
He sido un prostiputo religioso.
Me he dejado manosear tanto hasta el grado de haber sido penetrado por el pensamiento de los católicos, la locura empedernida de los Testigos de Jehová, los lloriqueos constantes de aquellos que siguen La Luz del Mundo, creo que nada más.
Cuando era niño, mis papás siempre nos decían a mis hermanos y a mí que nos pusiéramos a leer la Biblia. No recuerdo si mis hermanos lo hacían, pero de que yo la leía, de eso sí que estoy completamente seguro. O bueno, fingía que la leía para hacerme el interesante con las visitas que llegaban a la casa.
No recuerdo más que el Génesis, creo que de ahí nunca pasé. En la casa siempre había pequeños libros sobre catequismo. Recuerdo mucho ese libro donde en la portada venía la imagen de una mujer que parecía Victoria Rufo. Ahí estudiaba o repasaba las lecturas del padre nuestro, el ave María, entre otras cosas que no me gusta recordar. Mi hermana tuvo que aprenderse todo el libro porque era parte indispensable para poder hacer su primera comunión.
Tuvimos que ir hasta Chilpancingo, Guerrero para que la mentada fiesta religiosa se hiciera. Y es que allá vivían los padrinos. No me acuerdo mucho de la celebración, pero había mucha tierra, mucha gente, mucha comida, muchos niños cantores. Cuando a mi hermana le dieron la hostia, no sé por qué pero llevé las manos hacia su cabeza y le puse cuernos. Lo sé porque existe una foto que lo demuestra. En fin, lo único que me gustó fue una canción que las religiosas entonaron a todo pulmón.
Creo que dice así: con pena va el pastor / cantando va a volver / trayendo entre sus brazos / la oveja que se fue / huyendo de mi casa / un día me alejé / qué triste me buscaba / al ver que me marché.
Es lo único que recuerdo. Yo, por supuesto, nunca hice eso de la primera comunión. Luego de eso, mis papás nos llevaban con los Testigos de Jehová. Muchos saben, creo, que estos religiosos andan de casa en casa predicando la palabra de Dios, al menos así dicen.
En mi casa siempre tocaban la puerta todos los fines de semana. La razón es que dizque nos iban a dar “estudio bíblico”. Durante las sesiones siempre despotricaban contra las demás religiones, nunca daban argumentos válidos, nomás decían que la única verdad es la suya, la de los Testigos de Jehová.
De una hora era la sesión. El libro: El conocimiento que lleva a la vida eterna fue el primero que leímos. Más bien, fue el único, además de la Biblia, claro. Se leía un capítulo, luego venían los cuestionamientos: qué entendiste sobre el tema, qué piensas sobre esto, qué relación existe sobre aquello, ¿crees que puedes pertenecer al nuevo Reino de Jehová?, ahora vamos a leer estos pasajes de la Biblia, perfecto, qué bien… hagamos una oración, cierra tus ojos e inclina tu cabeza.
Como nunca supe qué orar, prefería levantar mi cabeza mientras ellas, porque eran mujeres, lo hacían, Veía sus labios moverse, nunca supe qué decían, pero algo estaban deciendo las condenadas. Cuando estaban por terminar la oración, entonces volvía a agachar la cabeza para dizque terminar la oración, me esperaba algunos segundos para que ellas pensaran que seguía orando. Luego la levantaba y les sonreía.
Debo admitir que a veces no toleraba los dichosos estudios bíblicos. Por eso siempre le decía a mi mamá que por favor les dijera que tenía mucha tarea, que me sentía mal o que no estaba, para que así me dejaran de molestar. Pero ellas siempre le contestaban a mi mamá: dígale a Martín que le dedique un tiempo a Jehová, así como él nos lo dedica siempre. Y mi mamá me llamaba para que las recibiera.
Por fortuna dejé de verlas cuando terminamos de leer el libro. Pero ellas me dijeron que ahora vendría otro: Lo que los jóvenes preguntan, así que para que me sintiera en confianza, me mandarían a un joven para que pudiera hablar abiertamente sobre muchos temas con él. De hombre a hombre (sic).
El joven, que más bien era señor, tartamudeaba. Nunca me reí, pero él fue quien se desesperó. Quién sabe, pero jamás regresó. Ahora, cada vez que los Testigos de Jehová tocan a mi puerta y me insisten en que retome el estudio bíblico, les digo que me decepcionaron cuando me dejaron de visitar. Qué pena Martín, hablaremos con el hermano, me dicen. Claro, aquí los espero, respondo.
Cuando pasó lo del hermano Josué (así se llama el señor tartamudo) mis amigos-vecinos, me invitaron a celebrar el fin de año con su congregación religiosa: La luz del mundo.
Yo acepté. Nos divertimos mucho. Pero me sentía raro al estar ahí con ellos. Se pronunció un discurso extremadamente largo. Y mientras esto pasaba, muchos gritaban: ¡Gloria al Señor, Viva Jesús, Gloria al Señor! Yo me asusté porque lo decían bastante fuerte.
Los días pasaron, así que me invitaron a formar parte de su religión. Nuevamente acepté. Cada día, después de la escuela, íbamos a su lugar de reunión. Mis amigos y yo nos sentábamos en la primera fila. Una columna de butacas era para hombres, mientras que otra era para las mujeres de falda larga.
Siempre he reído, pero esta vez contuve la risa mientras estaba en ese lugar. Y es que las señoras pasaban al frente a entonar alabanzas pero siempre terminaban llorando. Mis amigos también pasaban, también lloraban. Un día me pidieron que pasara con ellos a cantar alabanzas, pero como en el libro de canciones no había alguna que me gustara el ritmo, pues nunca quise.
Al final, se pedía que todos nos pusiéramos de rodillas, inclináramos la cabeza y suplicáramos a Dios por los nuestros. Y aquí comenzaba la chilladera. Los primeros días noté que todos, sin excepción, lloraban. Al momento de levantarse se secaban las lágrimas, sus ojos estaban rojos, hinchados de tanto llorar. A mi me daba pena no llorar. No lo hacía porque no tenía ganas de llorar.
Con el paso de los días tuve que ingeniármelas para que me salieran las lágrimas. No podía seguir así, mis amigos me decían: ¿no lloraste? Y me daba pena decirles que no. Por más que trataba, al momento de orar, nunca pude llorar.
Me acordaba de cosas feas en mi casa o de mi mamá o de mi papá o de algún daño que hubiera sufrido, pero sólo me funcionó algunos días, luego ya no era igual, tratar de recordar momentos tristes en mi vida era ya aburrido. Así que no me quedó de otra más que tallarme los ojos fuertemente hasta ponerlos rojos, rojos, para que pareciera que lloré. Y sí funcionó. Obviamente luego vinieron las infecciones y dolores tremendos en los ojos.
Tuve que dejar esa religión porque mi mamá me dijo que era malo estar ahí. Le pregunté por qué, ella me respondió que los Testigos de Jehová le advirtieron que en esa religión se adoraba a personas malas, a imágenes. Y que además a Dios no le gusta vernos llorar para demostrar que nos arrepentimos de todo el mal que podemos hacer.
Y entonces dejé de ver a los de La luz del mundo. Y a los Testigos de Jehová. Y a los católicos. Y ahora no sé qué chingados hacer.
Creo que me pondré a buscar, por todos los rincones del mundo, a la Cofradía de los Amigos del Crimen. Lo malo es que no tengo mucho dinero para entrar ahí. Sin embargo la buscaré, me vale madre que sea un invento del Marqués de Sade. Yo la buscaré.
Si tan sólo el Marqués de Sade viviera, ah, qué feliz sería a su lado. Qué feliz, claro que sí, qué feliz.