31/12/07

Mientras ese día llegue


Algún día dejarás de quererme. Ese día no querré verte más. Será entonces cuando dejarás de acariciarme, desdeñarás mis besos, mis abrazos. No cederás ante mis lágrimas. Ese día no me verás a los ojos ni me sonreirás.


Lo único que dirás será: adiós.


Pero mientras ese día llegue, dejémonos de vaguedades. Para qué pensar en lo próximo, ocupémonos de ese algo que nos unió la primera vez que nos dijimos “te amo” con inocencia inmaculada.


Hagamos el amor con ese dejo de aquella primera vez.

30/12/07

En busca del paraíso perfecto


He sido un prostiputo religioso.

Me he dejado manosear tanto hasta el grado de haber sido penetrado por el pensamiento de los católicos, la locura empedernida de los Testigos de Jehová, los lloriqueos constantes de aquellos que siguen La Luz del Mundo, creo que nada más.

Cuando era niño, mis papás siempre nos decían a mis hermanos y a mí que nos pusiéramos a leer la Biblia. No recuerdo si mis hermanos lo hacían, pero de que yo la leía, de eso sí que estoy completamente seguro. O bueno, fingía que la leía para hacerme el interesante con las visitas que llegaban a la casa.

No recuerdo más que el Génesis, creo que de ahí nunca pasé. En la casa siempre había pequeños libros sobre catequismo. Recuerdo mucho ese libro donde en la portada venía la imagen de una mujer que parecía Victoria Rufo. Ahí estudiaba o repasaba las lecturas del padre nuestro, el ave María, entre otras cosas que no me gusta recordar. Mi hermana tuvo que aprenderse todo el libro porque era parte indispensable para poder hacer su primera comunión.

Tuvimos que ir hasta Chilpancingo, Guerrero para que la mentada fiesta religiosa se hiciera. Y es que allá vivían los padrinos. No me acuerdo mucho de la celebración, pero había mucha tierra, mucha gente, mucha comida, muchos niños cantores. Cuando a mi hermana le dieron la hostia, no sé por qué pero llevé las manos hacia su cabeza y le puse cuernos. Lo sé porque existe una foto que lo demuestra. En fin, lo único que me gustó fue una canción que las religiosas entonaron a todo pulmón.

Creo que dice así: con pena va el pastor / cantando va a volver / trayendo entre sus brazos / la oveja que se fue / huyendo de mi casa / un día me alejé / qué triste me buscaba / al ver que me marché.

Es lo único que recuerdo. Yo, por supuesto, nunca hice eso de la primera comunión. Luego de eso, mis papás nos llevaban con los Testigos de Jehová. Muchos saben, creo, que estos religiosos andan de casa en casa predicando la palabra de Dios, al menos así dicen.

En mi casa siempre tocaban la puerta todos los fines de semana. La razón es que dizque nos iban a dar “estudio bíblico”. Durante las sesiones siempre despotricaban contra las demás religiones, nunca daban argumentos válidos, nomás decían que la única verdad es la suya, la de los Testigos de Jehová.

De una hora era la sesión. El libro: El conocimiento que lleva a la vida eterna fue el primero que leímos. Más bien, fue el único, además de la Biblia, claro. Se leía un capítulo, luego venían los cuestionamientos: qué entendiste sobre el tema, qué piensas sobre esto, qué relación existe sobre aquello, ¿crees que puedes pertenecer al nuevo Reino de Jehová?, ahora vamos a leer estos pasajes de la Biblia, perfecto, qué bien… hagamos una oración, cierra tus ojos e inclina tu cabeza.

Como nunca supe qué orar, prefería levantar mi cabeza mientras ellas, porque eran mujeres, lo hacían, Veía sus labios moverse, nunca supe qué decían, pero algo estaban deciendo las condenadas. Cuando estaban por terminar la oración, entonces volvía a agachar la cabeza para dizque terminar la oración, me esperaba algunos segundos para que ellas pensaran que seguía orando. Luego la levantaba y les sonreía.

Debo admitir que a veces no toleraba los dichosos estudios bíblicos. Por eso siempre le decía a mi mamá que por favor les dijera que tenía mucha tarea, que me sentía mal o que no estaba, para que así me dejaran de molestar. Pero ellas siempre le contestaban a mi mamá: dígale a Martín que le dedique un tiempo a Jehová, así como él nos lo dedica siempre. Y mi mamá me llamaba para que las recibiera.

Por fortuna dejé de verlas cuando terminamos de leer el libro. Pero ellas me dijeron que ahora vendría otro: Lo que los jóvenes preguntan, así que para que me sintiera en confianza, me mandarían a un joven para que pudiera hablar abiertamente sobre muchos temas con él. De hombre a hombre (sic).

El joven, que más bien era señor, tartamudeaba. Nunca me reí, pero él fue quien se desesperó. Quién sabe, pero jamás regresó. Ahora, cada vez que los Testigos de Jehová tocan a mi puerta y me insisten en que retome el estudio bíblico, les digo que me decepcionaron cuando me dejaron de visitar. Qué pena Martín, hablaremos con el hermano, me dicen. Claro, aquí los espero, respondo.

Cuando pasó lo del hermano Josué (así se llama el señor tartamudo) mis amigos-vecinos, me invitaron a celebrar el fin de año con su congregación religiosa: La luz del mundo.

Yo acepté. Nos divertimos mucho. Pero me sentía raro al estar ahí con ellos. Se pronunció un discurso extremadamente largo. Y mientras esto pasaba, muchos gritaban: ¡Gloria al Señor, Viva Jesús, Gloria al Señor! Yo me asusté porque lo decían bastante fuerte.

Los días pasaron, así que me invitaron a formar parte de su religión. Nuevamente acepté. Cada día, después de la escuela, íbamos a su lugar de reunión. Mis amigos y yo nos sentábamos en la primera fila. Una columna de butacas era para hombres, mientras que otra era para las mujeres de falda larga.

Siempre he reído, pero esta vez contuve la risa mientras estaba en ese lugar. Y es que las señoras pasaban al frente a entonar alabanzas pero siempre terminaban llorando. Mis amigos también pasaban, también lloraban. Un día me pidieron que pasara con ellos a cantar alabanzas, pero como en el libro de canciones no había alguna que me gustara el ritmo, pues nunca quise.

Al final, se pedía que todos nos pusiéramos de rodillas, inclináramos la cabeza y suplicáramos a Dios por los nuestros. Y aquí comenzaba la chilladera. Los primeros días noté que todos, sin excepción, lloraban. Al momento de levantarse se secaban las lágrimas, sus ojos estaban rojos, hinchados de tanto llorar. A mi me daba pena no llorar. No lo hacía porque no tenía ganas de llorar.

Con el paso de los días tuve que ingeniármelas para que me salieran las lágrimas. No podía seguir así, mis amigos me decían: ¿no lloraste? Y me daba pena decirles que no. Por más que trataba, al momento de orar, nunca pude llorar.

Me acordaba de cosas feas en mi casa o de mi mamá o de mi papá o de algún daño que hubiera sufrido, pero sólo me funcionó algunos días, luego ya no era igual, tratar de recordar momentos tristes en mi vida era ya aburrido. Así que no me quedó de otra más que tallarme los ojos fuertemente hasta ponerlos rojos, rojos, para que pareciera que lloré. Y sí funcionó. Obviamente luego vinieron las infecciones y dolores tremendos en los ojos.

Tuve que dejar esa religión porque mi mamá me dijo que era malo estar ahí. Le pregunté por qué, ella me respondió que los Testigos de Jehová le advirtieron que en esa religión se adoraba a personas malas, a imágenes. Y que además a Dios no le gusta vernos llorar para demostrar que nos arrepentimos de todo el mal que podemos hacer.

Y entonces dejé de ver a los de La luz del mundo. Y a los Testigos de Jehová. Y a los católicos. Y ahora no sé qué chingados hacer.

Creo que me pondré a buscar, por todos los rincones del mundo, a la Cofradía de los Amigos del Crimen. Lo malo es que no tengo mucho dinero para entrar ahí. Sin embargo la buscaré, me vale madre que sea un invento del Marqués de Sade. Yo la buscaré.

Si tan sólo el Marqués de Sade viviera, ah, qué feliz sería a su lado. Qué feliz, claro que sí, qué feliz.

28/12/07

Una amiga me llamó por teléfono


Las nubes de algodón rosado se tornaron grises, poco después derramaron lágrimas de dolor, traición y venganza.

Los corazones de papel en los cuales estaban escritas frases de amor se rompieron, cayeron al escusado, se bañaron de mierda.

Las amigas no se vieron más las caras, los ojos se oscurecieron (a causa del rímel en las pestañas).

Los tiempos que antes eran miel, dulce empalago de azúcar, se volvieron tan amargos como el limón con una pizca de sal.

La amistad quedó en entredicho.

El odio salió a flote.

Así de fácil, sin más.

27/12/07

De los dictados en la escuela


El día estuvo bastante intenso. Lo disfruté muchísimo. Quiero que vuelva a pasar, lo deseo con tanto ímpetu. Pero seré paciente, sé que me llegará, una vez más, cuando menos lo espere: así se siente más rico.

Más tarde volví a mi casa. Tuve que sumergirme entre las aguas de mi soledad; ahí fue donde encontré algunos recuerdos de la escuela, de hace apenas algunos meses. No son más que unos textos que en las clases de Letras Mexicanas hicimos. Disculpen mi holgazanería, pero quiero compartirlos con ustedes.

Como me encanta ponerle mucha mierda a mi papel, aquí les dejo mis tareas. Cabe mencionar que los cuentos, si es que así se les pueden llamar, están escritos a partir de una dinámica: el profesor decía algunas palabras, tú tenías que estructurar la historia con esas palabras. Este fue mi resultado.

***
Sin título

Un hombre vivía solo en un pequeño cuarto de vecindad. No podía pagar la renta puntualmente, apenas y le alcanzaba el dinero para comer huevos estrellados que se preparaba en un viejo sartén. A veces, raras por cierto, compraba en la tienda de la esquina que estaba cerca de una casa de artes y música, donde vendían un viejo tambor, forrado con piel de oso y lobo. Pero al señor no le gustaba pasar por esa tienda porque el dueño era el mismo que cobraba la renta en la vecindad, además de que tenía un olor desagradable.

***
Lola – Lola - Lola

Cuando Lola se despertó eran como las tres de la mañana. La noche que apenas había caído resultó muy pesada, un dolor tremendo se apoderó del occipucio de Lola. Ella se tocaba, se acariciaba delicadamente, pero no sabía el origen del dolor.

Las tres de la mañana. Lola estaba sola en la cama. El fanfarrón de su esposo, al que conoció en una cantina, aún no llegaba a la casa. Lola imaginaba que tal vez estaría con mujeres promiscuas, a esas que bien podía embobar con falacias, fantasías e inconsistencias verbales.

Era una noche cualquiera. Lola no se daba cuenta de nada, sólo se preocupaba por el dolor en la nuca. Ni siquiera escuchó en las noticias radiofónicas que pronto vendría un equinoccio. Lola cerró los ojos y entonces durmió.

A la mañana siguiente, cuando las gallinas cacaraqueaban, lola se levantó de la cama, lavó su mugrosa cara, se puso un calzón limpio, se acomodó el sostén y se fue al mercado municipal. El monedero iba bien escondido entre los senos de esa pobre mujer.

Lola siempre trataba de comprar pocas cosas en el mercado porque, según ella, ahorraría para cuando festejara su quincuagésimo aniversario de bodas. Le faltaba mucho, por eso tal vez decidió gastar algo de dinero en una sesión de masoterapia; quería relajarse.

Sin embargo, al entrar al establecimiento de los masajes, Lola comenzó a sentirse mal. Veía a mujeres con caras estiradísimas como una resortera; hablaban y hablaban de chismes televisivos. Lola no tenía televisión, la tuvo que vender para pagar el hospital donde le amputaron el pie a su abuela a causa de una gangrena.

Luego de los masajes, Lola se dirigió con un loco esotérico. Este hombre, según los ingenuos, podía predecir los movimientos telúricos. No todos le hacían caso, muchos lo tildaban de estafador y hasta de loco.

El lugar, establecimiento del hombre misterioso, tenía una rotonda donde había calaveras, velas, amuletos y demás cosas. Lola les decía a todos que ese altar tenía un mensaje subliminal. Qué es eso, le preguntaban las personas a Lola. No sé, ni que fuera una mujer omnisciente, contestaba. Y el dolor desapareció.

Ja, ja, ja… todos reían cuando Lola decía estas palabras. Sin hacerles caso, la mujer se retiró del lugar. Un fuerte monzón acompañó a una copiosa lluvia esa tarde. Era el primer chubasco del mes de mayo.

Pasados los años, Lola envejeció. Ya no tenía marido. Él la dejó porque un día a Lola se le ocurrió hacer un androide, y le ganaron los celos. Más bien, decían algunos, fue un pretexto porque la mujer siempre andaba enferma y nunca quería follar.

Lola sabía que su estancia en esta vida no sería secular. Su mamá murió a los 70 años, su abuela a los 83, así que su destino era casi el mismo; no llegar a los cien años. Un día Lola decidió que debía morir. Ya se sentía vieja y guanga.

La vieja, o sea Lola, le pidió a un niño de 10 años que la maniatara. Luego le dijo que regara alcohol por toda la casa y encendiera un cerillo y se largara lejos, sin decirle a nadie sobre el asunto.

El niño lo hizo bien. Pensó que Lola era una heroína por morir. Y entonces le dijo a su papá que mandara a construir un obelisco como recuerdo de Lola, la mártir de la patria. A lo cual el papá respondió que no estuviera chingando con esas tonterías, si esa mujer fue una loca, una rara y una sinvergüenza.

Días después el periódico local publicó un edicto, para quienes quisieran reclamar los bienes de Lola, cosa algo rara porque todo se quemó. Por supuesto, como muchos leen el periódico en busca de trabajo o de favores sexuales con chicas ardientes, nadie se enteró del dichoso edicto.

Yo guardaré siempre en mi memoria a Lola.

***
Tengo sueño, así que me iré a dormir temprano. Mañana será, claro está, otro día. Mordidas de orejas a toda(o)s.

26/12/07

De miel a hiel


Corrí por todo el parque pero no pude encontrarte.

Llegamos temprano tomados de la mano. Nos convertimos en una pareja más que camina, amorosamente, por los alrededores de un parque infestado de niños, de vendedores, de parejas, de ancianos. Y pensamos que de todos ellos, nosotros éramos más felices.

Cuando notamos que había una banquita libre, caminamos presurosamente para que nadie nos la ganara. Y sonreímos mucho. Algo manchó mi camisa; era popó de una paloma que volaba arriba de nosotros. Me di cuenta que no pudiste ocultar tu risa, pero inmediatamente sacaste de tu bolsa unos pañuelos para que me limpiara.

Nos movimos de lugar, decidimos seguir caminando en busca de otra banquita. Por el camino nos topamos con un vendedor de globos, quisiste uno. Te lo compré, estaba hermoso, sobre todo porque era tu personaje favorito: Bob Esponja. Y pensamos nuevamente que de todas las parejas en el parque, nosotros éramos los más felices.

Como no encontramos una banquita, decidimos sentarnos junto a la fuente. Me echaste agua, luego te respondí. Reímos, parecíamos niños jugando en pleno parque. Nada nos cohibió. Pero dejamos el agua por un momento cuando un vendedor de papas fritas pasó a nuestro lado. Quisiste unas papas con mucho chile. A pesar de que muchas veces te dije que no me gusta que comas bastante picante, esta vez dejé que lo comieras. Luego estabas, como siempre, arrepentida: me enseñabas la lengua roja, roja, roja. Te compré un agua bien fría, como me la pediste. Y luego mascamos un chicle.

Ya casi oscurecía. Estábamos cansados de caminar. Nos tuvimos que sentar en el pasto, primero te enojaste porque, según tú, había muchas hormigas e intentaban subirse por todo tu cuerpo. Fue un pretexto para que te abrazara cuando me pediste que las quitara de tu piel; sabías perfectamente que no había nada. Por eso me encantas, te dije. Ya lo sé, me respondiste.

Te tomé de las manos. Esta vez te miré fijamente a los ojos. Y entonces lo supiste, lo leíste en mis ojos: todo había terminado. No pude decirte nada. Te levantaste, corriste rápidamente. Te seguí, pero te perdí entre la multitud. Quise decirte las cosas bien, dejarte todo claro, sin resentimientos, sin problemas, sin rencores, pero no lo pude hacer. Te diste cuenta que era mucha miel, pero ahora todo es hiel. Dejamos de pensar que éramos más felices que los demás.

Y seguí corriendo por todo el parque, pero no pude encontrarte.

25/12/07

Por andar de chistositos


A Gustavo siempre le gustó molestar a sus compañeros de la escuela, esa fue la razón por la cual lo expulsaron definitivamente. Al llegar a otro colegio, el niño, que tenía los cachetes rojos, volvió a las andadas: molestar a los demás.

Poco a poco se fue haciendo de amigos. Cursábamos el tercer grado de primaria. En las horas de recreo acostumbrábamos a reunirnos detrás del salón de clases, donde había un árbol grandísimo. Contábamos anécdotas, historias de terror, alguna que otra de fantasía o simplemente decíamos algún chiste.

A mi se me ocurrió decir uno bastante grosero. Digo grosero porque en esos tiempos éramos apenas unos niños; al que decía una grosería se le amenazaba con lavarle la boca con jabón o cortarle la lengua. Sin importarme aquello, procedí a contar el chiste. No lo contaré aquí porque de plano me da flojera, además, casi ni recuerdo el chiste, únicamente tengo en mente aquello que me ocasionó algunos problemas.

“Pepito no tiene pito, la maestra tiene tapón… Pepito no tiene pito, la maestra tiene tapón”.

Y fue entonces cuando mis amigos estallaron en carcajadas. Cosa que todavía me pregunto por qué, a qué se debía tanta risa, si tan sólo era un chiste que todos se sabían, que siempre se contaba, era el mismo de siempre. El caso es que Gustavo me amenazó, me dijo que le diría a la profesora que yo dije groserías.

Me asusté. Qué pensaría la profesora de mí. Me expulsarían, le llamarían a mis papás para decirles que en el recreo me ponía a contar chistes estúpidos y groseros, que era un mal ejemplo para mis compañeros, que no lo podían creer de mí, que era un peligro para la buena moral de la escuela.

Así que sin dudarlo le pedí a Gustavo que no le dijera a la profesora. Me costó mucho convencerlo. Está bien, tengo que admitirlo, no lo convencí, él me chantajeó; me pidió dinero prestado, tuve que hacerlo. Al día siguiente me volvió a pedir dinero prestado, al siguiente también, al otro día también hizo lo mismo… hasta que le dije: “no tengo”, pero él me recordó que dije groserías, así que si no quería que la profesora supiera, entonces debía cooperar.

Tan ingenuo era, tan estúpido fui. Hasta la fecha recuerdo que a veces dejaba de comer tan sólo por tener que pagar una cuota a mi compañero a causa de su silencio. Mis cinco pesos iban a las manos de Gustavo. Yo dejaba de comer los tacos acorazados, no tomaba refresco, no comía dulces, ni paletas congeladas.

Un día todo cambió. No me armé de valor, tampoco me negué a seguir pagando. Lo que pasó fue algo tonto. Gustavo llevó a la escuela una botella de perfume que era de su mamá. Durante el recreo anduvo jugando con el perfume, me roció a mi un poco, pero apestaba mucho, creí que sería un olor agradable, pero realmente olía mal, creo que no era perfume entonces, o tal vez sería de esos de Avón o Jafra.

Me molesté entonces. Lo amenacé con decirle a la profesora que él me había rociado perfume de mujer. Y traté de quitárselo, pero Gustavo corrió. Fui tras él, corrí lo más rápido que pude por la pequeña escuela. Bueno, no corrí bastante rápido porque tenía miedo de tirarle algún taco a alguien. Pero traté de alcanzarlo. Correr por las áreas verdes de la escuela estaba prohibido, pero no hicimos caso de eso. Él corrió mientras yo trataba de alcanzarlo.

Sin embargo, el viento sopló a mi favor. Gustavo tropezó. Cayó en un charco de agua sucia. No lo empujé ni lo levanté, no hice nada más que reírme. Pero era risa de nervios, porque pensé que tal vez le diría a la profesora que yo lo aventé.

Afortunadamente tuve a mis amigos de testigos. Cuando Gustavo entró al salón la profesora le pidió explicaciones del por qué estaba sucio. Muchos se rieron mientras Gustavo trataba de explicar su situación. Y entonces me nombró, dijo que era mi culpa, que yo lo estaba correteando.

La profesora me llamó, me dijo que por qué lo hice. Le contesté que él me había rociado perfume de mujer. Y Gustavo trató de defenderse al acusarme de grosero. Pero la maestra no hizo caso. Desde entonces no tuve que pagar más dinero. Gustavo fue expulsado. Y muchos me preguntaban que si de verdad lo había aventado: sí, les dije, aunque no fuera cierto.

24/12/07

Noche mala


Como es “noche buena” esta vez no quiero escribir. Me deprime la navidad. No quiero dejar el espacio en blanco. Así que les aviso, aunque no les importe, que me prepararé una taza de té de limón. Luego bajaré las escaleras para ver lo que come mi familia, si está sabroso pues le entro chido a la comilona, pero si no, me regreso a mi cuarto a leer unas revistas hasta que me aburra.

***

Cerraré las ventanas para no escuchar a las personas decir: Feliz navidad, que la pase bien con su familia, diviértase mucho.

***

¡Bah! Ya lo escuché durante la mañana, por la tarde, así que no quiero seguir escuchando. Además tampoco quiero oír los juegos artificiales, me tienen hasta la coronilla.

***

Sin más que decir, me despido, hasta mañana, cuando muchos de mis vecinos o algunos de ustedes despierten crudos, con dolor de cabeza, tomando Red Bull, Alka-Seltzer, recalentando la comida, etcétera, etcétera, etcétera y muchísimos etcéteras más.

23/12/07

Lo que pasó, pues pasó


Recordando el primero de octubre del presente año

Un día antes (sábado), por la noche, estaba entre el grandísimo dilema de ir o no ir al primer informe de gobierno de Marco Adame Castillo, el titular del poder Ejecutivo en Morelos, quería hacerlo pero me daba flojera. Así que puse de pretexto que tenía que limpiar mi habitación, pero más que pretexto fue algo cierto. Lo hice. La limpié, quité las botellas de agua que estaban sobre la mesa, sacudí el polvo a los libros, revistas y periódicos. Ordené mi ropa, mis discos de música, tiré algunas cosas inservibles y nada más. Ya entrada la noche leí la revista del consumidor y algunos artículos de Sabina Berman y Denise Dresser en Proceso.

Por la mañana me levanté temprano. Cuando salí de mi cuarto miré que mi hermana me miraba. Entonces puso una mano en su seno y salió disparada hacia el baño. Bostecé. Pensé que tal vez se le había regado la leche y le daba pena que la viera, pero antes debí gritarle que eso a mí no me importaba y que ni quien quisiera verla. Pero después entendí que ella corrió al baño porque creyó que iba a entrar primero que ella. Únicamente reí, pues es que yo iba a la puerta de la entrada a colgar una toalla algo mojada que por la noche usé después del baño.

Cuando mi hermana salió del baño hice lo mismo de siempre: lavarme los dientes. Los detalles sobre otra cosa no se explican aquí por una simple razón: no tenía ganas de hacer del dos, sólo del uno. Y el sonido es igual al que todos cuando se va al baño a hacer pipí. Aunque debo de reconocer que el de las mujeres se escucha más.

Luego me cambié de ropa, me peiné y salí para ayudar a mi papá en el negocio. Era domingo, día en que la pancita y los tamales son casi obligatorios en las mesas de algunas familias. Podía ver pasar a las señoras que apresuradas caminaban y que movían sobre su mano una jarra, una olla o hasta un pequeño garrafón. Después las volví a ver, pero un poco más calmadas, con la misma jarra, la olla o un pequeño garrafón en una mano, mientras que en la otra llevan una bolsa transparente con cebolla picada, limón partido en dos y algunos chiles de árbol.

En mi casa no fue excepción que comiera pancita. Mi mamá me ofreció alguna pequeña porción que mi cuñada le convidó. Me sirvió sobre un plato hondo (de esos que Boing! regalaba en la compra de no sé cuántas piezas de jugos) el caldo de pancita que estaba demasiado caliente; algo que por supuesto odio demasiado de las comidas, sobre todo de los caldos, porque se calienta la cuchara también, así que hasta doble quemada se lleva uno.

La pancita, por cierto, estaba simplona. No tenía sabor, la carne estaba chicluda. Todo me supo a cebolla con limón. Cuando le dije esto a mi mamá, ella me respondió que eso me pasa por echarle toda la cebolla y un limón completo. –No sabes comer– me escupió en la cara. Mi papá sólo comía jitomate con algunos trocitos de cebolla y cilantro, eso fue lo que le pidió a mi mamá porque, según él, tenía agruras.

Las manecillas del reloj seguían caminando. Mi mamá se había ido, mi papá y yo permanecíamos en el negocio. Era domingo. Además de la pancita, por la que iban las señoras a comprar a un lugar no muy lejano de sus casas. También estaban las cervezas, por las que iban los señores a comprarla a la tienda. Y es que la venta, al menos de la cerveza, estuvo buena. Mi papá no dejaba de llenar el refrigerador.

Entre atender a quienes querían curarse la borrachera que un día antes habían tenido, a los niños fastidiosos que no se deciden qué comprar, las mamás que gritan porque llevan prisa o los que sólo quieren un cigarro y me obligaban a levantarme de la silla para dárselos, también estábamos atentos a la programación de la televisión. No fui al informe, así que lo tenía que ver. Faltaban casi 30 minutos para las doce del día cuando observé que Giovanni Barrios, de Tv Azteca, hablaba frente a las cámaras anunciando que faltaban pocos minutos para que Marco Adame arribara al Teatro Ocampo. Alcancé a ver que el lugar estaba maravilloso, espectacular podría decir. Pero a veces la televisión hace magia, dirían algunos.

Ahora me centraré únicamente en la transmisión del primer informe de gobierno. Antes de que el periodista de Tv Azteca anunciara la llegada de Adame Castillo al nuevo Teatro Ocampo podían verse imágenes de lo que estaba pasando a las afueras de éste. Había una “verbena popular”, según Giovanni Barrios. Y se transmitían algunos avances que los distintos secretarios, como el de educación, turismo, obras públicas, desarrollo económico o agropecuario habían tenido en sus respectivas áreas. Cuando de pronto, sobre una pantalla colocada afuera del teatro podía verse cómo Adame Castillo saludaba a sus fieles seguidores quienes portaban cartulinas donde le expresaban sus congratulaciones por este su primer año de mandato.

La sonrisa del gobernador, al igual que la de su esposa, Mayela Alemán de Adame, era de oreja a oreja. Ambos se abrían paso entre la multitud mientras sus guaruras hacían como que coordinaban una gran misión.

Antes de esto, a tan sólo unas cuadras, el gobernador tuvo que responder a los cuestionamientos que le hizo el Congreso estatal en relación a su primer año de actividades. Fue ahí donde propuso a los morelenses a sumarse a “la agenda del bien común, del desarrollo humano y comunitario sustentable”. Discurso hueco, por supuesto.

De acuerdo a las noticias, durante su comparecencia antes los diputados locales, Marco Adame tuvo que responder y fijar posturas sobre anomalías que ocurrieron durante la administración anterior, la de Sergio Estrada Cajigal. Aquí me vienen a la mente los casos más sonados, como son el de la costosísima red inalámbrica que nunca ha funcionado, así como los problemas en torno a la Autopista Siglo XXI, entre otros.

Al igual que Felipe Calderón, presidente de la República, Marco Adame cumplió con el mandato constitucional. Los dos también quisieron vanagloriarse ante la sociedad.

La transmisión siguió. El locutor del gobierno presentó a los invitados, que no eran más que del gabinete estatal. A través de la televisión podían verse algunas sillas vacías en el teatro. Y entonces Adame Castillo comenzó a hablar bonito para los morelenses. Ofreció todos los logros que se han hecho durante el tiempo que lleva gobernando.

Y fue aquí cuando le dije a mi papá que todo eso era mentira. Él, como siempre, me dijo que el PAN está haciendo cosas muy buenas. Así que no me quedó otra opción que revirarle con lo de siempre también:

Ya se te olvidó que en materia de salud hubo muchos problemas, pues no atendieron a tiempo el inconveniente del agua contaminada en Jiutepec a causa del aceite que derramaron los transformadores eléctricos que algunos extraños pretendían robarse.

–Acuérdate que en Jiutepec gobierna el PRD, que más bien no sabe gobernar– me interrumpió. Pero le seguí: Y qué pasó con el muerto a causa del estafilococo dorado que contenía el pastel de Vivaldi. Y que hubo muchos más intoxicados, recuerda que la Procuraduría no daba avances sobre el tema. Así como mucho menos dijo sobre las bandas de talamontes en Huitzilac, tampoco dijo nada sobre los tipos que detuvieron y fueron llevados a la secretaría de Seguridad Pública, que decían que eran integrantes de una banda de narcotraficantes y se armó todo un escándalo en los medios porque hicieron un mega operativo. Mucho menos querían hablar sobre las muertes de mujeres que fueron más de tres casos en tan poco tiempo. Y acuérdate también, casi le grité, de la ola de violencia que se desató entre enero y marzo del año, cuando hasta mataron a un policía falso del D.F., a un policía en pleno centro, y muchos levantados más, taxistas muertos. Eso fue terrible. Y eso sin contar el aumento del dengue, las manifestaciones que reclamaban auxilio para sacar del estancamiento al estado. Los casos de carne contaminada con clembuterol. Y lo que pasó apenas, el deterioro del medio ambiente en la zona sur del estado, el conflicto con los trece pueblos. Querían acabar con su agua, la del manantial Chihuahuita. El gobernador no los atendió pronto, mandó a sus subordinados. Además de muchas otras cosas.

Pero bueno, le dije mientras abría una botella de agua, ya dijo cosas bonitas, muchos ya se la creyeron, ni modo de irles a decir esto también. Después me fui a la casa a bañarme porque tenía algunos asuntos que atender.

22/12/07

Y uno, dos, un dos tres... arriba, abajo...


Es sábado, un frío viento ronda por las calles de Cuernavaca abrazando a las personas que a las ocho de la mañana están listas para ejercitar su cuerpo. El centro deportivo Fidel Velásquez recibe las visitas de varios jóvenes que, entre bostezo y bostezo, llegan a sus clases de acondicionamiento físico.

Un grupo de 15 jóvenes pone atención a las órdenes de su instructor. El entrenador es un tipo gordo, con barba y cabello largos; viste un short gris con franjas rojas y una playera color verde. Los jóvenes deportistas apenas y levantan los brazos.

El calentamiento comienza. Entre los jóvenes hay hombres y mujeres. De estos mismos sólo se pueden distinguir algunos que están ad hoc para la ocasión. O sea que visten pants, shorts, camisetas; ropa ligera pues, así como un calzado cómodo. Pero sobresalen aquellos que parece que después de ahí asistirán a una fiesta porque llevan, las mujeres, falda, blusas con las que casi enseñan el ombligo sucio, pantalones de mezclilla o hasta una bolsa con quién sabe cuántos objetos dentro de ésta.

Lo peor es que, ante las indicaciones del instructor, apenas y mueven sus esqueléticos cuerpos. Los brazos, al momento de abrir y cerrar, parecen tan pesados como sus bolsas. Cuando se trata de saltar lo hacen con tremenda holgazanería que temen despeinarse ese fleco que les costó toda la mañana hacerlo. Sus caras de miedo representan ese temor de sudar; el rímel podría corrérseles, los brillitos en las mejillas desaparecer o el montón de polvos blancos sacaría a relucir esos pequeños granos ocultos.

Pero ni el uno, dos, tres, las puede animar tanto como en las tardeadas de su escuela. Los hombres no se quedan atrás, algunos van cuidadosamente peinados, caminando elegantemente para que alguna chica los mire. El empeño físico es con más entusiasmo que el de las chicas. Aquí no se trata de despeinarse, sino de ver quién logrará, con los días, tener músculos remarcados.

Después de quince minutos de calentamiento, luego de abrir, cerrar, mover de izquierda a derecha las piernas, los brazos, de saltar, de trotar, el instructor da la orden para dirigirse al gimnasio, que tan sólo queda a unos cuantos pasos del lugar donde están. Antes de entrar al gimnasio, el entrenador recuerda a los jóvenes que en el lugar hay aparatos que deben cuidarse mucho.

El jolgorio bien discreto de los jóvenes se apaga cuando la puerta se cierra. Por los cristales se escucha al entrenador decirles que el primer ejercicio será hacer sentadillas por un mínimo de diez minutos. Algunos jóvenes ponen cara de preocupación.

Posteriormente, el instructor separa al grupo en dos partes. A algunos los pone a ejercitarse con la cuerda, dando saltos pequeños, durante un promedio de 15 minutos. La rutina tiene que variar, pues primero es brincar con los dos pies, luego con uno, el derecho, luego el izquierdo.

El otro grupo, que tal vez es el más avanzado, tiene que agarrar una barra, lo que conocemos como pesas. La instrucción es que la tomen entre sus manos separadas y su posición debe ser prona, es decir, inclinada. Los pies deben estar en paralelos y separados a la anchura de los hombros; lo que prosigue es doblar las rodillas ligeramente. Aquí algunos derraman más sudor que otros. La cara de desesperación del entrenador es visible. Sigue dando instrucciones. La barra se tiene que subir hasta la parte alta del pecho, de manera que descanse en las manos con las muñecas ligeramente hiperextendidas. Esta es la posición inicial.

De pronto los alumnos toman aire y lo retienen al subir la barra por encima de la cabeza hasta extender los brazos. Después se debe expulsar el aire para bajar la barra. Todo esto se tiene que hacer en un promedio de 15 veces. Mientras, otros brincan sobre una cuerda.

Cuando ambos bandos terminan el trabajo que el entrenador supervisa atentamente, sin dejar pasar algún error, los llama para que se ejerciten en la bicicleta, mientras que otros lo hacen en la cinta, o sea, la caminadora. El semblante de algunos jóvenes se ilumina porque esos son los ejercicios más fáciles y básicos.

Sin embargo, son informados por el instructor sobre estos aparatos. Les dice que la caminadora y la bicicleta se utilizan como implementos para el calentamiento de articulaciones, esto quiere decir que durante 10 minutos en caminadora o bicicleta, se tendrá una mejor lubricación articular y de esta manera se evitarán lesiones.

Les dice que las usen durante 15 minutos, pues por hoy será todo. Advierte que el acondicionamiento muscular no debe ser mayor a los 50 minutos, porque después de este tiempo los músculos se atrofian y se forma un ácido láctico, el cual puede dañar las fibrillas musculares.

La alegría de los jóvenes deseosos de tener un cuerpo escultural se desvanece luego de que el instructor dice que después de la bicicleta o cinta se pueden retirar, pues el ejercicio ha terminado. Algunos susurran que mejor irán a un gimnasio, donde se puede hacer más ejercicio, un joven les recuerda que si están aquí, en el deportivo Fidel Velásquez, se debe a que es más barato que cualquier otro lugar.

Y aquellas jovencitas que temen despeinarse o sudar, terminada la rutina salen a maquillarse, limpiarse la cara, acomodarse los pantalones y recorrer las instalaciones en busca de quién sabe qué. Los chicos también hacen lo mismo, sólo que no se maquillan, se quitan sus camisas y muestran su abdomen. Alrededor, en las instalaciones, pueden oírse a jóvenes que juegan futbol, otros tantos comienzan el entrenamiento de basquetbol. Y otros, menos penosos, se aclimatan alrededor de una alberca grandísima. Y es aquí donde no faltan los mirones.

21/12/07

Se han roto ilusiones

En este mundo existen historias tan parecidas, tan iguales; todas llenas de dolor, sentimiento, sufrimiento, amor. Pero cada protagonista las vive diferente, por eso a veces es difícil entender a los demás.

Así era antes

Jamás creí que me sucedería a mí. De niña escribía un diario que guardaba celosamente bajo el colchón, ahí plasmaba mis encuentros inocentes con aquellos niños que iluminaban mis ojos; tuve amores platónicos, ilusos e imaginarios.

Con el paso de los años dejé ese diario, ahora bajo el colchón se escondían las cartas que mis pretendientes me mandaban. Mis papás no permitían que tuviese novio, ellos me decían siempre que el estudio es primero, luego vienen los novios, que no debía desesperarme. Les hice caso, supe combinar el buen estudio con el inicio de una relación amorosa.

Así fue. Me enamoré. Cada día tuve momentos maravillosos, estaba contenta, feliz, emocionada. Pensé que era la mejor persona que me había topado en el camino. El amor me envolvió, me enloqueció. Disfruté cada hora, cada día, me sentía perfecta.

El tiempo logró que mis papás convivieran con mi novio. Mi mamá lo atendía bien, mi papá lo saludaba, mis hermanos también lo saludaban. Yo lo quería, lo amaba. Tuvimos problemas, pero logramos solucionarnos, tuvimos conflictos, pudimos controlarlos cada día. Él me decía que me quería, que me amaba. Qué días tan felices vivimos.

La carta que prefiero leerte

Un día tú me traicionaste, me dejaste, te fuiste con otra. Lloré mucho. No pude evitarlo, seguí llorando. Pero también un día tú regresaste. Me pediste perdón, me suplicaste una oportunidad. Acepté, lo hice porque te amaba. Y las risas volvieron, los buenos momentos, pero también con ellos volvieron los problemas, los conflictos.

Y nos enredamos con las colchas sobre la cama, con las ventanas cerradas, la puerta cerrada, la luz apagada. Te quise, te amé de otra manera. Te acaricié, me besaste, nos abrazamos. No me sentí culpable, sé que lo disfrutaste. Lo volvimos a hacer. No me cuidaste, no me cuidé. Vino lo esperado: un bebé.

Te amé, te quise tanto. Lloré una vez más. Al ver que las cosas estaban marcadas; un bebé en camino, responsabilidades a nuestra edad, vivir en pareja, decidiste irte. Me dejaste una vez más. Me enteré que andabas con otra, no la odié, no te odié, pensé que algún día volverías.

A mis amigas no les dije que tener un bebé era una bendición de Dios, sería demasiada hipocresía sabiendo que no me cuidé. Nunca puse de pretexto el amor que te tuve, lo hice porque quise, aunque reconozco que soñé, que me ilusioné.

Y el bebé nació. Nueve meses después volviste tú también. Quisiste ver a tu hijo, preguntaste cómo estaba él, te alegraste que fuera niño, exigiste que llevara tu nombre. Y no te odié, te quise dar otra oportunidad, creí en ti, te tuve fe, te volví a tener amor, quise compartir contigo ese amor con nuestro hijo.

Volvieron las risas, volvieron los conflictos. Me volviste a dejar. Llamabas a la casa preguntando por tu hijo, pero nunca me visitaste para darme dinero, el niño también tiene necesidades. Mis papás, sabes, están conmigo.

Tú te has ido, me dejaste, también a tu bebé. He llorado mucho, sufro mucho. Te alejas unos días, luego regresas como si nada pasara. Nunca haz entendido que te necesito, que de verdad te quiero, que mi bebé no entiende que mis lágrimas son de dolor, desesperación, sufrimiento.

Pero ya no me puedes querer como antes. Me pides perdón, pero ni siquiera sabes qué significa eso. Esta vez aléjate para siempre, nunca le hablaré mal a mi hijo de ti, sabrá que tiene un papá porque es algo difícil de ocultar, pero nunca intentes llamarle hijo porque jamás haz estado con él cuando te necesita.

Lloraré hasta que me canse, luego abrazaré a mi hijo, porque es el único que por el momento necesita de mí. De ti no quiero, no debo ni puedo necesitar más.

20/12/07

¡Basta!... por favor


De las cosas que ya no puedo tolerar


No soporto, bajo ningún pretexto, en ninguna circunstancia, ni como sea, que los profesores sean tan infantiloides. Lo detesto, lo aborrezco, lo odio, me caga, me emputa, me fastidia.

En la escuela se viven momentos preciosos o perfectos que uno quisiera repetir siempre, cosa que por supuesto no se puede porque, como dice Mónica Naranjo, sólo se vive(n) una vez.

Es aceptable que en la primaria te pongan a jugar Doña Blanca, San Serafín, el patio de mi casa, la rueda de San Miguel, entre otros juegos absurdos que no quiero recordar porque son tan pegajosas las canciones que me orillan a cantarlas. ¿Será por el niño que todos llevamos dentro? Quién sabe, ve tú a saber.

En la secundaria el profesor de educación física nos ponía a jugar a policías contra ladrones. Era todo un caos, todo un desmadre, un alboroto total. Los policías jalaban fuertemente de la camisa a quienes éramos los ladrones, cosa que uno no podía elegir porque el maestro lo hacía a como se le diera su chingada gana.

Otro juego, estúpido por cierto, era formar un círculo humano; todos nos agarrábamos de las manos y nos movíamos para que el que estuviera en medio del círculo no nos tocara con la pelota. Si esto pasaba, pues el perdedor tenía que cumplir un castigo. A mi no me gustaba jugar, me aburría, por eso siempre llegaba tarde a las clases.

Cuando pisé territorio preparatoriano creí ingenuamente que las cosas cambiarían. No fue así. La profesora de computación, en el primer día de clases, pidió que formáramos un círculo. Nos dijo a todos que eligiéramos el nombre de una fruta (melón, sandía, mango, manzana, uva). Y empezó el desmadre: tengo una canasta llena de… melón, entonces todos los que eligieron melón debían de moverse de lugar. Como una silla se quitaba, entonces había un perdedor y, claro está, un castigo.

Los castigos son bien clásicos: cantar o bailar como pinche idiota para que todos se rían estúpidamente de lo tan estúpido que estás; darle un beso a una tipa o a un tipo en la boca (de ahí surge el amor); gritar a los cuatro vientos que estás loco, que eres homosexual, que te gusta Fundillito, que no eres virgen y montón de pendejadas más.

Me preguntaba por qué me pasaba eso a mí, pero nunca supe responder. Son cosas que no pude evitar, no podía salirme del salón para ir al baño y esperar a que la maestra terminara sus juegos ridículos para intentar caer bien y que todos dijeran: ¡esa maestra es chinda, la mera neta!

También, la misma profesora, sorteaba papelitos con el nombre de alguien del salón de clases para que otro le escribiera un mensaje de “amistad”. Muchos se esmeraban tratando de fortalecer la relación, otros se sinceraban tratando de corregir errores para que la amiga que les había dejado de hablar volviera contenta a sus brazos y así contarse muchos chismes.

Yo lo detesté. Sobre todo porque a mi me escribieron algunas ofensas, sólo por eso. Sí, reconozco que me dolió que me ofendieran. Bueno, ese es otro tema, no quiero llorar.

Al llegar a la universidad creí, nuevamente, que esas cosas no volverían a pasar. Un profesor nos puso a jugar lo mismo: la canasta de frutas. Nomás faltaba que se pusiera a cantar zapatito blanco, zapatito azul… qué flojera, qué aburrido, qué estupideces.

Me despido por ahora, rogándole al todopoderoso para que en mi vida no vuelva a toparme con esos juegos. Serán, los maestros, muy buena onda, bien chidos, amigables o lo que sea, pero no quiero volver a soportar sus juegos infantiloides. Me vale madre que lleven un niño adentro o que la infancia se queda en nuestros corazones. No lo soportaré más.

Adiós.

19/12/07

Fantasía líquida


Me encanta bañarme. Hacerlo es una experiencia cotidiana maravillosa. Confieso que el agua fría me hace brincar algunos momentos. Brinco, brinco (obviamente con cuidado de no caerme y descalabrarme con el escusado) y vuelvo a brincar. El agua fría me encanta, pero por estas fechas prefiero bañarme con agua caliente.

Ah, qué delicia el agua caliente. Es tan rico cuando cae de la regadera sobre todo mi cuerpo. Es una sensación única. Cae por mi espalda, por mi cara, por otras partes de mi cuerpo. Y me pongo rojito. Y entonces cierro la ventana para recrear toda una escena fabulosa. Veo cómo el vapor se impregna de inmediato en el espejo, al igual que en las paredes, en el vidrio de la ventana, en el foco. El baño está lleno de vapor. Mi cuerpo rojito. Mis dedos arrugaditos.

Y apago la luz. Así se siente más rico, agua caliente sobre mí, oscuridad total. Ah, qué delicia.

Quisiera ser agua para recorrer todas las partes de tu cuerpo. Todas, absolutamente todas. No quiero ser la camisa, ni los calzones (puede que sí), ni los zapatos (eso definitivamente que no), no quiero ser otra cosa más que agua, el agua que recorra todo tu cuerpo todos los días cuanto te bañas, sólo cuando te bañas.

Agua caliente (por supuesto) para deslizarme por tus brazos, por tu cara, por tu espalda espléndida, por tu “mmm”, por tus piernas, por tus orejas, por tu otro “mmm”, por tus pezones, otra vez por tu “mmm”. Ah, qué delicia. Déjame hacerlo, déjame disfrutar, déjame ser.

Te advierto, no quiero ser el agua que limpie tus dientes, sólo tu boca. No quiero ser el agua que acompañe tu mierda por el drenaje, ni el agua que llamas orín, ni el agua que tomas mezclado con Tang… ¡No me lo merezco! Quiero ser exclusivamente el agua que recorra tu cuerpo, esa que cae cuando abres la regadera, pero sólo cuando la abres tú, cuando te bañas tú.

Ah, qué delicia sería ser agua y encima de todo estar caliente.

18/12/07

Nada del otro mundo


Estela se enojó porque sus compañeros de clases se burlaron de ella nomás porque su esfínter soltó un pedo. No les pudo decir que agarraran el pedo porque de plano estaba apestoso. Les dijo un montón de sandeces tratando de explicar o justificar el por qué se le había escapado un pedo. Pero sus compañeros no paraban de reír, no la escuchan, las carcajadas eran más poderosas que las palabras de Estela.

Pobre Estela, qué pena me da su caso. Desde entonces defiende a las demás personas, siempre pregona que todos tenemos la libertad de pedorrearnos cuando se nos antoje, que no debemos preocuparnos por si huele mal o si el pedo lleva consigo un pedazo de mierda. Dice, ahora, que es lo más normal del mundo.

Sé que tiene razón, pero aún recuerdo cuando se burló de Rocío en la clase de educación física. El profesor pidió que se acostaran sobre el suelo con los pies doblados, de manera que se pudieran hacer abdominales, pero cuando Rocío intentó levantarse un pedo se le salió. Todos se rieron. Unos le gritaron ¡sacudo pa’ no barrer!, mientras que otros dijeron que se le había roto el pantalón, otros le gritaron ¡órale pinche araña* pedorra!

Por supuesto que Estela fue quien más rió. Todo el tiempo comentó sobre el acontecimiento: Rocío es una pinche pedorra, además de fea, es una pinche pedorra. Ahora las dos son amigas, creo que Estela la comprende luego de que a ella también se le escapara un pedo. Juntas caminan diciendo que no es bueno criticar, que a todos nos pasa.

*A Rocío le apodan la araña porque, dicen, está fea. Qué mal pedo.

17/12/07

Algo difícil de borrar


La familia López vive en una pequeña vecindad al norte de la ciudad. El lugar se está descarapelando, las tuberías de agua no funcionan, los cables de luz parecen formar una red por todas las casas de la vecindad, el baño es usado por decenas de familias, todo huele mal ahí.

Algunas ventanas tienen los vidrios rotos o estrellados a causa de las diversas peleas que a diario ocurren en la vecindad. La familia López está compuesta por seis integrantes: el señor Bonifacio López, la señora Fenicia López, las hijas; Altagracia, Rafaela, Miroslava, y por el hijo Juan Carlos.

Existen días en que la familia tiene que comer frijoles o lentejas más de tres veces a la semana. Los pagos de la renta, cada mes, siempre crean conflictos: el dinero se ha gastado. Ni hablar de los hijos; muchas veces no llevan a la escuela el material que pidieron porque los papás no pudieron comprarlos. Tienen que cuidar bien los útiles escolares porque sino para el próximo año no habrá. Los zapatos tienen que cuidarse bien, cada dos años se compran. Prohibidas las golosinas, el dinero no alcanza.

La familia López se reprime en algunas cosas. Se cansa de las deudas, de los pagos, odia todo lo que tenga que ver con dinero, pero eso sí, en la sala está una pinche televisión de pantalla plana de esas que tienen un chingo de pulgadas, esas mismas que hacen que la imagen se vea real. Un equipo de audio última generación, bocinas potentes, charola para cinco discos mp3, micrófono integrado. Un reproductor de DVD con su home theater integrado, ese que permite escuchar las películas como en el mismísimo cine.

En la cocina está el horno de microondas, la licuadora con increíbles opciones, un refrigerador de doble puerta con despachador de hielos. Lo que no encaja es una parrilla eléctrica.

No hay dinero para comprar leche, pero eso no importa, se puede pedir fiado en la tienda una Coca Cola de tres litros. Y si es sábado, bueno, pues a dejar a un lado los frijoles porque se ha pedido una pizza, de la súper mega familiar. O que si es la fiesta de la prima Alison pues a comprarle un chingo de madres, no importa que los hijos de la familia no tengan ropa, es mejor gastar en el regalo que en otras cosas.

Que el señor de la tienda no quiere fiar más porque la cuenta está demasiado larga, pues a irle a rogar porque tenemos que comer: me apunta un kilo de huevo, medio kilo de chorizo, una lata de chiles, una Big Cola de las grandes, unos submarinos, una Sabritas, dos paquetes de palomitas para microondas y unas caguamas.

Y pensar que así es la vida, que esto es la cruda realidad.

16/12/07

El tianguis de Jiutepec, Morelos


Quienes conocen el municipio de Jiutepec saben perfectamente que todos los domingos, sin excepción alguna, casi mil metros de largo son ocupados por comerciantes. El tianguis, que sobre esa longitud se asienta, tiene como referencia la fábrica de cemento Moctezuma, que a su vez está frente a una gasolinera, misma que tiene al lado una tienda Oxxo.

Es domingo, hace calor. Quienes no conocen con exactitud la ubicación del tianguis de Jiutepec, pronto lograrán saberlo. Cual hormigas que se dirigen a su hogar para depositar la comida que han recolectado, decenas de personas que transitan por las calles, sea hacia el norte, al sur, tal vez al oeste o quizá al este, llevan en sus manos algo que delata en dónde han estado.

Y no es que sean hormigas, mucho menos algún tipo de insecto, pero pareciera que todos se pusieron de acuerdo, porque ese algo que los delata no es más que fruta picada; mangos, cocos, pepinos, zanahorias u otra fruta que, bañada con limón y espolvoreada con chile, provocan alguno que otro gesto en sus caras asoleadas. Han estado en el tianguis, recién acaban de salir de ahí.

Además de la fruta, también los delatan las aguas frescas, sean de limón, naranja, pero sobre todo las de coco. Nadie puede resistirse a su sabor ni a su módico precio de tan sólo cinco pesitos. Es aquí donde las preocupaciones sobre una salmonelosis segura no tienen lugar en la mente de quienes compran el agua de coco. A lo barato nadie se resiste.

El tianguis se erige sobre lo que antes eran las vías del tren. Desde la entrada los vendedores abordan a las personas con los productos que ofertan. Los churros de azúcar sin relleno dan la bienvenida, al igual que las aguas de coco. El olor a limón con chile es inconfundible, hasta se antoja una bolsita con fruta picada.

Mientras se va avanzando por el estrecho camino de apenas un metro, las personas tienen que lidiar con todo tipo de situaciones. Los gritos de las personas que venden, tratando de hacerse escuchar por todos los clientes, pueden causar un ligero dolor de cabeza al final de la visita.

Caminar por el tianguis resulta toda una odisea. Hace recordar a las enormes filas que se hacen en los bancos a la hora de alguna transacción. Las personas avanzan, pero repentinamente se detienen para observar los productos como ropa, accesorios para el cuerpo o cabello, mochilas, objetos de ornamento, entre otras cosas que les puedan gustar.

Y luego avanzan, pero también se vuelven a detener. Algunas personas preguntan por los precios de los productos, esperando una respuesta que los haga sacar poco dinero de su cartera o bolso, pero antes de que esto pase, la palabra “gracias” emana de la boca del cliente.

Pero no fue un “gracias” que se dice después de haber comprado algo, fue un “gracias” que el cliente dice al vendedor luego de que respondió una pregunta que no la satisfizo por completo. En palabras sencillas: no le alcanzó el dinero. Pero no todas las personas son así, existen algunas que, sea cual sea la razón, prefieren dialogar con el vendedor para que les haga una rebajita. “Es lo menos joven”, son las palabras mágicas. Unos lo logran, mientras que otros no tienen el mismo éxito.

Al seguir caminando por el andén llegan a la nariz distintos olores. Unos pueden ser agradables, pero otros resultan ser de lo más asqueroso. Como el sudor de la persona que va al lado, al frente o detrás de ti. Pero aunque se quiera caminar más rápido no siempre se logra. Ya sea porque las personas estorban demasiado, o porque en medio del camino está un vendedor de aguas, o de pilas, o de fregones, pero de los que se usan para limpiar la cocina o los trastes.

El escuchar el bullicio de las personas, los lloriqueos de los niños a los que les fue negado algo, como la compra de un pez, de un muñeco, de un póster con su artista RBD favorito o de alguna prenda de vestir, puede dar hasta hambre. Y de eso se encargan los olores de comida que vagan por todo el tianguis.

Y es que a la mitad del camino, luego de recorrer puestos de ropa, mochilas, juguetes, animales, zapatos, están algunos puestos de comida. Ahí puede verse a las personas que comen como si la comida se les fuera a escapar del plato. Los tacos de carnitas despiden un fuerte olor que se antojan. El cilantro, en compañía de la cebolla eleva su olor. A los tacos, de maciza o de surtida, se les agrega salsita con limón. La boca de quien come se abre lo más grande que se puede, podría decirse que hasta las caries se les ven. Y de una sola mordida el taco se ha hecho pequeño.

El calor aquí se siente más. Luego siguen más puestos de ropa, mochilas, discos de música, paletas heladas con chile-limón, más ropa, más discos de música, otra vez más peces, cinturones, accesorios para el cabello. Y la fila de vendedores es larga, la mayoría de los productos se repiten en los locales. Las personas siguen caminando, se siguen deteniendo, siguen regateando.

Algunas parejas de novios se detienen a mirar los objetos de ornamento, mirándose el uno al otro, pensando tal vez en cómo se vería ese reloj de ranita sonriente en su sala. O pensando también que las figuritas de madera pueden ser un excelente regalo en las próximas navidades. Ahorita lo que más abunda son las series navideñas (luces de colores), pinitos, esferas, campanas, etcétera.


Y poco a poco el largo camino termina. Ahí es donde encontramos a vendedores de más peces, de utensilios para la cocina, de muebles en pagos por quincenas: puestos donde casi nadie se detiene a ver, porque todos, cuando ven el final del tianguis, se regresan a la mitad del camino o hasta el principio, donde verán los puestos de comida, ropa, discos de música, animales, zapatos, etcétera. Y así, de esta manera, salir para poder comprar un agua de coco que los refresque.

15/12/07

Los Güeros del kiosco


Lo siguiente no es más que un reportaje que realizé para una revista local. Confieso que ha pasado casi un año de que esto fue publicado, sin embargo quise compartirlo. Vengan, pues, a Cuernavaca y disfruten de sus alrededores.


Tradición que mantiene “las luces encendidas”

Si alguien dice: “me tomé un licuado en el kiosco Gregorio Luyando”, nadie en Cuernavaca y sus alrededores se inmuta. Si en cambio afirma: “me tomé un popeyín o un fuerzabor, sexapil, oasis, rompevientos o una escamocha, más de uno exclamará: ¡Fuiste con Los Güeros!

Pocas personas saben el nombre del kiosco del jardín Juárez, en el centro capitalino, como también muy pocos recuerdan que los nombres originales de los primeros expendios ahí instalados eran “Popocatépetl” y “Nevado de Toluca”, los cuales cayeron en desuso cuando se sumaron al negocio los rubios hermanos del creador del mismo, Don José de Jesús Contreras.

Diputados, gobernadores, funcionarios, empleados, pero sobre todo los residentes y turistas de Cuernavaca, son los degustadores habituales de los famosos inventos de Don José de Jesús y hermanos.

Si ya de por sí uno sabe de los poderes vitamínicos, antioxidantes y hasta afrodisíacos de frutas y verduras de temporada, más se anima el consumidor cuando lee las “recetas” y beneficios del menú de sus incomparables preparados.

Los orígenes

Fue en el año de 1956 cuando la familia Contreras decidió probar suerte con una juguería. Salieron un día de su natal Arandas, Jalisco. Aun se resentían los efectos de Revolución y la Guerra Cristera, por lo que la falta de trabajo y el hambre hacían estragos en aquella región del país. Supieron que Cuernavaca era un lugar con mejores oportunidades. Y los Contreras emigraron con algunos ahorros en el equipaje. “No fue difícil conseguir los locales, se los compramos a la señora Justina Sánchez y poco a poco el negocio se fue prestigiando”, cuenta Don José.

Los jugos, cocteles de frutas, licuados, malteadas y otras especialidades que han dado prestigio a Los Güeros, prosperó desde sus inicios gracias a la tecnología con la que contó el negocio: fue el primer establecimiento en utilizar la batidora eléctrica, traída de Estados Unidos, antes de que apareciera “la fayuca”, para hacer las malteadas, mientras la competencia todavía machacaba la fruta a mano.

“Los güeros del kiosco” siempre han tratado de estar a la vanguardia, de innovar con los productos que ofrecen. Prueba de ello es que “los demás negocios siempre nos han copiado”, asegura Keren Contreras, hija de Don José, como por ejemplo “las vitrinas con acero inoxidable, los letreros del menú en láminas de plástico y las lonas con el nombre del negocio, todas fueron ideas originales de la familia Contreras”.

Honestidad ante todo

Reconocidos por la calidad y buen servicio, Los Güeros del kiosco han atendido, durante 50 años, a funcionarios y políticos; entre ellos, Alfonso Sandoval Camuñas, quien además fue amigo de la familia. Así como a gobernadores, desde Rodolfo López de Nava hasta Antonio Riva Palacio y, el más reciente, Sergio Estrada, quien mandaba por sus jugos.

A la pregunta sobre sus expectativas ante los nuevos gobiernos, municipal y estatal, Don José se apresura a contestar que espera: “claridad, sobre todo de limpieza espiritual en Jesús Giles Sánchez y Marco Adame Castillo, que traten de hacer producir al Estado para que haya estabilidad económica, oportunidades para los jóvenes, empleos, desarrollo para la entidad y, sobre todo, honestidad. La gente está cansada de los gobiernos deshonestos”, apunta.

Después de esto, Don José nos cuenta que no sólo figuras políticas han degustado sus cocteles y malteadas, pues también lo han hecho artistas como Armando Manzanero y Joan Sebastian, mismos que pidieron el servicio en sus camerinos. “Afortunadamente siempre hemos tenido clientes, la gente tiene confianza porque sabe que hay limpieza”, expresó Keren Contreras.

Los fines de semana las escamochas vuelan. Don José narra el nacimiento de esa especialidad: “Se le llama escamocha a los sobrantes de las frutas que van quedando de licuados, cocteles y aguas. Un día a mi hermano y a mí se nos ocurrió poner escamocha en un vaso y lo ofrecimos a los clientes. Tuvo una magnífica aceptación y lo incorporamos al menú como ‘las escamochas’, con o sin hielo, según el gusto del cliente”.

Altercados

La hija, Keren Contreras, recuerda la ocasión en que varios estudiantes se manifestaron en contra del aumento de cuota para el transporte público. “Se vinieron a protestar precisamente aquí, al kiosco, donde hicieron desorden, trataban de romper las vitrinas, aventaban cosas a los locales, pero no pasó a mayores”.

Por otra parte, Don José recuerda que hace dos meses –cuando aún vendían tortas– explotó un tanque de gas en uno de los locales contiguos, por lo cual sustituyeron las estufas de gas por parrillas eléctricas, pero Los Güeros optaron por no vender tortas, para evitar riesgos.

Al igual que se anuncia su licuado de cereales, leche y frutas llamado sexapil, el cual “mantiene las luces encendidas”, así Los Güeros del Kiosco tienen pila para otros cincuenta años o más, proporcionando salud, vigor y energía, en forma deliciosa, a sus complacidos clientes de Cuernavaca.

14/12/07

El Dr. Botiquín recomienda...


Nuestra amiga Ana Luisa nos escribe desde Cuautla, Morelos, angustiada porque su amiga Lucía tiene un problema. Ella nos cuenta.

Querido Dr. Botiquín, mi nombre es Ana Luisa, tengo 10 años. Quiero contarte que la semana pasada invité a mi amiga Lucía a mi casa para que nadara conmigo en mi alberca de hule que mi papá me compró. Cuando Lucía se quitó sus zapatos pude ver que los dedos de sus pies estaban raros, pero no me refiero a que estaban feos, sino más bien a que sus dedos tenían algunas heridas, así que le pregunté por qué tenía así sus pies. Ella se enojó conmigo e inmediatamente lloró. Mi mamá me dijo que Lucía tenía hongos en sus pies, así que no era conveniente que entrara conmigo a la alberca porque podía contagiármelos.

¿Qué puedo hacer para que mi amiga Lucía tenga sus pies sanos?



Estimada Ana Luisa, lo que nos cuentas en tu carta es algo que no muchos niños saben, así que queremos contarles algo.

Lo que tu amiga Lucía, así como otros niños o niñas pueden tener en la piel se llama “micosis”. Esta es una infección de la piel que es producida por unos microorganismos conocidos como HONGOS.

Estos hongos pueden infectar la piel no sólo de ustedes, los niños, sino de muchas personas. Los hongos pueden causar una picazón bastante molesta en algunas partes de nuestro cuerpo, como pueden ser los pies, las manos, los brazos, oídos, cuello, espalda, boca, axilas, ingles o hasta áreas genitales.

Te recomiendo que le digas a tu amiga que no sea una puerca, que de vez en cuando se lave las pinches patas. Y me parece correcto lo que dijo tu mamá, no es conveniente que ella se meta a la alberca, pero tú dile a Lucía que no mame, que al menos cuando vaya a tu casa se ponga pomadita o talco en las patas para que no te contagie los hongos.

Si tu amiga es de precaria economía, pues qué esperas, regálale una pomada antimicótica, dile que se lave las patas, que las remoje en cloro, que se seque bien los pies y que ya se compre unos zapatos nuevos, si es que los que tiene ya están más viejos que los de Gloria Trevi.

Si se ofende por esto, te recomiendo que una noche la invites a dormir a tu casa, pero procura que ella se quite los zapatos en el jardín, para que se oreen durante la noche, además es buen pretexto para que tú les eches sustancia antimicótica en aerosol. Sé que es peligroso que ella camine descalza por tu casa, ya que puede dejar el rastro de hongos, así que dile que se ponga unas bolsas de plástico en los pies. Si ella te pregunta por qué, dile que es para que no camine descalza por el piso encerado. Así que tú también usa las bolsas en tus pies.

Si notas que tu amiga sigue con hongos en los pies, mejor aléjate de ella y cuéntaselo a quien más confianza le tengas y a mi no me estés chingando más.

Atentamente, el Dr. Botiquín.

Nos vemos en la siguiente consulta.

13/12/07

Del odio inevitable


Qué fastidio. No tengo ganas de nada esta noche, ni de escribir, ni de coger, ni de platicar, ni de darle de comer a mi pez, no tengo ganas de nada. Qué hueva me producen estas fechas decembrinas.

Fin de año, fin de cuatrimestre en la universidad. Qué flojera todo eso. Muchas tareas, muchos trabajos que entregar, muchos exámenes. Dolor de cabeza total. Detesto la navidad, no sé, pero la detesto. O creo que sí sé: me fastidia ver arbolitos en cada esquina de las casas, qué locuras de adornarlo con montón de chingaderas, que las esferas, que los bastoncitos, que las lucecitas, que más bastoncitos, que la botita para el panzón de Santa Claus.

Me enferma ver las piñatas colgadas en el techo de las casas, más luces intermitentes de colores, farolitos, flores de noche buena, muñequitos de cartón simulando que son de nieve. Qué hueva. Qué fastidio.

Antes me encantaban los villancicos, ahora me deprimen, me llenan de nostalgia, me aburre siempre escuchar lo mismo. Ya ni siquiera vale la pena escucharlos al ritmo de cumbia, salsa, reggaetón (o como se escriba) o con bits de música electrónica. Ya, enserio, qué flojera.

Me cansé de pensar en qué pinche ropa estrenaré, qué me regalarán, quién vendrá a la casa a estar chingando todo el tiempo que la familia es lo más divino o maravilloso que existe. Ya, neta, qué cansancio.

De por sí que en casa nunca se ha preparado una cena especial, ni vino, ni champagne, ni whisky, sólo el de “digan whisky”… Flash, todos ríen. Ya, enserio, qué flojera. No quiero escuchar al montón de niños con sus mamás cantando la Letanía de la Bienaventurada Virgen María: ora pronobis, reina de los patriarcas, ora pronobis. Respeto eso, pero que sea lejitos de mí por favor.

Ya no quiero saber nada de que si la vecina no cooperó para el ponche, que la otra vecina se robó las colaciones, que los niños les queman los pelos a las niñas con las velitas, que esas pinches viejas nomás van a agandallarse los tamales sin haber cooperado, que los chamacos melindrosos no se tomaron el ponche y lo dejaron tirado en la calle, que la niña que quería romper la piñata le dio un palazo a otro niño, que las mamás se querían agarrar a madrazos, que pinches viejas putas, que pinches culeros los que sostenían el lazo de la piñata, que dale dale dale no pierdas el tino, que porque si lo pierdes ya valiste madres, que la piñata estaba llena de pura pinche fruta, que nada de dulces, que están aventando cohetes a la bolita de señoras remilgosas.

Qué hastío. Faltan algunos días todavía para que inicien las posadas, pero siempre se adelantan los preparativos. Yo, por lo tanto, me quedaré en mi cuartito, encerradito, solito, sin hacer nada, sin festejar. Qué cansancio.

Y, como dice la filósofa musical Raquel Bigorra, no me importa lo que digan de mí, esta es mi vida y así la quiero vivir, no me critiquen, yo soy como soy, y sólo escucho a mi corazón.

Los demás pueden amar la navidad y todo lo que quieran.

12/12/07

¡Qué cosas!


De las estupideces que vale la pena contar. Eso creo pues.

Hace unos días me topé con una amiga de la secundaria. Me dio gusto saludarla, sé que vive a unos minutos de mi casa, que siempre la veo, que siempre sonreímos cuando nos vemos, que hasta hemos compartido juntos el camión, pero me dio gusto saludarla. Y no fue sólo un saludo, me pidió mi cooperación para que su hermana sea coronada reina de la navidad.

No mames, qué pendejadas son esas; pasó por mi mente. Me explicó que debe vender cierta cantidad de boletos, que será la primera vez que organicen en la escuela de su hermanita un certamen de reina de la navidad. Un montón de tonterías. Cuánto cuesta el boleto, le pregunté. Ella me respondió que 25 pesos. No mames, ni que estuviera cagando dinero, o barriendo billetes, o cortando monedas de un árbol; nuevamente pasó por mi mente. No se lo compré, le dije que me buscara después porque, como venía llegando de la escuela, no tenía dinero.

Me dio tristeza no haberle comprado el boleto. Además pensé: pobrecita de su hermana, tan fea, tan flaca, quién la manda a querer ser reina de la navidad. No pude evitar recordar aquellas fechas en la primaria cuando se organizaban ese tipo de fiestas.

Había reina para celebrar el aniversario de la colonia, donde también se hacían desfiles con carros alegóricos, muestras de gimnasia, tablas rítmicas. También había reina de las fiestas patrias, esto me encantaba porque las reinas eran unas monas de casi 18 años, que se creían las promesas mexicanas para representar a su país en Miss Universo.

El caso es que la coronación de reina que más recuerdo es una en donde me vi involucrado bastantemente. Quise ser la reina, pero no me dejaron. Así que me tuve que consolar con ser el chambelán. Cursaba el segundo año de primaria. Era todo un divo, un caballero, un mono con gracia… obviamente con el tiempo me arruiné.

Y todos los días, cosa que me encantaba mucho porque perdía clases, ensayábamos el mentado vals. Un paso, dos pasos, reverencias, tomar a la reina de la mano, sonreír, una mano atrás, un paso, dos pasos. Todo esto hasta llegar al mini teatro al aire libre de la escuela, subir los escalones de madera, los cuales primero debía de subir la reina, mientras que yo le tomaba de la mano para que no se fuera a caer. Qué risas aquellas.

El día esperado llegó luego de varios repasos de la coreografía del vals, de ponerme unos pantalones casi hasta los pezones, una faja que me apretaba, un moño ridículo, un peinado espantoso como el de Benito Juárez, unos zapatos que… lo lamento, no fueron nuevos, ni los limpié ese día, creo que todavía llevaban algo de polvo

La reina estaba hermosa. Llevaba sus zapatillas blancas, un vestido con crinolina que también tenía algunos brillitos, una capa o algo así de color rojo, pero rojo chillón, espantoso, un peinado como el de Catalina Creel en Cuna de Lobos, unas medias que se le rompieron en el carro alegórico. Y, luego de la coronación, una varita, como la del hada madrina de Cenicienta.

Yo me puse feliz, debo de reconocerlo, anduve mucho, pero mucho muy feliz. Quería que el vals pasara, que la coronación pasara, que los bailes folklóricos pasaran, que las niñas que dirían su poesía sobre la patria pasaran, que los discursos ñoños de los maestros pasaran. Ya quería, pues, salir a la calle en el carro alegórico.

Ahí fue donde se le rompió a la reina una media porque se le rasgó en el carro espantoso que rentaron, de esos que ocupan para trasladar tabiques o arena o cosas así. Luego de que el carro empezara a andar, la reina, con sus princesas*, y por supuesto yo, saludábamos a la gente que nos veía. Sin olvidar, por supuesto, a nuestros familiares que nos tomaban fotos a más no poder, estaban, pues, creo que más emocionados que la propia reina.

A las personas que nos veían les arrojábamos dulces como un gesto de amabilidad. Algo que no me gustó es que yo iba de pie, mientras que la realeza iba sentada. Esa parte si fue fea porque en los topes o en las vueltas de esquina, casi siempre me caía, por más que me agarrara de la silla de plástico forrada con papel terciopelo donde iba sentada la reina.

Todo terminó cuando el carro regresó a la escuela. Ahí nos esperaba una comilona, de esas que sólo en las escuelas saben organizar: tacos dorados de papa o requesón, quesadillas, enchiladas, mole, aguas frescas de jamaica, horchata, limón, plátanos fríos bañados en chocolate. Y otras cosas como cascarones de huevo rellenos de confeti o harina.

*Es de suponerse que las princesas que acompañaban a la reina no eran más que las pobres perdedoras que no lograron vender muchos boletos. Porque así funciona esto, la que venda más boletos, aunque sea la más fea, es la ganadora. Obviamente también las princesas llevaban un vestido más feo, de esos que nadie voltea a ver porque de plano están bien pinches.

11/12/07

Un chicloso recuerdo


Genoveva es el nombre de la maestra que desgració mi infancia. Ella robó mi pureza, hasta la fecha lo sigo recordando. Bueno, creo que exagero un poco, la verdad es que robarme la inocencia o la pureza no fue tanto así, más bien, me hizo vivir una etapa bastante dura, penosa, con miedo… era el mismísimo demonio.

A sus alumnos nos obligaba, dizque por salud e higiene, a llevar siempre las uñas de las manos cortas, el cabello corto, el uniforme escolar impecable, zapatos limpios, dientes limpios, la mochila sin basura. Las mujeres debían de ir muy bien peinadas, sin tanto perfume, con la falda larga. Los hombres peinados como Benito Juárez, sin pulseras ni cadenas, etcétera.

Y aquel que no cumplía con estos requisitos, por supuesto cada lunes, era golpeado severamente en las manos con una regla de madera. Era violencia escolar. Qué duro estaba eso, aparte de la violencia intrafamiliar, uno también tenía que sufrir los madrazos de una vieja que siempre iba encabronada porque su viejo no la satisfacía en la cama, o quién sabe, es lo que supongo. O será masoquista o pedófila masoquista.

Además, si las uñas estaban largas, pues te mandaba a que te las cortaras. Cómo, quién sabe, a ella le valía cominos, cacahuates y hasta madres. Pero tenías que cortarte las uñas, muchos optábamos por pedir en los salones unos cortaúñas, pero nadie llevaba, evidentemente eso estaba prohibido. Así que muchos llevaban limas para las uñas, pero era bastante difícil lograr disminuir el tamaño. Otros se las cortaban con tijeras, mientras que otros preferían morderlas. Era todo un drama.

Si alguien rompía una hoja de su cuaderno, la maestra lo obligaba a que se la comiera, delante de todos. Sabía feo la hoja, a mi me tocó una vez, fue feo, ni salecita le pude poner. Si no hacíamos la tarea, nos sacaba del salón, nos ponía con plumón rojo en el cuaderno un cerote.

Lo más feo es que si alguien llevaba el cabello largo, hablo por supuesto de los hombres, ella mismo se los cortaba, como Dios le diera a entender, pero lo hacía. Muchos padres no decían nada porque como era la maestra, ah, pues entonces ella sabe lo que hace, ella sabe cómo educar.

A mi me pasó algo bastante chistoso, digo eso porque ahora me da risa, pero en su momento fue feo, tormentoso, lloré como Magdalena.

Me encanta el chicle. Desde que tengo memoria siempre lo he mascado, hablo por supuesto del chicle, he probado de todos los sabores, he hecho bombitas para luego tronarlas y que me digan tortillera. Me encanta, es sabroso.

Por cierto, debo aclarar que lo anterior pasó cuando cursaba primero de primaria. Así que era joven, bello ¿o bestia? e inocente. Era la hora de la entrada, como la una de la tarde pues. Antes de poder pasar al salón la maestra siempre se paraba frente a la puerta para que nadie entrara con comida, nos revisaba, nos toqueteaba la perversa. La tonta no revisaba la mochila, sólo nuestros bolsillos de camisa o pantalón.

Después de que entré y me senté en mi lugar, saqué de mi mochila unos chicles Clorets, entonces mi compañera de junto, a la cual todavía aborrezco, me observó. Yo mascaba el chicle bien feliz, nadie más lo hacía. Yo sí, lo hacía con disimulo, tratando de que la maestra no lo notara. Pero entonces la chismosa de mi compañera abrió su grandísima boca.

No vale la pena mencionar lo que dijo, pero el caso es que la maestra me gritó. Me dijo que no estaba permitido mascar chicle en clases, que me acercara a ella, que abriera la boca. Y sí, me lo sacó, hablo por supuesto del chicle, todito, sin vergüenza sacó la goma verde de mi boquita. Y les dijo a todos que no quería ver a nadie mascando chicle porque sino les pasaría lo que a mi.

¿Qué me pasó? Pues la condenada maestra me lo pegó en los cabellos, casi por la frente. Y me dijo que no me lo quitara, que así estaría toda la clase. Era de esperarse que mis compañeros se rieran a carcajadas. Antes del recreo traté de quitármelo, pero la chismosa de mi compañera le avisaba a la maestra. Así que la maestra me dijo que me sentara a su lado, para que me vigilara de cerca.

Cuando el recreo llegó, me daba pena salir del salón. Obviamente se burlarían de mí. Afortunadamente una prima estudiaba ahí mismo el sexto grado. Llorando fui a su salón, le dije lo que la maestra hizo, pero mi prima no hizo nada más que tratar de quitarme el chicle. Le dije que no lo hiciera porque la maestra me regañaría. Seguía llorando, me daba pena, me sentía mal. Lo único que deseaba era llegar a mi casa.

Eso pasó hasta las seis de la tarde. La maestra me regañó porque lloraba. Y me dijo que a los niños desobedientes siempre se les castiga. Cuando salí de la escuela me fui casi corriendo a la casa. Mi papá me vio llegar al lado de mi prima. Y notó que lloraba mientras me tapaba la frente. Le conté lo que pasó. Así que no dudó en ir a reclamarle a la maestra. Le dijo que eso no se hacía, que ahora, por su culpa, me tendrían que cortar el cabello. Lloré mucho, me daba pena.

Y sólo cursé el primer año en esa escuela. Luego me cambiaron a otra, donde me trataban mejor. Ja. Ahora me da risa eso, pero fue algo penoso. Y debo reconocer que no se me quita la costumbre de mascar chicle.

10/12/07

Lo que pasa cuando sucede


La noche del sábado había llovido con tremendo ímpetu que al día siguiente, en domingo, el despertar fue algo tan delicioso. Mi desesperación por hacer la crónica judicial carcomía lentamente los minutos del reloj. Luego de que las viejas bocinas Aiwa del estéreo dispararan la melodiosa voz de Andrea Bocelli, mis ojos se abrieron. Al mirar al techo pude notar que ahí estaba mi atrapasueños (un objeto hecho con un aro como base, con una red en el centro y decorado con plumas) que hace más de dos años compré en una tienda de curiosidades. Mientras miraba el techo, mis labios coreaban tímidamente la canción que me había despertado, Cuando me enamoro. Antes de llegar al coro de la canción recordé que eran tan sólo las seis de la mañana y que mi mamá me había advertido, noches atrás, que no volviera a programar el estéreo a esa hora porque desvelaba a mi papá, así que de inmediato lo apagué.

Más tarde, después de haberme salido de entre las sábanas de ositos con carriolas que mi mamá colocó en mi cama, con las cuales me cubro el frío, y después de las diez de la mañana, cuando mi estómago había recibido pan tostado con mermelada y un vaso de leche caliente, supe que era momento de dirigirme con quien me contaría algunas situaciones de su trabajo: una mujer policía.

Lo malo de esto es que no había programado nada. Ni siquiera había visto a Eugenia, mi vecina policía del gobierno. En la tienda, mientras atendía a la gente, no dejaba de mirar hacia lo que antes era la vía. Pues es que ella vive donde cientos de personas se asentaron ante la falta de un terreno donde vivir. A la familia de Eugenia, los de la colonia la conocen con un peculiar apodo: las mazorcas. Hasta la fecha me sigo preguntando por qué.

–Creo que no está La mazorca– le dije a mi papá, que hojeaba una revista que los Testigos de Jehová nos acaban de dar; después de leernos algunos pasajes de la Biblia e invitarnos a las reuniones que hacen todos los jueves y domingos por las tardes.

– ¿Para qué la quieres?– contestó mi papá. A lo que inmediatamente respondí que tenía que hacer una crónica sobre su trabajo. Odiaba que el reloj avanzara. Mis manos querían jalarme los cabellos de la desesperación de ver a otras personas llegar a la tienda, pero ninguna era a quien estaba esperando. Y lo peor era que tan sólo estaba a unos cuantos pasos de ella.

–Ve a hablarle– sugirió mi papá. Pero no dije nada. Lo ignoré. Estaba seguro que ella tenía que ir. El sábado había pagado la cuenta a mi papá, así que este día, el domingo, tal vez pediría más cosas fiadas. Pero tan sólo eran presunciones que se desvanecían en cuanto aparecían por mi mente. Ya era casi la una de la tarde. Aún no la había visto. Y entonces se me ocurrió algo: sacar el montón de periódicos que tenía acumulados en mi cuarto desde hace muchos meses. Mis papás me habían regañado bastantes veces porque, de hecho, el mueble donde tengo mi ropa se rompió un poco por el pesor de decenas de periódicos. Al estar en mi cuarto, la nostalgia entró también. No quería tirarlos, no sé qué, pero significaban algo para mí. Pero tuve que hacerlo, saqué por montón los periódicos aventándolos del segundo piso. El sonido fue feo. Pero fue más feo lo que mi mamá me dijo: – ¿Bueno a ti qué te pasa, estás idiota o qué? Preferí no contestarle. En un carrito llevé “Al mazorca”, o sea al papá de Eugenia, los periódicos y pregunté por su hija. – ¿Cuál de todas?– Contestó. –Eugenia– respondí.

–Todavía está durmiendo– me contestó, mientras acomodaba los periódicos en una tarima de madera. Por cierto, mientras el señor se movía acomodando los periódicos, provocaba que el olor a cigarro, impregnado en su ropa, se despegara un poco para rondar por mi nariz.
–Gracias– le dije. Y me fui a la tienda.

Minutos después, Eugenia se presentó en la tienda.

Ella es de estatura baja. Complexión robusta. Ella es toda una basta. O sea, una persona tosca, grosera, sin pulimento, como reza en el diccionario. La mujer no es agraciada, pero en ocasiones algunos hombres la miran por el tamaño de su busto. Tiene tremendos chichones, dicen algunos.
–Me dijo mi papá que preguntaste por mí– expresó ella. Pero seguía mirándola. Y es que había planeado, eso sí, contar en la crónica sobre cómo era ella físicamente. Y lo que mencioné anteriormente fue lo que pasaba por mi mente cuando la vi entrar a la tienda.

Después de respirar profundamente algunos segundos le conté sobre mi tarea. Ella, ante las explicaciones, siempre contestaba: pero como qué, pero como qué, pero como que. Hasta que accedió a contarme sobre su trabajo.

Durante la conversación quise ser del todo profesional. No pude dejar de bostezar. Además de que no me permitió grabarla porque le daba pena, tampoco me permitió mencionar el nombre de sus colegas, porque según ella, los puedo comprometer. Pero le reiteré varias veces que esto tan sólo era una tarea.

Hubiera preferido contar desde el principio alguna súper aventura que la mujer policía vivió, pero sus comentarios eran fútiles, triviales. No paraba de caer en contradicciones. Aunque le ponía cara de asombro, acompañada de comentarios como ¿Apoco? ¿Enserio? ¿De veras? ¿No?, ella seguía vanagloriándose. Yo la interrumpía constantemente porque siempre me dejaba a medias las cosas. Primero me contaba sobre cómo detuvieron a un narcomenudista, pero luego estaba en que por las noches siempre detienen, en flagrante, a robacoches. Me hablaba de sus primeros días como policía pero se saltaba a fechas recientes.

Luego le pregunté si ella había golpeado o robado a un hombre o mujer que hubiese detenido desde que trabaja como policía. Y su semblante cambió. –Pérame tantito– me dijo, se dirigía a su casa. Por mi mente pasaba lo peor. Supuse que fue por su macana, por su arma o por su gas lacrimógeno para propinarme una madriza por haber preguntado esa tontería. Y le dije a mi papá. Él, únicamente rió. Luego pude ver que Eugenia venía con su esposo. Mis temores aumentaron. –Cómo ves César, me pregunta el hijo de don Rogelio que si alguna vez he robado o madreado a un detenido– le dijo Eugenia su esposo.

El señor, algo tímido contestó que sí. Que todos los policías alguna vez han robado a un detenido. –Claro, nosotros no porque no tenemos ninguna necesidad– se justificó. Pero debo reconocer que golpear a un detenido se hace siempre que se pone roñoso.

–Ahhh– fue lo único que atiné a decir. Luego se tomaron de la mano y me dijeron que tenían que salir, que si me podían ayudar en algo más. Les contesté que sí, que me interesaba saber más sobre esos tipos que se ponen difíciles ante un arresto.

–Ve a la comandancia, allá saben más esas cosas– me dijo Eugenia.

Y todo había terminado. Luego vinieron los arrepentimientos por no haber preguntado esto, aquello, o tal vez eso que había pensado días antes. Pero ya era de noche, tenía frío, frío tenía, mañana sería otro día.

09/12/07

No existe nada más que decir


De las cartas que no tienen destinatario

Siempre me preguntas que si te quiero, que si te amo, que si te deseo, que si me gusta reír contigo, que si adoro las mañanas cuando despertamos juntos, que si me excitas, que si me gusta ver películas junto a ti, que si te extraño cuando no estás cerca de mi, que si me gusta abrazarte, que si sueño contigo, que si pienso en ti, que si me hacen llorar las cartas efusivas de amor que me escribes, que si mi corazón late más fuerte cuando te veo, que si me gusta bailar contigo, que si me gusta platicar contigo de lo mucho que nos amamos, que si les hablo a los demás de ti con ese brillo en los ojos, que si me gustan tus besos, que si me gustan tus caricias, que si me gustan los regalos que me das, que si eres lo que esperaba, que si permaneceré contigo por siempre, que si caminaremos juntos al día siguiente, que si me gusta ese lunar que tienes en la espalda…

Siempre me preguntas eso. Lamento nunca contestarte. Perdóname por no decirte que sí a todo eso. Pero sabes que no hace falta, sabes que eres mi mundo ahora, que todo lo que me preguntas siempre será contestado con un sincero “sí, te amo”, pero será a nuestra manera.

Amor, quiero contarte la verdad. No quiero que pienses mal de mí, tampoco puedo permitir que te alejes de mí, sólo porque nunca te he contestado con palabras, por eso quiero decirte la verdad.

Cuando estamos juntos, con la luna como testigo fiel, siempre te contesto todo eso que me preguntas. Cierra tus ojitos bebé, ciérralos que te quiero besar. Qué cálido es tu aliento, qué delicia tu boca. Abrázame como lo hago yo. Quiéreme al mismo tiempo que te quiero. Llora conmigo, ríe conmigo, sueña conmigo. Cierra tus ojitos bebé, ciérralos que quiero volar, dame tus manos, acaricia mi cuerpo, escucha mi corazón; ahora late más fuerte que antes de conocerte.

No me preguntes nada. Debes saber que te quiero al igual que tú me quieres, que te adoro como tú lo haces, que no hace falta preguntar cuando nos tenemos cerca, cuando nos besamos toda la noche sin parar. No hace falta preguntar porque contigo amanezco, porque después de un sueño fantástico vuelvo a la realidad: tú estás aquí conmigo, queriéndome más que a nada. Tú me tienes, amándote más que a nada.


Te advierto que cuando vuelvas a preguntar que si te quiero o que si te amo, no lo pensaré tres veces, ni dos, ni una, simplemente no lo pensaré… iré hacia ti a besarte, a abrazarte, a que me veas en mis ojos, a que sepas que todo esto es verdad: te amo, no existe nada más que decir.

08/12/07

Lágrimas con sabor a jugo de uva


Maximiliano llora cada vez que recuerda este pasaje de su vida. Los ojos se le nublan lo suficiente para estallar en lágrimas.

Ya era de noche, Maximiliano jugaba Nintendo en su habitación, la misma que compartía con su hermano; a ese que admiraba cuando era pequeño, al que todos felicitaban en la escuela por su excelente desempeño.

Como Maximiliano es medio mamoncito, siempre tomaba jugo de uva, pero lo servía en una copa de cristal que le habían regalado a su mamá. Así que en ocasiones se paraba frente a la ventana simulando que tomaba vino tinto, le encantaba ver la cara de las personas cuando veían que él tomaba un líquido morado. Es medio fufurufo, pues, el tal Maximiliano.

El hermano de Maximiliano, Mario, llegó algo raro esa noche.; se tomó todo el jugo de uva, se puso a jugar Nintendo: entiéndase que hizo a un lado al pobre de Maximiliano. Y le dijo que cerrara la puerta para que su mamá no molestara.

Pero antes de eso, la mamá de ambos llegó. Le pidió explicaciones a Mario del por qué llegó noche. Le dijo que le mostrara la lengua, que quería ver si también se había hecho una perforación en la lengua al igual que el tal Pedro.

Como Mario se resistió, la mamá le advirtió que le diría al papá. Pero antes de que esto pasara, el papá llegó. Ante todo esto, Maximiliano se metió bajo las cobijas de su cama, no quería ver a sus papás discutir con su hermano, aunque debo decir que debajo de las cobijas, naturalmente, sí se puede escuchar. La mamá se retiró, dejó al papá para que se hiciera cargo de la situación.

Y el papá comenzó a hablar con Mario. Maximiliano llora cada vez que recuerda este pasaje de su vida. Los ojos se le nublan lo suficiente para estallar en lágrimas.

– ¿Te hiciste una perforación en la lengua, verdad?– dijo el papá.
Silencio, aunque no total. Sólo se escuchaba el sonido de los monitos del videojuego. Como el papá no obtuvo respuestas ante las bastantes veces que preguntó a su hijo Mario si se había hecho una perforación, optó por acercarse a su hijo para tratar de abrirle la boca y averiguar, por su cuenta, si su hijo tenía una pieza de metal en su lengua. O sea que se cansó de preguntar.

Ante los forcejeos, el papá logró descubrir que sí, que efectivamente su hijo tenía un aretito en la lengua.

Y entonces volvió a hablar. Maximiliano llora cada vez que recuerda este pasaje de su vida. Los ojos se le nublan lo suficiente para estallar en lágrimas.

–No puedo creer que a tu edad (18 años) ya quieras hacer con tu cuerpo lo que quieras. Sé que es tu vida, pero debes de saber y entender que esas cosas son muy feas, son peligrosas, qué tal si se te infecta la boca por andar haciendo eso. Me has decepcionado, no puedo creerlo. Tú, el único hijo a quien quiero, al que siempre le he dado todo, del único que me siento orgulloso. Sabes que te quiero más que a los demás*, eres al que más quiero. No hagas esas cosas sólo porque otros lo hacen. Quítatelo.

Maximiliano llora cada vez que recuerda este pasaje de su vida. Los ojos se le nublan lo suficiente para estallar en lágrimas. Y sí, Maximiliano escuchó todo. No lo podía creer. Esas palabras tan dolorosas le derribaron su mundo, le desvanecieron sus buenos pensamientos, su amor total hacia su padre. Quién era entonces Maximiliano, qué hacía en la casa, por qué un papá puede querer más a un hijo. Eran preguntas que el pobre joven no se podía responder. Lo único que hizo fue levantarse de la cama, tomar todo el jugo de uva que pudo. Volvió a la cama e imaginó que todo era un sueño.

Pero todavía Maximiliano llora cada vez que recuerda este pasaje de su vida. Los ojos se le nublan lo suficiente para estallar en lágrimas. Ya todo ha pasado. Sabe que en este mundo existen personas buenas que lo necesitan, así como él necesita a personas buenas.

*Es que Maximiliano tiene otros/as tres hermanos/as.

07/12/07

El eterno conquistador enamorado


Ismael es un señor grande, tiene 48 años. Pero también es pequeño, mide 1.40 metros. Está rengo, huele mal, siempre lleva puesta una gorra roja, que más bien está bastante negra a causa de la suciedad. No tiene hijos, o sea que no es casado. Tampoco tiene novia, pero tampoco es homosexual, o eso dice él. Se ríe mucho, come poco. Lo he visto comprar apenas algunos gramos de chorizo cada fin de semana, pero eso sí, siempre lleva en la mano una botella con refresco, de esos llamados Jarritos, qué buenos son.

Dice que ha tenido un chingo de novias. Presume que las ha conquistado gracias a su mirada que las vuelve locas. Aunque más bien creo que aquellas que han estado con él son unas malditas locas. Y no es por criticar, pero esas historias que cuenta Ismael están demasiado exageradas, como quien dice, le pone mucha crema a sus tacos de papa.

Y es que Ismael es un eterno enamorado que siempre se le lanza a cualquier tipa que se encuentra en el camino. Cree que con invitarles un refresco ellas aceptarán ser su novia, sólo eso, porque Ismael no quiere compromisos, dice que no es de nadie, que para todas habrá un poco de su cariño.

Lo malo es que Ismael se irrita fácilmente. No aguanta “vara” pues. Si alguna mujer se siente bastante acosada por él, evidentemente que responderá verbalmente, sino es que físicamente, entonces, pues el pobre de Ismael no se aguanta, se siente ofendido, hace berrinches, hasta les aplica la famosa ley del hielo; no les vuelve a dirigir la palabra, bueno, les habla hasta que se le pasa el coraje, esto es como unos seis meses, o 12 meses, 0 un año quizá, aunque también lo ha hecho por más de 3 años, o de plano no les habla más… lastimaron su corazoncito.

Le han pasado muchas cosas al enamoradizo Ismael. Una vez trató de conquistar a la vendedora de chicharrones de su colonia. Todas las noches Ismael se compraba un elote, porque la señora también vendía elotes, esquites, gorditas, quesadillas y otras fritangas. Esa era su oportunidad para hacerle la plática. Y el canijo lo lograba, arrancaba risas a la señora, le alegraba la noche, era una buena compañía pues. Pero quién sabe qué le propuso alguna vez Ismael a la señora, que por cierto se llama Florentina, que hasta el hijo de ésta lo corrió a patadas, lo insultó, le dijo que no se volviera a parar ahí porque entonces le rompería su mandarina en gajos. Ismael, claro está, no volvió.

Pero sí volvió a tratar de enamorar a otra señora. Esta vez quiso probar suerte con doña Sele, Selene pues, una vendedora ambulante de flores. Todas las mañanas le invitaba un refresco para acompañar el almuerzo. Nunca faltaba, siempre estaba ahí. Al igual que con Florentina, el señor sabía bien cómo hacerlas reír, quién sabe qué historias les contaba, pero las señoras siempre estaban contentas. Hasta que pasó lo inevitable; algo hizo enojar a doña Sele que tuvo que aventarle agua, lo corrió, no sin antes insultarlo, como Ismael está rengo, camina lento, así que mientras hacía esto, escuchaba la voz de la señora diciéndole: pinche cabrón caliente, no creas que con una pinche coca ya te voy a dar las nalgas, estás pero si bien pendejo, órale, a la chingada.

Pobre Ismael, unos decían que le gusta la mala vida, que le gusta que le griten, que le peguen, que así se siente más rico, pero quién sabe qué cosas pasaban en la mente del señor enamorado.

Un día llegó a la colonia una señora que vendía ropa. Puso su bazar en un pequeño local que consiguió. Claro está que Ismael llegó ahí para preguntar por la ropa, pero más que eso, quería conocer a la señora, que por cierto se llama Toña, Antonia pues. Igualmente le invitó un refresco. Ismael se dio cuenta de que muchos señores se detenían en el bazar a preguntar por la ropa, pero también a platicar con Toña, que por cierto también era bastante guapa, o más bien, como dicen por ahí, de ojo alegre, unos dicen que era una cantinera, así que tenía la experiencia; otros decían que en sus tiempos de juventud bailaba con Tongolele, o con Irma Serrano, o con Lyn May. Quién sabe.

El caso es que Ismael sembró muchas esperanzas en Toña. Pero pronto se desvanecieron como tablilla de chocolate en leche caliente. Sin prolongármela más, quiero decir que un día Toña estaba almorzando unas deliciosas enchiladas de mole. Entonces Ismael llegó, como se dio cuenta de que su amor platónico comía, fue a la tienda para comprarle un refresco. Pensaba que así se la ganaría más rápido.

Cuando compró el refresco, Ismael se dirigió los más rápido que pudo al bazar de Toña, no olvidemos que está rengo, así que no puede caminar velozmente. La señora, vedette para algunos, le agradeció mucho ese detalle. Pero cuando notó que Ismael se sentaba en un banquito, ella le dijo: No, vete, es que hueles feo, no ves que estoy comiendo, ándale, por favor, vete, me va a dar asco.

E Ismael se fue. Obvio que se enojó, unos dicen que se fue a bañar, porque sí olía mal; otros dicen que le quitó el refresco a Toña; otros más dicen que dejó de andar invitando tantos refrescos y mejor se compró un perfume, de esos que venden en Avón; otros dicen lo mismo que los primeros, que Ismael se fue a bañar.

Quién sabe, el caso es que no deja de ser un conquistador enamorado.

06/12/07

Es que estaba cansado


Bajo las escaleras lo más rápido posible, es tarde, me molesta la noche. Camino por el suelo empedrado. Veo, al final del camino, una gran puerta para salir, un taxi pasa.

– ¡Maldición!, debí apurarme – me digo enojado. Continúo el camino. Oigo el pitido de un auto. Se ha regresado, el policía me pregunta si quiero taxi. Sí, contesto deprisa. Las gotas de agua comienzan a caer sobre mi abultado cuerpo. Abro la puerta trasera del taxi. Le indico el destino, acelera y nos vamos.

– ¡Buenas noches joven! – saluda el taxista amablemente.
– ¡Buenas! – contesto.
– ¿Ya a descansar mi cuate? – pregunta el taxista, tratando de no mantener un horrible silencio, como si de verdad le interesara mi rutina.
–Sí, por fin a descansar después de la escuela– contesto, disimulando seriedad.

Pasan unos minutos, el taxista enciende el estéreo, música de amor se escucha desde unas bocinas roncas. Después, el taxista baja el volumen.

–Si le molesta la música dígame para que la cambie– expresa el conductor. Tal vez vio mi cara, como de sufrimiento.

No, así está bien– le digo, mientras bajo el cristal. Deseo aire fresco y unas gotas de agua que me peguen en la cara.

–Lo que pasa es que estoy sufriendo de amor, mi vieja me ha dejado, dice que porque siempre llego tarde a la casa, que nada más ando paseando el viejo taxi, o sea pues, que no me importa ella, siempre me reclama– son las palabras que sorpresivamente emergen de su boca bigotona.

Me quedo más serio de lo habitual, más calmado, no sé qué decirle. Deseo que el trayecto termine, no me gusta platicar con los taxistas, no sé, me siento raro.

–Pues qué mal– es lo único que puedo decir, me da pena decirle que… ¿lamento mucho su situación?, no sé, nuevamente no sé.

–Bueno joven, perdón por decir esas cosas, pero pues a veces a los taxistas nos gusta platicar con los pasajeros para no sentirnos extraños, lo somos, pero al menos aleja un poco el silencio, ¿no cree? – me lo dice, volteando a verme.

–Sí, pero cada quien sus cosas– le contesto, tajante.

–Por favor, donde está el segundo poste, el de la lámpara, ahí está bien, ¿cuánto es?– le digo al señor.

–35 pesos, que tenga buena noche joven –me dice el taxista.

Yo, salgo del taxi, cierro la puerta y me voy a mi casa.

05/12/07

Recordando a Piloncilla


Siempre he creído que la época decembrina es nostálgica. Aunque muchas personas te demuestren cariño, siempre existe algo que te arranca las lágrimas. Así que una vez más quiero recordar a mi primera mascota: una coneja grisácea con algunas manchitas de color café.

El año no lo recuerdo con exactitud. Lo que sí sé es que estaba cursando otro ciclo más en la secundaria. Era diciembre, así que no podía evitarse un intercambio de regalos entre los compañeros del salón. Como es bien sabido, se hizo un sorteo con papelitos que tenían escrito el nombre de la persona a quien le darías un obsequio. La regla era no decir ese nombre para que todo fuera una mega sorpresa; pero pues nadie respeta las reglas, así que todos supimos quién le daría regalo a quién.

El asunto es que, cuando el día del intercambio llegó, todos estábamos emocionadísimos por los regalos. Obviamente esperábamos algo chidísimo, algo así que pudiéramos presumir con los demás.

Araceli, quien me daría el regalo, se acercó a mí. No pude evitar dirigir la mirada hacia sus manos: no traía nada, ni una bolsa clásica de regalo, ni una caja… pensé que me daría un abrazo o que me desearía buenos tiempos para mi familia. ¡Pinche jodida, pensé! Pero la compañera se acercó a mí para preguntarme si en mi casa me permitían tener mascotas.

Mis papás siempre nos han dicho que tener una mascota en la casa implica necesidades, responsabilidad, atención, cuidado, limpieza, además de que suficiente tienen con nosotros (sus hijos) como para tener más animales en la casa. Por la mente me pasó esto, así que me daba pena contárselo a Araceli, pero inmediatamente pensé que si ella me regalaría una mascota, al llevarla a casa mis papás no tendrían más opción que aceptarla.

Y le dije a Araceli que sí, que sí me dejaban tener mascotas en la casa. Y entonces me respondió que iría a su casa por una coneja que me quería regalar. Yo me emocioné mucho, pero me puse algo nervioso porque no sabía cómo llevar la coneja a mi casa: cargando, en una bolsa, con una correa. Afortunadamente Araceli me la llevó en una caja.

Ya en mi casa, después de algunos días, seguía todavía emocionado porque la coneja era mi adoración. No sabía qué nombre ponerle. Busqué en libros de historia, en enciclopedias, pero no había un nombre que me convenciera lo suficiente. Yo quería que la coneja tuviera un nombre, pero no sabía cuál.

Como era diciembre, una vecina les obsequió a mis papás una jarra con atole que ella había preparado. Al llegar a la tienda les dijo: Aquí les traigo este atole que preparé, nomás que no tengo panocha, así que hay le ponen azúcar ustedes.

Panocha, ¿qué es la panocha? No sabía, mi inocencia no entendía esa palabra. Pero resulta que al piloncillo (azúcar morena que se vende en panes cónicos) en algunos lugares también se le conoce como panocha, pero resulta que panocha también se le nombra a la vulva de la mujer.

Así que le puse Piloncilla a la coneja; esto porque tenía algunas manchitas de color café, como el piloncillo o la panocha. Luego de bautizarla con ese peculiar nombre, me sentía completo: tenía una mascota con su propio nombre, así que podía enseñársela a mis vecinos para que la conocieran.

Pero mi Panocha era bastante juguetona, todos los días la sacábamos de su casita para que corriera por todos los lugares de la casa. La Piloncilla andaba de arriba para abajo, me emocionaba mucho cuando corría junto a ella. A veces la Panocha se escondía, no la podía encontrar, pero descubrí que siempre se metía debajo de la cama. Mi mamá a veces bañaba a Panocha porque se mojaba con sus propios orines.

A mi me daba sentimiento verla temblar de frío. Pensaba: pobre Piloncilla, ha de tener mucho frío. Pero mi mamá la consentía, se creía dueña de mi Panocha, hasta la secaba bien, la peinaba, le daba de comer su alfalfa.

A veces Piloncilla se escapaba de la casa, más bien, se salía porque dejábamos la puerta de la calle abierta, por lo que luego les preguntaba a los vecinos si no habían visto a mi Panocha, una conejita grisácea con manchitas de color café.

Y los vecinos nos decían que sí, que estaba debajo de algunos carros. Yo sacaba a Piloncilla, porque hasta eso, me conocía bien. O sea que sí era inteligente, sabía bien quién era su papá.

Un día, luego de la escuela, me topé con la triste noticia de que mi Piloncilla no estaba. Pude ver su casita abierta, pensé que estaba jugando, pero cuando fui al refrigerador por alfalfa noté que no había nada de ésta. Y sí, lloré, recordé que mi mamá me dijo que la iban a regalar porque la Panocha se había vuelto sucia; que se orinaba donde sea, se subía a las camas a orinarse, tiraba las cosas de los muebles bajos.

Lloré por mi Piloncilla. La extrañé mucho, me enojé con mis papás, les dije que no era justo lo que habían hecho. Lloré todavía más, me habían quitado a mi mascota, a mi Panocha. Ella me daba alegría, mi mascotita linda.

Pero me resigné. Ya no estaba ella en casa. Ya no la vería nunca. Y sólo rogaba porque estuviera bien, porque siguiera corriendo por algún jardín, deseaba que las personas que la tuvieran no se comieran a mi Panocha.

Luego me enteré que unos vecinos la tenían, porque ellos sí tienen jardín grande, con pastito. Y a veces la iba a ver, aunque por fuera de la casa, corriendo por el jardín, qué feliz se veía Piloncilla.

04/12/07

Las pachangas en Xoxocotla


Xoxocotla es una localidad perteneciente al municipio de Puente de Ixtla, que está ubicado al suroeste de Morelos. Aproximadamente son cerca de 55 kilómetros lejos de Cuernavaca, la capital morelense.

Hubiera podido mencionar en los siguientes renglones las actividades productivas o económicas de la localidad de Xoxocotla, así como su clima, el calor "hospitalario" de su gente, cómo son sus casas, sus calles, sus escuelas, pero no quiero. Prefiero dedicar especial atención a un asunto que a muchos nos agrada, sobre todo cuando somos los invitados: las pachangas. O fiestas, si se quiere decir con más estilo.

Cuando era joven e inocente las fiestas me daban igual si fueran en la loma o en una ciudad modernizada. Ahora que los años que llevo son muchos, pongo puntual atención en lo que en las fiestas acontece. Y no es que sea un criticón, mucho menos una víbora, es decir, una persona con malas intenciones. Simple, sencilla e indiscutiblemente es que existen lugares en donde te sirven de comer hasta de a dos veces sin siquiera preguntarte.

Tuve la agradable suerte de acudir a una fiesta en la localidad de Xoxocotla. Debo de confesar que cuando le dije a mi papá esto, ni tarde ni perezoso me advirtió que anduviera con mucho cuidado por allá, con eso de que en las noticias dicen que la gente xoxocotlense es de armas tomar. Pero eso no me importaba. De hecho ni almorcé en la mañana porque quería más espacio en mi estómago para la suculenta comida que darían en la fiesta.

Al llegar a Xoxocotla inmediatamente me sentí transportado a la tierra de mis abuelos; Chilpancingo, Guerrero. Ese peculiar olor a tierra seca combinada con otros olores no muy agradables me resultaba familiar. Las casas precarias ubicadas alrededor brindaban una especie de seguridad en mi persona.

Adivinen cómo supe dónde era la casa que albergaría una fiesta. Había globos en la entrada. Efectivamente, había globos en la entrada junto con un letrero de “felicidades”. Además de que se escuchaba un poco de música en el lugar. Es que apenas estaban probando el audio.

Olía a comida. Se presentía la diversión. Las anfitrionas apenas preparaban la comida. Poco a poco las personas iban llegando. Puedes darte cuenta inmediatamente que acuden a la fiesta porque llevan sus mejores galas, igualmente llevan en la mano las bolsas de los regalos. Los festejados resaltan porque su ropa huele a nuevo. Porque sus caras brillan de felicidad. Porque se quedan quietos cuando los invitados llegan.

Y el lugar de la fiesta se va llenando poco a poco. Comienzan a verse las manos empinando una botellita de cerveza. La comida empieza a ser servida. Ese clásico plato de tres divisiones no podía faltar. Un lugar es para el arroz, otro para los frijolitos, mientras que el más largo es para la comida principal, la carne. Qué delicia. Era barbacoa de chivo bañada con adobo; además de pancita de chivo. El montón de tortillas poco a poco fue disminuyendo. Una mordida al taco, otra mordida al chile, jalapeño, aclaro. Otra mordida al taco, un trago de refresco, o uno de cerveza. Y todos mordían, masticaban los tacos con mucha hambre. Los murmullos se escuchaban. Los niños festejados se salían a la calle. Otros andaban jugando tazos.

Lo bueno de estas fiestas es que existe mucha cordialidad. Inmediatamente te acabas el plato te ofrecen más. Y aquí me asalta la duda. Será realmente que quieren ofrecer más comida o de antemano saben que dirás: “no, gracias, así está bien”. Aunque lo mejor es que les puedes salir con una súper jugada, al decirles que tu abuela, tu mamá o tu hermana no pudieron ir pero mandan a decir que si por favor les pueden enviar un platito de comida nada más. Siempre funciona. Neta que sí.

Cuando alguien va a una fiesta sabe que encontrará ahí a conocidos. También a uno que otro extraño, pero eso no le importa. Y cuando la confianza en la fiesta está por los topes es cuando comienza el bailongo. Lo más emocionante es que aquí no escucharemos música de Madonna o Britney Spears. Aquí se baila la del moño colorado. Y se corea alguna que otra canción de los Tigres del Norte. Nadie se apena, se goza libremente. Se está pues en confianza.

Aquí nadie se pelea, se chupa tranquilo. Poco a poco la noche va cayendo sobre Xoxocotla. El frío se siente. El calorcito de la gente puede arroparte por algunos momentos, pero el frío se sigue sintiendo. Las fiestas de pueblo son más amenas que las de la ciudad. En las primeras no se escatima en la comida. En la segunda no se escatima en los adornos. En la primera importa más la atención, mientras que en la segunda importa más cómo lucir las nalgas.

En la primera no dan invitaciones, puedes ir con tantas personas como tú quieras, al fin que la comida alcanzará. Pero en la segunda únicamente debes llevar a las personas que marca el pase, eso para evitar las trifulcas. Qué cosas pues. En la primera puedes tomar cerveza o tequila, pero en la segunda hacen toda una bola de menjunjes que sabe a muchas cosas a la vez.

Por eso digo que las fiestas de pueblo son más chidas.

03/12/07

El pan de todos los días


El pequeño reloj despertador que está al lado de mi cama suena débilmente pero lo puedo escuchar. De repente, las viejas bocinas Aiwa que están sobre el suelo de mi habitación disparan una melodiosa canción para mis oídos. “Amapola, lindísima amapola, será siempre mi alma tuya sola, yo te quiero, amada niña mía, igual que ama la flor la luz del día”. Es Andrea Bocelli, a quien mis labios le hacen coro silenciosamente. Y es que no quiero cantar fuerte porque me da pena.

Ya son las ocho en punto. Entonces me levanto de mi cama, quito las colchas de ositos con carriolas que usé durante la noche para apaciguar un poco el frío. Bajo el volumen de la música y me dirijo al baño. Lo que a continuación sucede es algo tan ordinario que todos hemos hecho no una, sino miles de veces, a lo largo de nuestra vida. El simple hecho de detallar los sonidos, los gestos o hasta los olores que ahí se desataron sería un poco absurdo.

Sólo diré que moví mi mano de arriba para abajo y a los lados, hasta que me di cuenta que me había embarrado un poco. Y es que la pasta triple acción de Colgate es verdosa, no me gusta, pero la tengo que usar para lavarme los dientes, el mal olor de boca es algo que no se puede permitir uno, sobre todo cuando se habla frente a los demás. Así que me enjuago la boca, lavo mi cara, peino mi cabello y salgo del baño a ordenar mi cuarto.

Hacerlo es sólo una pequeña rutina que no toma más de diez minutos, las colchas de ositos y la de elefante deben estar bien puestas. De la mesa debo recoger los vasos de agua, las botellas o algún otro traste que usé durante la noche. Me da tanta sed. El periódico debe ponerse en su lugar, junto a los demás y listo. Apago el estéreo y salgo de mi cuarto.

Cuando bajo las escaleras oigo las voces de mi mamá y mi hermana. Siempre andan discutiendo. Mi mamá Liliana regaña a mi hermana Yuliana de que no come lo suficiente para poder tener leche en los pechos y así amamantar a su pequeño hijo. Gritos, lloriqueos de bebé, trastes, licuadora, son parte de escenas que con frecuencia se repiten en mi casa. Pero no me importa, así que me paso como si ellas no estuvieran ahí. Luego sólo escucho el sonido de la puerta al cerrar.

Para llegar a la tienda tengo que caminar un poco. Aproximadamente unos 50 metros, tal vez menos, no lo sé con exactitud. Pero en ese pequeño trayecto siempre veo a las mismas señoras de siempre. Por una parte sé que son mis vecinas, así que las tengo que ver diariamente. Pero el hecho es que la mayoría de señoras confluyen en un mismo sitio: una casa color marrón con portón café. La razón es algo simple, insignificante; ahí es la sede de un club nutricional, de tantos que hay de Herbalife. Así que de las nueve a las diez de la mañana lo que por ahí se mueve son señoras que sostienen en sus manos un vaso con un popote y ellas, bien felices, moviendo su cuerpo, sintiendo que los kilos de más se han ido de paseo gracias a las milagrosas malteadas.

Ya en la tienda, veo que mi papá está viendo las noticias, o lo que es la parte final de ellas, porque puedo jurar que siempre llego cuando empieza el programa Hoy, y es en ese momento cuando mi papá se levanta de la silla, apaga la tele y empieza el ajetreo. A veces creo que lo hace intencionalmente para que yo no me siente a leer el periódico y no haga nada. Como es lunes, a mi papá le preocupa tanto el hecho de juntar algo de dinero o de tener altísimas ventas, para poder así comprar más durante la semana, porque el domingo se acabó prácticamente todo. Y empieza a mover cajas, acomodar refrescos, ver qué hace falta de productos. Lo mismo de siempre pues.

Estar detrás de un mostrador de tienda es algo tan singular. No es algo que uno quisiera hacer diario, pero es el negocio de la familia. Ahí pasan tantas cosas. Puedo decir que se han caído personas, se les han caído los huevos, los refrescos, los jugos. Mamás han cacheteado a sus hijos porque no se deciden a comprar algo, hemos hecho corajes porque los niños se han equivocado en las órdenes del mandado. Y en fin, hasta reclamos de personas que, después de casi quince minutos, regresan para decir que les hizo falta dos, tres o cuatro pesos en su cambio. Lo peor es que viven cerca de ahí, lo malo, todavía, es que cuando se les dan cinco o diez pesos de más, no se vuelven a parar ahí en todo el día.

Pero en ocasiones las cosas son distintas. Todos los días va a comprar un señor de aproximadamente unos 65 años de edad. El señor se llama Juan. Don Juan le decimos, compra lo mismo de siempre, dos cervezas Victoria. El señor, también, siempre lleva un sombrero de paja, un pantalón negro y una camisa demasiado vieja. Guaraches y lentes de micas muy gruesas. Cuando le cobré los 13 pesos de las cervezas me dijo que todavía no le daba el cambio de un billete de cien pesos que, según él, me había dado.

Inmediatamente le contesté que no era verdad, todavía no me pagaba nada, así que no se hiciera el chistosito y me pagara de una vez. Pero lo que hizo no fue pagarme de inmediato o pedir disculpas, sacó las cervezas que antes había guardado en los bolsillos de su pantalón y me enseñó los bolsillos, no había ni un peso.

Poco a poco la gente iba llegando, aproximadamente eran cuarto para las doce de la tarde. Las mamás presurosas compraban alguna golosina para sus hijos que salían del kínder garden. Unas señoras se acercaron al mostrador para pagar pero se alejaron de inmediato, frunciendo su cara. Ya sabía el motivo. Don Juan olía a orina. Las señoras lo miraban, como tratando de averiguar si era él o yo el que olía a pipí. Don Juan me miraba, así que no podía decirles a las señoras que era él y no yo el apestoso.

Mi papá salió de la bodega para atender a las personas que estaban ahí. Luego de esto me preguntó lo que pasaba. Le dije que el señor no quería pagarme porque según ya lo había hecho. Sin más, mi papá tomó las cervezas y las metió al refrigerador: “Vaya por el dinero y horita regresa por las cervezas”, dijo mi papá.

Lo que hizo Don Juan fue decir que sí, que se le había olvidado y se rió. Me miró como queriendo hacerse el gracioso pero entonces me senté, a mi no me daba gracia. El olor se quedó impregnado por unos momentos en el aire que respiraba, me daba asco tragármelo así. Era un olor tan fuerte que hasta raspaba mi nariz, así que sin pensarlo más rocié un aromatizante, pero creo que estuvo peor, era más penetrante. Era mucho más horrible el aroma y fue entonces cuando mejor rocié Raid Max, para matar las cucarachas. Mi papá me regañó porque el olor es demasiado fuerte. Las personas que entraban tosían y se tapaban la nariz. Lo único que pasaba por mi mente al verlos actuar así, tapándose la nariz, era: “¡Por Dios, no creo que cuando estén defecando, por no decir cagando, se tapen la nariz!”.

Luego nada interesante.

02/12/07

Diálogos


¿Qué pretendes al quererme hablar?, es que te quiero escuchar; ¿qué quieres de mí?, lo que tengas para mi; ¿a dónde me quieres llevar?, por donde quieras caminar; ¿quieres conmigo dormir?, sí, para poderte consentir; ¿ahora me quieres abrazar?, por favor, no me vayas a rechazar; ¿te quieres morir?, sin ti no quiero existir; ¿ahora me invitas a jugar?, más bien te quiero besar; ¿te gusta reír?, así dejaré de sufrir; ¿vas a llorar?, perdón, es que empecé a recordar.

¿Dices que me quieres besar?, sí, no me hagas esperar; ¿quieres bailar?, prefiero cantar; ¿quieres comer?, yo te quiero morder; ¿me quieres bañar?, tu piel desnuda quiero observar; ¿un poema me quieres recitar?, es que te quiero enamorar; ¿te gusta soñar?, sí, y también en ti pensar; ¿me vas a cantar?, sólo no te vayas a burlar.

¿Ya te quieres ir?, sin ti no sé qué camino seguir; ¿quieres conmigo vivir?, prometo no hacerte sufrir; ¿y prometes no mentir?, sí, con nadie más quiero este amor compartir ¿siempre me vas a amar?, contigo todos los días despertar; ¿y si el amor llega a morir?, sabremos cómo hacerlo revivir; ¿ya me quieres besar?, y así este amor sellar.

01/12/07

Un relato con un final trágico


Preámbulo

Cuando faltan 20 ó 15 minutos para que el reloj marque las nueve de la noche, ocurre dentro de mí una increíble catarsis que me será difícil explicar. Y es que, con justa razón, es la hora de guardar las libretas, plumas o cualquier objeto que se tenga en la butaca para poder, como dicen las meseras de Sanborn’s, pasar a retirarme. Sí, a mi casa, a descansar. Así que apresuro el paso para poder llegar a mi fiel destino.

En Casa

Cuando llego a casa, marcada con el número 101, en alguna colonia del poblado de Jiutepec, no me sorprende encontrar la puerta abierta, sobre todo porque sé que frente a ésta está un taxi estacionado, el cual es de mi cuñado. Conclusión: el chisme parece estar bueno, son casi las diez y media de la noche, mi mamá, mi hermana, sobrina y prima, aún siguen en la mesa, quitadísimas de la pena.

No me detengo a escuchar, prefiero preguntar después. Sobre la mano llevo un jugo de manzana de Minute Maid, subo las escaleras, camino dos, tres o cuatro metros para abrir la puerta de mi cuarto. Me meto, cierro la puerta, por fin estoy en mi territorio.

Pasan algunos minutos cuando el “toc-toc” me anuncia que alguien llama a la puerta. Sé que es mi mamá, porque siempre toca la puerta en la noche, después de que llegué. También sé por qué lo hace; quiere esperar en mi cama a que mi papá termine de bañarse para que ella pueda hacerlo también. Así que siempre decide ir a mi cuarto a ver qué ando viendo en Internet. A mi me parece una grosería, pues tengo la ligera sospecha de que ella, mi mamá, cree que veo pornografía. Pero eso no es verdad, porque no necesito de esas cosas para liberar mis tensiones.

En fin, esta vez ella no entró para acostarse sobre mi cama con un cobertor de elefantitos, sus razones fueron otras, algo que desde la mañana me angustiaba demasiado.

No puedo dejar de mencionar que todas las noches escucho a Liliana Felipe, esta fabulosa cantante de cabaret que con sus canciones llenas de humor negro, bonitas rimas y alguna que otra grosería me ponen alegre, feliz y excitado, en el buen sentido de la palabra, por supuesto.

“Brujas, rameras, esfinges y quimeras, traidoras ratas negras callejeras, que emponzoñan las buenas maneras… También pueden decirme pinche culera, histérica jodida, retorcida, que fabrica puras mentiras”, es tan sólo una parte de una de sus canciones.

Y mi mamá dice: quita esa música espantosa que me tiene hasta la chingada. Veo que ha aprendido algo de las canciones. Le bajo el volumen a las bocinas para escuchar a mi madre.

–Mañana te vas a levantar temprano para que me ayudes a abrir la tienda porque tu papá no está.

– ¿Dónde está?– pregunto sin voltear a verla, pero visiblemente molesto. Y es que no me gusta levantarme a las seis de la mañana.

–Tu papá no está– responde mi madre –fue al hospital a acompañar a tu tío porque se puso muy mal.

Eso, precisamente, era lo que me temía, eso era lo que me angustiaba. Y es que desde hace tres días mi tío, hermano de mi padre, está demasiado grave, según dijo el doctor la mañana del lunes. El alcohol que durante varios días bebió se apoderó de alguna parte de su cuerpo, o sea, el páncreas. Le ha dañado tanto ese preciado órgano que de poco le sirven los lamentos. Lo único que ha conseguido es preocupar a su pobre madre, es decir, mi abuela, quien a su edad ese tipo de situaciones no le sienta nada bien.

Y respondo que sí, que sí me levantaré temprano para abrir la tienda. Mi madre sale del cuarto, cierra la puerta. Y yo me quedo petrificado. Tantas veces he discutido con mi padre sobre la situación en que su hermano menor está, que ahora sólo prefiero quedarme callado.

La razón; quisiera comprender a mi padre en este momento, me imagino que tal vez se siente como yo cuando observé a mi madre en aquella sala lúgubre del hospital, minutos antes de su operación, pero llego a la terrible conclusión de que tal vez se sienta mucho peor.

Colofón

No podía ser más frío que la realidad. La lluvia comienza a caer, se escuchan esas traviesas gotas de agua azotar el vidrio de las ventanas..

Y termino esto con la canción de Jorge Drexler: “cada uno da lo que recibe, luego recibe lo que da, nada es más simple, no hay otra norma, nada se pierde, todo se transforma”.


Mi tío murió el primero de agosto de este año. Fue un golpe bastante duro para la familia, para los hermanos que lo vieron crecer. Pero fue un golpe bastante duro para esa persona que siempre lo quiso, que se preocupaba por él, por su salud, por su bienestar. Fue un golpe agresivo de la vida que le arrancó lágrimas a esa persona que hubiera dado la vida para que él viviera más: su madre, mi abuela.