
Ya entrada la madrugada decidieron que sus cuerpos debían estar juntos. Arropándose por el frío insoportable. Ella estaba nerviosa porque no sabía qué pasaría. Este momento, solos, abrazados, lo había anhelado desde siempre. Y llegó el tiempo de unir sus labios. Intercambiar salivas. Y sentir la respiración de uno con otro. Besos, sus primeros besos de alguien que la ha enamorado a través de una mirada. De unos ojos que la encantan, que la fascinan, que la vuelven loca. Él atinó a decir que la quiere mucho. Ella se excitó porque siempre lo quiso oír en ese momento. Bajo esa luna, en ese escenario. Todo un capítulo de amor se configuraba.
Ella lo disfrutó mucho. Se apoderó de él, de su cuerpo, de sus ojos, de sus labios, de su saliva, de su aliento… ella estaba feliz, quería que todo pasara lento, con calma, como una tortuga. Pero no pudo con su corazón.
Ya de día. Un adiós. Despedidas. Y luego nada… nada, nada. Lágrimas de una mujer que soñó demasiado, que aspiró lo suficiente para caer en seco. Tan terrible la verdad, tan doloroso el adiós. Tan infeliz él. Se ilusionó, se lastimó. Pobre de ella. Lo ha mandado lejos, le ha deseado lo mejor, pero no puede borrar de su mente esos momentos tan mágicos. No quiere saber nada más de él. Y él jamás quiso saber de ella. La desdeña, la aleja, la ignora. ¿Y los besos, las palabras, los abrazos? Ya ni se acuerda, no lo desea, no lo recuerda. Imbécil él. Ilusa ella.
La joven no se arrepiente de nada. Sólo lo quiere, lo desea, lo comenzaba a amar. Ya todo pasó. No hubo nada de qué maldecirse, no hubo sexo, nada de eso. Amor del bueno por parte de ella. Una adolescente enamorada, ilusionada.
¡Imagínate si se deja coger! Ahora las cosas estuvieran más que peor. Muchas lágrimas, mucho dolor. Una depresión. Pero ella sólo quería que él le dijera que la amaba. Y proponerle que fuera su novia, su amante, su todo, esas cosas del amor. Ya ni modo, él perdió, tendrá que jalársela él solo.
*Dice mi amiga la jocosa que a veces uno se enamora de un completo idiota que nos pone tan idiotas como él. Y un amor de idiotas, dice, resulta una idiotez. ¡Asco!