
Hace unos años cuando andaba de reportero para una revista local sufrí mucho. Y no me refiero a que me costaba trabajo hacer mis labores adecuadamente, que en parte sí se me complicaba, pero con el tiempo eso se fue superando, me refiero más bien a soportar el pésimo olor de boca de algunas personas a las que tenía que entrevistar en la calle. Lo más increíble es que esas personas de las que hablo eran, ni más ni menos, funcionarios públicos de alto nivel.
Yo creo que ni de tan alto, porque eso de dejar salir esos olores tan espantosos de plano no tiene justificación. Lo triste para mí era verlos tan modosos ellos, pero tan sólo abrían el hocico lo fulminaban a uno.
Yo sé que por la tragadera entran muchas cosas... pero muchos no nos imaginamos los tufos tan espantosos que las personas nos avientan.
Una vez, camino al trabajo, me subí a la ruta que estaba demasiado llena, algo que por supuesto no tolero mucho porque me molesta tanta persona junta en un lugar tan pequeño. Devisé un asiento libre junto a un señor, el lugar era del lado de la ventanilla. A veces prefiero ir de pie para evitar quedarme atorado cuando me toca descender, pero esta vez decidí pedirle permiso al señor. Ya a su lado me arrepentí de haberlo hecho.
El susodicho se durmió a medio camino con la boca medio abierta. Yo no podía soportar tanto hedor. Mi papá a veces dice: le huele a cagada. Y un amigo dice: ¡tápate esa muela! Yo siempre he sentido ganas de aventarles una pastilla Halls o un chicle Trident de sabor sandía para que no anden por la vida haciéndonos eso.
Yo sé que puede ser un problema grave de halitosis, no los culpo. El problema es que a veces o no se dan cuenta o de plano no tratan de hacer algo por disminuir ese mal. En el trabajo de reportero me pasa seguido. A veces, en las manifestaciones de cualquier tipo, tienes que entrevistar a los líderes o cabezas del movimiento y te topas con este tipo de situaciones. Lo horrible es cuando, al rayo del sol, tienes que aguantar muchísimo tiempo entre la multitud mientras hueles sus palabras.
Una vez, en la preparatoria, a una maestra le entregué un trabajo para que me lo revisara en ese mismo momento porque quería que me aclarara un par de cosas. Al final opté por decirle que si podía de favor hacerme algunas anotaciones en las mismas hojas. La razón, clarísima está, fue que el aroma de su boca me sorprendió: era asquerosísimo.
Yo siempre llevo conmigo pastillas de menta o chicles de varios sabores. Quizá desconfío de mi aliento, pero al menos ando prevenido. Y a veces, cuando tengo personas a mi lado y les apesta el hocico, saco mi paquete de chicles:
-¿Quieres uno?- les inquiero. Y ellos no lo dudan. Lo aceptan. Lo mastican... y se sienten más tranquilos.
