplarlas con las manos para que el que más volteara, más ganaba, por supuesto. Las maltrataban, no las cuidaban. Gastaba el poco dinero que me daban mis papás para la escuela, para poder comprar muchas estampas. Si una se repetía, no me importaba porque así tendría repuesto en caso de que se me extraviaran. Ahora esas estampas han dejado de existir. Y de nada valió conservarlas. Me deshice de ellas hace algunos años.

Nunca me gustaron los zapatos con agujetas. La razón: fue hasta la edad de nueve años cuando aprendí a atarlas. Generalmente optaba por los zapatos que trajeran un broche o hebilla, eran más cómodos, más fáciles de usar. Lo confieso: no siempre usé zapatos con correa, algunas veces, sólo cuando los zapatos estaban demasiado bonitos, usé con agujetas. Pero no las ataba, las escondía dentro del calcetín. Obviamente se salían, pero prefería volver a esconderlas. Hasta que un día mi tía me dijo que sino aprendía a atar las agujetas no me regalaría un reloj. Aprendí, por supuesto, pero la tía nunca me regaló el reloj. Al contrario, ella me balconeaba con cualquier persona al decirles que Martín no sabía atarse las agujetas.

Asustar a mi hermana era algo sumamente divertido. Ella, hasta cierto momento, siempre fue una especie de amiga. Cuando ella no salía al recreo a mí las lágrimas se me escurrían de tanta tristeza. No comía porque ella tampoco lo hacía. Al llegar a la casa lo hacíamos juntos. Yo me burlaba, después, porque ella no había salido al recreo. Un día inflamos globos. Ella rompió uno cerca de mi ojo derecho. Y grité, lloré, hice mucho escándalo. Le dije que no veía. Mi voz era temblorosa, casi con llanto. “Yuliana, mi ojo, mi ojo, no veo, no veo, me duele mucho, qué me hiciste”. Y ella lloraba. “Martín, Martincito, Martincito”, era lo único que decía, hasta que la risa me delataba. Así muchas veces asusté a mi hermana, ella siempre caía en la broma.

Los sorteos en la escuela me divertían mucho. Siempre tuve “suerte”. Balones, carros con control remoto, piñatas; eran los premios. La dinámica era sencilla: debías comprar un boleto para poder ser un posible ganador. Reconozco que comprar más de quince boletos me convertían en un virtual ganador. Siempre gané. No era suerte, era el hecho de comprar más boletos, así, claro está, más oportunidades tienes de ganar. Pero un día la escuela se burló de mí. Al momento de recibir el premio, una piñata llena de dulces, el espectáculo comenzó. Resulta que el profesor soltó la piñata antes de que mi mano la tomara. No tuve premio. Desde ahí dejé de participar.

He tenido la suerte de contar con compañeros que me han dado momentos alegres en mi vida. En la primaria lo disfruté mucho. A veces pecaba de inocente. Una vez alguien me dijo: ¿quieres hacerme una chaqueta con la boca? Y no le respondí, sólo reí. En fin, qué vida aquélla. Me gustaba participar en las obras de teatro que la escuela organizaba. Debo decir que siempre me tocaba interpretar al personaje principal. Interpreté a Lázaro Cárdenas del Río, a un niño que trata de curar a su mamá con frases bellas, un campesino enamorado en plena Revolución, un niño que defendía a ultranza la bandera mexicana. Entre otras cosas. En la secundaria interpreté al ángel Gabriel que vencía a Lucifer. Ahí mi apodo fue Serafín. Luego se olvidaron de mí. Pero pasaba momentos bastante divertidos en cada ensayo, oh sí, en cada ensayo.

Y bueno, son tantas cosas que no vale la pena contar, o tal vez sí, pero por ahora los zancudos andan picándome las piernas. Y no siento rico. Y tengo sueño, calor. Buenas noches, buenos días.

14/02/08

Se rompió una amistad


Hacer intercambio de regalos el día de San Valentín es bastante conmovedor. Algunas veces he optado por preguntarle a la persona, a la cual le regalaré algo, qué es lo que desea, qué le gusta, con qué sería feliz. Y sí me han contestado con sinceridad. Lo malo, dicen algunos, es que no se emocionan a la hora de que les entregas el regalo. Pues ni modo, pienso.

Este catorce de febrero no hubo regalos que dar. Preferí obsequiarles a mis compañeros de clases un dulce, una paleta de caramelo. Y entonces recordé, con gusto, un pasaje en tiempos de secundaria.

Ese día le regalé a Estela una mochila con la figura de Winnie Pooh, además de un disco pirata de Madonna, donde venía su éxito “La isla bonita”. Ella me pidió eso, así que fue exactamente lo que quiso. A mí me regalaron un estuche de plástico para guardar mis plumas. El estuche traía consigo una regla de 15 centímetros, una pluma, un lápiz, una goma, sacapuntas, una libreta. Hubiese preferido que me preguntaran lo que quería. Pues ni modo, ha de haber pensado quien me regaló eso.

Quien estaba completamente feliz era Adriana. Nunca la pude entender. Ella me contó todo lo que gastó en el regalo que le dio a Mariana, quien, por cierto, también dio un regalo a Adriana.

Era día de tomar clases de deportes. El profesor no llegó, dizque mandó un aviso para decirnos que ese día lo disfrutáramos con los amigos, con los regalos. Adriana estaba feliz. Le compró a Mariana un oso de peluche al que le apretabas la nariz y entonces el oso preguntaba dónde estaba su pata. Al apretarle la pata el oso decía: “lo siento, este es mi estómago”. Y entonces le apretabas el estómago y te decía: “lo siento, esta es mi pata derecha”.

No sirve, le dije a Adriana cuando me lo mostró. Y ella me contestó que así era, que era un oso que se burlaba de las personas. Pues está bonito, le dije a Adriana. Lo sé, me contestó. Además, me dijo, le compré una bolsa plastificada, le puse globos pequeños, una tarjeta de felicitación.

O sea que Adriana gastó como 115 pesos, según me dijo. Y estaba emocionada porque esperaba que Mariana disfrutara su regalo. Obviamente también estaba ansiosa por ver el regalo que le daría Mariana, pero ella no llegaba.

Así que la tuvimos que esperar. Fue entonces cuando nos dimos cuenta que ella caminaba hacia nosotros. Adriana no pudo evitar dirigir su mirada hacia las manos de Mariana: no traía nada. Y le dije, espérate, quizá trae el regalo en su mochila. Logré calmarla.

El momento llegó. Las dos amigas intercambiaron el regalo. Primero fue Adriana quien le dio un abrazo a Mariana, enseguida su regalo. Y rieron, tan contentas que estaban. Tan felices que se veían. Mariana puso cara de asombro al ver al oso, le gustó mucho, le apretó la nariz, luego las patas, luego el estómago. Se divirtió con el regalo pues.

Ahora tú dale el regalo, le dije a Mariana. Y así lo hizo. Sacó de su mochila una bolsa de papel aluminio bastante pequeña. La cara de Adriana fue de miedo, más que de asombro. Y abrió la bolsa, ahí venían tres pares de calcetines.

Hubo un abrazo. Hipócrita, por supuesto. Vente Martín, me dijo Adriana, vamos al salón. Y nos fuimos al salón. Ahí Adriana lloró mucho. Se decepcionó por el regalo. Los olió, me dijo que tal vez eran de Mariana pero ya no le quedaban y entonces por eso se los regalaba.

Pobre Adriana, pensé. Desde ese día las dos amigas dejaron de serlo. No se volvieron a dirigir la palabra. Se odiaron. Y todo por unos calcetines. Y sí, me reí mucho ese día. Qué culero, ¿verdad?

13/02/08

Alegría de la media noche


Esta noche bailaré desnudo por mi habitación. Cerraré las ventanas. Apagaré la luz. Bailaré, bailaré, bailaré. Me quiero sentir sensual, sexual. Tocaré mi cuerpo porque no existe alguien más que lo toque. Una vez, otra vez. Lo haré, me lo haré. Me tocaré. Bailaré por toda mi habitación. Imaginaré que alguien me observa desde lejos. Tan perverso, tan morboso.

Sentiré el viento penetrarme, nadie más está para hacerlo. Y lo gozaré tanto. Me abrigaré de calor porque quiero bailar. Andar desnudo. Bailar, reír, qué más puedo pedir.

–Mejor mastúrbate– me dijiste cuando te conté mis planes.

Y te hice caso, también es sumamente delicioso, he de reconocerlo.

11/02/08

La muerte de Durazo


Más que viejo, Durazo parecía un perro cansado. Bastante golpeado por la vida misma. Antaño se le veía como a un canino feliz que periódicamente era paseado por sus dueños. Dormía bajo un techo que lo protegía de las inclemencias del tiempo. Las peleas con otros perros eran experiencias que el consentido Durazo jamás había conocido.

Pero a veces las cosas cambian, por una o varias razones, pero cambian. Durazo tuvo que ser expulsado de la casa de la familia Ortiz porque a ésta llegó un Rottweiler que había sido perfectamente entrenado para atacar a otros perros. Era, en concreto, un animal utilizado para las famosas peleas callejeras. Algunas personas decían que el perro, de nombre Killer, se ponía furioso cada vez que escuchaba el sonido que provocaba el movimiento de una cadena de hierro.

En algunas ocasiones Killer atacó a Durazo porque éste se metía a la casa cuando alguien entraba o salía. Durazo quería estar dentro, pero la presencia de otro perro no se lo permitía. Más que un bien, la familia Ortiz le provocó mucho daño al pobre perro de pelaje negro con manchones blancos, a quien todos conocían como Durazo.

Una sartén vieja era donde se colocaba la comida de Durazo. Sobras, revoltijos, basura orgánica. Eran tiempos donde la lluvia no cesaba. Por las noches fuertes fríos soplaban, sin piedad, sin ganas de detenerse. Y ahí estaba Durazo, echado frente a la puerta de sus dueños, bajo la luz de una lámpara pública. Ahí estaba el pobre perro, tratando de mantenerse seco, pero le resultaba imposible, la copiosa lluvia inundaba calles, arrastraba la basura.

Con el tiempo el perro se convirtió en un temor para algunas personas que transitaban por la calle. Para entonces ya no era Durazo, ahora le llamaban perro apestoso, hediondo. Algunas personas lo correteaban, los asustaban, le arrojaban piedras o cualquier objeto que estuviese a su alcance. Pero Durazo apenas y podía moverse.

Una fractura en su pata trasera derecha provocaba que el perro no lograra levantarse fácilmente. A veces se quedaba tirado por mucho tiempo, lanzando ladridos desesperados, volteando a la azotea donde estaba Killer, tan tranquilo, tan como si nada pasara. Perros al final de cuentas, animales que no saben, animales nada más. ¿Sería eso lo que pensaría la familia Ortiz?

Pero a mí me dolía ver a Durazo así, tan mal. ¿Qué podía hacer? Nunca supe. Únicamente les decía a las personas que no lo trataran mal, que el animal estaba enfermo, malito, dañado. Y él no podía defenderse. Sus ladridos eran cada vez más bajos, menos intensos.

Un día Durazo se quedó tirado a media calle. La pata le sangraba mucho. Sus dueños intentaron moverlo, pero al parecer les provocaba asco el perro mal oliente. Y le echaron agua, lo asustaron con una escoba. Pero Durazo no podía moverse más. Ladridos desesperados. Golpes en mi pecho. ¿Qué puedo hacer?, me seguía preguntando. Pero, como siempre, no supe responderme.

Ese mismo día, por la tarde, Durazo logró moverse hasta la acera izquierda. Todavía recuerdo cuando el señor Ortiz llegó acompañado de un hombre con bata blanca; el veterinario.

Y entonces, luego de un piquete con aguja, Durazo dejó de existir. ¿Qué puedo hacer? Lloré, lloré tanto por un perro que ni siquiera fue mío. Lloré de coraje, de ardor por no poder hacer nada. Me pregunté varias veces, nunca me quise responder. Lloré tanto que cuando observé la muerte de Durazo fui a casa a decirle a mi mamá: Ya lo mataron. Y me ahogué en llanto, en dolor. En sufrimiento ajeno.

Todavía recuerdo a Durazo, aun.

08/02/08

Oda al repertorio de palabras


No recuerdo exactamente el día en que te conocí, pero eso no me importa ni preocupa mucho ahora. Sé que te conocí, eso es más que suficiente. Si de verdad Dios existe no le daré las gracias por ponerte en mi camino, más bien, te daré las gracias a ti por estar ahí, frente a mí. Tan excitante fue eso. Tan maravilloso. Oh, mi vida se iluminó muchísimo. Desde ese día no he dejado de tomarte entre mis manos. Te trato como quiero. Nadie me puede decir nada. Sólo tú lo haces. Te abro, te dejas. Qué fácil eres. A veces creo que eres como las campanas porque todos vienen y te tocan. Pero no me importa. Uno debe compartir todo. Cada quien decide su vida. Yo he decidido ser como una esponja, así es, una esponja que absorba no todo pero tampoco nada. Mis razones tengo. Y entonces me dices ridículo, banal, superfluo, te he oído decirme homosexual, neurótico, onírico, estresado, desquiciado, masturbado, imbécil, zonzo. Y un montón de palabras más, pero no me ofenden ni me halagan. Sé que me las dices porque realmente sabes lo que significan. Nada es tan real como tú. Tan gordo, tan grueso, tan cambiante. Siempre lleno de sorpresas, de juegos, de conjugaciones. A veces duras, otras veces algo blandas tus hojas. Pero siempre, al final de cuentas, lleno de palabras. Palabras, palabrerías. Quién mejor que tú para nutrirme, para llenarme, para saciarme, para servirme. Quién mejor que tú mi querido diccionario.

Yo te adoro mucho. Te sacudo el polvo, bueno, en realidad para qué te miento, sabes de sobra que no tienes polvo porque siempre, invariablemente, mis manos te tocan. Y te dejas acariciar, tan salido que eres. No creas que me provocas tanto, ni pienses que la libido me escurre sólo por ti, lo que pasa es que cuando leo otros libros siempre me topo con palabras que desconozco, pero tú, mi adorado diccionario, siempre me quitas el peso de encima. No me digas anoréxico ni bulímico. Sabes que me trago todo. Oh, creo que haz pensado mal, me gusta tragarme todo si de conocimiento bueno se trata. Y me haz puesto rojo, tan rojo como aquellas palabras que sobresalen de tus hojas.

A un amigo le dije que todavía no me compro la versión más reciente de ti, o sea, de un diccionario. También le he dicho que tengo una versión llamada diccionario panhispánico de dudas donde, claro está, se resuelven muchas, aunque no todas, de mis dudas. Y a veces, cuando paso por las librerías veo bastantes diccionarios escolares, de política, jurídicos, literarios, muchos, pero muchos. Y pienso en ti, en que tal vez quisieras tener compañía, pero sabes que el dinero no me alcanza ni me sobra.

A ese mismo amigo que te conté le he platicado sobre mi amor incondicional hacia ti. Y se ha quedado mirando mi rostro. No te molestes, ni siquiera me besó ni me mordió las orejas, se ha quedado perplejo porque le he soltado un montón de palabras que creo él desconoce. Se irritó, se molestó, se fue casi llorando sólo por unas palabritas. En realidad no eran ofensivas, sé que me haz enseñado, mi querido diccionario, bastantes palabras grotescas, pero no he sido capaz de decírselas a mi amigo. La verdad es que sólo le mencioné algunos términos de medicina o arqueología, no sé. Tú las conoces bien, de esas que tú mismo haz catalogado como rebuscadas y que los periódicos usan con frecuencia los domingos.

Ahora me despido. No soñaré contigo, tampoco me empalagues tanto. Utilizaré cada palabra que me haz enseñado para ordenarlas, no como tú, pero sí para que algún día alguien me pueda llamar como lo haz hecho tú: grafómano.

06/02/08

En momentos pesados


Muchas veces me dijiste que me odiabas. Y sí, te creí, me envolví en esas palabras que tú llamabas venenosas. Me odiabas, te odiaba, qué más daba. Había un equilibrio perfecto en todo. Ahora que todo se ha ido al mar de los olvidos nos hace falta decirnos, aunque sea sólo una vez, que nos odiamos con mucho amor.

04/02/08

De los placeres que me nutren


Los domingos en mi casa son especiales, al menos para mí. Y no lo digo porque sobre la mesa se encuentre un plato hasta el borde de pancita o de pozole, tampoco lo digo porque me guste llenarme de tamales, arroz con leche o hot cakes. Aunque admito que tiempos atrás me encantaba preparar hot cakes, me salían más redondos que a mi madre. Yo disfrutaba mucho eso. Era, en pocos términos, una persona feliz. Ahora le agrego el prefijo “in”. Infeliz mi vida. Pero bueno, esa es otra historia, no vale la pena.

Digo que los domingos son especiales porque a las nueve con treinta minutos de la mañana me dirijo hacia el puesto de periódicos. Cuando llego ahí puedo observar al señor con somnolencia todavía. Es domingo, lo entiendo, el pobre tiene sueño aún. Pero pronto se me olvida que el señor tiene sueño cuando percibo un olor asqueroso casi parecido al que emana de los baños públicos del mercado Adolfo López Mateo. Bueno, creo que exagero un poco, la verdad es que no apesta tanto a cagada. Huele más a orín. Pero no de perro, orín de humano o humana. Y es que a unos cuantos metros del puesto de periódicos están algunos negocios donde venden cerveza por la noche. Así que la obviedad es que los borrachos o borrachas se van a orinar al puesto de periódicos. A veces me ha tocado que el señor aun no abre el puesto, por lo que tengo que esperar y puedo ver a algunas señoras un tanto engorrosas que aun siguen la fiesta. Creo que nuevamente me salí del tema.

Aunque ando cerca. El caso es que compro periódicos el domingo. Puedo jactarme que de toda la colonia soy el único que camina bien feliz por las calles con un montón de periódicos bajo el brazo. Sé que a nadie le importa, la mayoría pensará que busco trabajo o que lo quiero para envolver vidrios o artículos de cerámica o porque voy a pintar y no quiero ensuciar mi piso. La realidad nadie mejor que yo la conoce. Compro los periódicos el domingo porque vienen cargados de noticias ligeras y un montón de suplementos. Cosas para despistarse un buen rato y para que formen parte de tu acervo cultural y por supuesto de algunas pláticas.

En palabras más concretas, me gusta leer, adoro leer los periódicos. Mis papás me dicen que ya no los compre, que para eso tengo el Internet, pero yo les digo que me vale popó lo que digan, así que seguiré comprando los periódicos, entonces me amenazan diciéndome que me descontarán 30 pesos del dinero que me dan para la escuela. No me inmuto, sé que no lo hacen, luego les remuerde la conciencia.

El Universal, la Jornada, Diario de Morelos son los periódicos que compro el domingo. Rara, pero muy rara es la vez que adquiero el Reforma. Tengo mis razones para comprar El Universal. Sonará un poco estúpido o lleno de cursilerías mediocres pero es la verdad: El Universal fue el primer periódico que leí completito. Así es, de la primera hasta la última página, creo que hasta los edictos leí, creyendo que eran parte fundamental. Le tomé cariño, siempre me ha parecido un periódico bastante completo. Además lo compro los domingos porque viene gratis una revista que se llama Día Siete. Los domingos este periódico cuesta 12 pesos. Recuerdo que antes, los lunes, también lo compraba y también venía gratis una revista que se llamaba LaRevista (así, como está escrito). Creo que LaRevista (igual, así junto) tuvo tanto éxito que se vendió aparte y le cambiaron el nombre por el de Emeequis.

Aunque también le soy fiel a La Jornada. Éste periódico lo comencé a comprar cuando iba en la preparatoria. Me parece bastante bueno. Además de que viene la sección local, la jornada de en medio y el periódico nacional. Los domingos lo compro por una simple pero cultural razón: viene un suplemento literario llamado sabiamente La Jornada Semanal. Es ahí donde se escriben ensayos sobre grandes escritores, clásicos y contemporáneos. Me gusta, me gusta, me gusta. La Jornada Morelos publica un suplemento llamado Correo del Sur, que a mí me parece bastante bueno, aunque los textos, muchas veces son algo soporíferos. Y bueno, otra razón es que el domingo Cristina Pacheco publica Mar de Historias en la contraportada de La Jornada. Yo aprecio mucho esa sección, de hecho es la primera que leo. Y sí, me pongo mustio o extremadamente feliz.

Y me encanta leer los periódicos el domingo. El Diario de Morelos lo compro porque también me parece un tanto bueno. Fue ahí donde conocí la redacción del periódico y cómo es que se trabaja. Lo compro para darme una salpicada de la información más importante del estado. Cuando lo extiendo para leerlo en la tienda, las personas me preguntan ¿Quién se murió? ¿A quién agarraron? Me da tanta risa. Es que sí, lo admito, mis vecinos son bien morbosos. Chismosos, no tienen vida propia así que se la pasan chismorreando sobre lo que le pasó al de a lado. Eso en parte es alimentado por los autos con parlantes que pasan anunciando que un conocido vecino de la colonia murió o que está preso o que la vecina se fugó con el novio mayor que ella, o que la esposa le pegaba al esposo, o que vendía droga, o que mujeres se desgreñaron por un tipo barrigón, o que un perro mordió a una niña o que ya no sé que más decir.

En fin. Me gusta leer. Algo que odio es que siempre me preguntan que si leo todo el periódico, completito. Claro está que no lo leo todo. Busco lo que más me interesa o lo que logre captar mi atención más pronto. Espero algún día leer todo el periódico, completito para que cuando me pregunten que si lo leo todo, pueda, sin ningún problema, sonreírles y decirles que sí.

Leer los periódicos no me transporta a lugares mágicos o llenos de misticismo. Son noticias, son reales, son los acontecimientos que están presentes y que de alguna manera impactan en nuestras vidas. Como lector reconozco que existen artículos, entrevistas, noticias u opiniones que me alegran, otras me frustran, me indignan, una me hacen reír, otras no me hacen llorar, al final de cuentas son noticias. A todos nos puede pasar. A parte de leer periódicos también he leído algunos libros, esos también me gustan. Siempre he dicho que soy una persona abierta, en el buen sentido, a todo tipo de lectura. Disfruto la lectura en mi sillón. Sin nadie que me moleste. Y si me molestan ya saben que siempre les miento la madre desde la comodidad de mi sillón.

03/02/08

Y sigue la mata dando


Quienes estudiamos periodismo o quienes estudian ciencias de la comunicación no me dejarán mentir: el tema sobre la libertad de expresión siempre ocupa un lugar especial dentro de las aulas. Y es que los catedráticos nos preguntan, a los alumnos, cuál es nuestra opinión acerca de tan controvertido tema o cuál es nuestra postura respecto a cómo se ejerce dicha libertad de expresión.

Muchas veces incurrimos en vaguedades que terminan por confundir no sólo a los profesores o a los compañeros de la clase, sino que en algunas ocasiones la perplejidad es tanta que quienes resultan confundidos somos nosotros mismos. El consejo, para cualquier tema, es informarnos bastante sobre los hechos y ordenar en nuestra mente todas las ideas posibles.

Pero bueno, el asunto no es acerca del orden de ideas, sino más bien se trata de un caso del que muchos debemos tener algo de noción. Claramente hablo de aquel viernes cuatro de enero cuando la voz de Carmen Aristegui fue desconectada de la estación W Radio. Ese día, recuerdo perfectamente, no escuché su noticiero Hoy por Hoy. Me enteré de su salida a través de los periódicos que leía mientras hacía fila para pagar el servicio de cable e internet.

La razón por la que Carmen Aristegui dejaba la estación era por “incompatibilidad” con el modelo editorial de la empresa. Algo, se dice, bastante alejado de aquello por lo cual la periodista propugna. Por supuesto que a Aristegui se le reconoce el arduo trabajo que desempeñó por más de cinco años en la estación W Radio, propiedad de Televisa y el consorcio español Prisa. Sólo por mencionar, fue ahí, en su programa radiofónico, donde se ventilaron algunas dudas sobre los resultados en las elecciones del 2006; el caso de la anciana náhuatl Ernestina Ascencio quien fuera presuntamente violada por militares en Zongolica, Veracruz; denuncias de encubrimiento a pederastas por parte del cardenal Norberto Rivera; así como el caso del presunto pederasta Jean Succar Kuri, rodeado de todo el asunto sobre las violaciones a las garantías de la periodista Lydia Cacho. Todo esto de un titipuchal de asuntos de interés nacional.

Luego de que se diera a conocer formalmente la salida de Aristegui de W Radio, la prensa escrita se volcó en incontables artículos y editoriales donde defendían a la comunicadora, mostrándole su respaldo ante las acciones que el emporio de comunicación llamado Televisa realizaba. Esta vez Carmen Aristegui dejó de dar las noticias para convertirse en una: su salida trajo a los medios de comunicación escritos esa espinita llamada censura. A muchos les pica duro, a otros sólo les hace cosquillitas, mientras que otros bien que disfrutan los piquetes porque las ganancias están jugosas.

El hecho es que la censura es algo que creímos eliminado en estos tiempos. Por supuesto que es condenable todo tipo de acciones que realizan quienes ostentan el poder. Han perecido reporteros, otros tantos han desaparecido, mientras que muchos han sido silenciados o despojados de un micrófono tan sólo porque a alguien no le gustó lo que dijo, ni el tono en que lo dijo.

Sin más que decir, quiero hacer uso de esa técnica llamada “copiar y pegar”. Lo siguiente es tan sólo una parte de la columna que Carmen Aristegui escribió en el periódico Reforma una semana después de que el Senado de la República aprobara la reforma electoral.

“Trabajo en los medios. Soy periodista de la radio y la televisión. He seguido de cerca, como muchos otros, los acontecimientos más relevantes de este país en materia legislativa, política y social de los últimos años.

“Creo que frente a los insólitos acontecimientos que hemos presenciado millones de mexicanos en los últimos días, la abstención y el disimulo no tienen cabida. Me pronuncio, desde aquí, abiertamente a favor de la reforma electoral aprobada la noche del miércoles por el Senado de la República. Me pronuncio en contra del despliegue de fuerza e intimidación que se ha desatado en el más amplio espectro de los medios en el país en contra de los poderes establecidos, particularmente los del Congreso, por razones que distan mucho de las esgrimidas en esta pretendida cruzada libertaria. Me preocupa el tufillo golpista que percibo en algunos de mis colegas. No comparto en modo alguno la idea de que esta reforma constitucional ponga en riesgo ni mi libertad, ni la de ningún ciudadano de este país, para expresar opiniones de ningún tipo”.

Ni hablar.
*Cartón de BOLIGAN.

02/02/08

Día de la Candelaria... en Morelos


CUERNAVACA, MOR. Tamales rojos, verdes, de dulce, pan de nata o nuez, arroz con leche, música de viento, flores, figuras que representan al “Niño Dios”; niños, jóvenes y adultos estuvieron presentes en la tradicional celebración del Día de la Candelaria, en la parroquia de la Carolina.

Todo comenzó desde al pasado seis de enero. Ese día, familiares y amigos se reunieron para partir la tradicional rosca de Reyes, la que por dentro lleva varias figuras representativas del “Niño Dios”. A quien le salga un muñequito en la rebanada de rosca que le tocó, tiene la responsabilidad de convertirse en madrina o padrino del “Niño Dios” para que el día dos de febrero lo presente en la iglesia de la comunidad para que sea bendecido por el párroco.

Sin embargo, otra manera de convivir es que quien sea premiado con el muñequito, tiene la obligación de invitar tamales rojos o verdes para dicha fecha, el dos de enero, así como el champurrado o arroz con leche.

Lo anterior fue lamentado por Rafael Figueroa, párroco de Nuestra Señora de San Juan de los Lagos, en la colonia Carolina, quien le dijo a los casi 100 asistentes a la misa de éste día, que muchas veces se preocupan demasiado por conseguir, desde temprana hora, los tamales para que los compartan con sus invitados, pero en realidad se están olvidando de acudir a la casa de Dios.

Rosalba Silva Andrade, habitante de la Carolina, manifestó que desde niña su madre la llevaba a la iglesia para bendecir al Niño Dios. Comenta que “comprábamos la rosca de Reyes para convivir con la familia, no para ver a quién lo tocaban los tamales”.

Desde temprana hora los habitantes de la Carolina, en Cuernavaca, acuden a misa para cantarle las mañanitas al Niño Dios, posteriormente, durante el transcurso del día, se ofician misas para que todas los padrinos lleven a sus figuras representativas a que el párroco las bendiga.

Así es como da inicio una marcha de familias enteras, madres e hijos, jóvenes, pero sobre todo señoras de la tercera edad con una imagen representativa del “Niño Dios”, algunos lo visten con chambritas, trajes blancos, turquesas o azules; sentados, acostados; otros son transportados en su silla; otros recostados en una canasta, en una cuna o en una charola adornada con flores, dulces o juguetes.

Puede ser el Santo Niño de Atocha, el Niño de las Palomas, San Francisco de Asís o el niño de las Azucenas. “No importa cómo esté vestido, lo importante es tener fe, venir a escuchar al Padre, a bendecir al Niñito Dios”, comenta Silva Andrade.

La música de viento se escucha, algunos niños se levantan de sus asientos en la Iglesia y comienzan a bailar, otros tantos se molestan por la música. La ceremonia o la misa está programada para las 11 horas, los niños comienzan a impacientarse, algunas mamás desesperadas salen a comprar dulces o pan de nata. Mientras, una pareja de adultos coloca un ramo de flores frente al Cristo crucificado.

El reloj avanza, por fin son las 11 horas, todos los asistentes toman asiento, colocan a su lado al Niño Dios. El párroco Rafael Figueroa da la bienvenida, agradece la asistencia. Expresa su tristeza porque “este día, dos de enero, se ha comercializado tanto. En las mañanas andan desesperados buscando dónde comprar los tamales para sus invitados, se han olvidado de asistir a la iglesia, se han olvidado de traer a sus niños aquí, a escuchar la palabra de Dios”.

Es momento de las oraciones, de los agradecimientos, de las limosnas. Todos se ponen de pie, toman entre sus brazos la figura que han vestido especialmente para este día. Las personas sólo observan al párroco, lo siguen con su mirada; esperan la bendición, el rocío de agua bendita, una última oración, se persignan y se retiran a celebrar, con tamales, atoles, dulces.

01/02/08

Llorando