
No recuerdo exactamente el día en que te conocí, pero eso no me importa ni preocupa mucho ahora. Sé que te conocí, eso es más que suficiente. Si de verdad Dios existe no le daré las gracias por ponerte en mi camino, más bien, te daré las gracias a ti por estar ahí, frente a mí. Tan excitante fue eso. Tan maravilloso. Oh, mi vida se iluminó muchísimo. Desde ese día no he dejado de tomarte entre mis manos. Te trato como quiero. Nadie me puede decir nada. Sólo tú lo haces. Te abro, te dejas. Qué fácil eres. A veces creo que eres como las campanas porque todos vienen y te tocan. Pero no me importa. Uno debe compartir todo. Cada quien decide su vida. Yo he decidido ser como una esponja, así es, una esponja que absorba no todo pero tampoco nada. Mis razones tengo. Y entonces me dices ridículo, banal, superfluo, te he oído decirme homosexual, neurótico, onírico, estresado, desquiciado, masturbado, imbécil, zonzo. Y un montón de palabras más, pero no me ofenden ni me halagan. Sé que me las dices porque realmente sabes lo que significan. Nada es tan real como tú. Tan gordo, tan grueso, tan cambiante. Siempre lleno de sorpresas, de juegos, de conjugaciones. A veces duras, otras veces algo blandas tus hojas. Pero siempre, al final de cuentas, lleno de palabras. Palabras, palabrerías. Quién mejor que tú para nutrirme, para llenarme, para saciarme, para servirme. Quién mejor que tú mi querido diccionario.
Yo te adoro mucho. Te sacudo el polvo, bueno, en realidad para qué te miento, sabes de sobra que no tienes polvo porque siempre, invariablemente, mis manos te tocan. Y te dejas acariciar, tan salido que eres. No creas que me provocas tanto, ni pienses que la libido me escurre sólo por ti, lo que pasa es que cuando leo otros libros siempre me topo con palabras que desconozco, pero tú, mi adorado diccionario, siempre me quitas el peso de encima. No me digas anoréxico ni bulímico. Sabes que me trago todo. Oh, creo que haz pensado mal, me gusta tragarme todo si de conocimiento bueno se trata. Y me haz puesto rojo, tan rojo como aquellas palabras que sobresalen de tus hojas.
A un amigo le dije que todavía no me compro la versión más reciente de ti, o sea, de un diccionario. También le he dicho que tengo una versión llamada diccionario panhispánico de dudas donde, claro está, se resuelven muchas, aunque no todas, de mis dudas. Y a veces, cuando paso por las librerías veo bastantes diccionarios escolares, de política, jurídicos, literarios, muchos, pero muchos. Y pienso en ti, en que tal vez quisieras tener compañía, pero sabes que el dinero no me alcanza ni me sobra.
A ese mismo amigo que te conté le he platicado sobre mi amor incondicional hacia ti. Y se ha quedado mirando mi rostro. No te molestes, ni siquiera me besó ni me mordió las orejas, se ha quedado perplejo porque le he soltado un montón de palabras que creo él desconoce. Se irritó, se molestó, se fue casi llorando sólo por unas palabritas. En realidad no eran ofensivas, sé que me haz enseñado, mi querido diccionario, bastantes palabras grotescas, pero no he sido capaz de decírselas a mi amigo. La verdad es que sólo le mencioné algunos términos de medicina o arqueología, no sé. Tú las conoces bien, de esas que tú mismo haz catalogado como rebuscadas y que los periódicos usan con frecuencia los domingos.
Ahora me despido. No soñaré contigo, tampoco me empalagues tanto. Utilizaré cada palabra que me haz enseñado para ordenarlas, no como tú, pero sí para que algún día alguien me pueda llamar como lo haz hecho tú: grafómano.