
Cuando mis padres me dijeron que no podían seguir pagando la preparatoria privada en la que estaba inscrito, casi se me caen los calzones. Me enojé mucho con ellos que hasta les recordé por mucho tiempo lo que me habían jurado el primer día de clases: hacer hasta lo imposible por mantenerme ahí.
Lo más rabioso fue cuando me dijeron que tendría que estudiar hasta Xochitepec, si es que quería seguir con eso de la comunicación. Mi papá me dijo: búscate una carrera mejor, una que sea más rentable. Mi mamá le hizo eco. Yo preferí mirarlos, callarme, enojarme, hacer berrinches. Pero eso no cambió nada. Tuve que estudiar hasta Xochitepec.
En esos tiempos de preparatoria me gustaba mucho la televisión. Ese era mi sueño, conocer todos los secretos de la caja mágica. Pero bastaron dos clases con el docente de esa materia para que mis ilusiones se deslizaran como el agua entre las manos. Me aburrí, me desilusioné. Y no quise saber nada más. Me harté. Odié tantos botoncitos, tantas cosas raras de la luz, de los sets, de las cámaras.
Así que el hecho de estudiar en Xochitepec se volvió tan cansado como estar en las clases de televisión. Pero eso también duró sólo algunos días. La presencia de un profesor, que hasta la fecha recuerdo, me contagió de ánimos exagerados. La materia: periodismo uno. La manera en que Jesús Hernández Villagómez contaba las cosas, ese amor que decía tener al periodismo me impactó sobremanera. Luego vinieron los ejercicios, las prácticas; realizar crónicas, notas periodísticas, entrevistas, artículos, reportajes. Con todo eso quedé fascinado. Cumplí con los ejercicios. A cada uno de los géneros le apliqué dedicación, entusiasmo. Y descubrí que redactar es mi pasión.
Sin afán de presumir, puedo decir que de toda la clase era el único al que no le preocupaba cuántas líneas escribir. Siempre observaba a mis compañeros terminar sus trabajos en algunas computadoras de la escuela. Y me reía, me preguntaba cómo era posible que nadie lo hubiera hecho en su casa, con calma, con tranquilidad, bien pensado, bien redactado, con perfecta ortografía. Pero jamás pude obtener una respuesta.
Mis papás aún se preguntan si la licenciatura que estudio es lo mejor para mí. Ellos me han visto siempre con un periódico en la mano, viendo noticias, escuchándolas. Pero, como he dicho, no saben si realmente ser periodista es lo que quiero. Me sorprende que me sigan preguntando si al terminar la universidad trabajaré como reportero. Y les contesto con la misma tónica, la de la duda: ustedes qué creen.
He tenido unas cuantas experiencias. Han sido verdaderamente exultantes. La primera en el Diario de Morelos haciendo "La pregunta del día", encuestas sobre determinados temas, así como la redacción de algunos pies de fotos. Lamento no haber aprovechado bien el tiempo ahí, pero lo poco que hice fue satisfactorio. Luego vino Sin Línea Diario, con Justino Miranda. Y ahí le siguieron los regaños constantes, los jalones de orejas, las órdenes de trabajo agresivas, el compañerismo, la angustia por tener buenas notas, por obtener buena información, pero sobre todo por tener información exacta, confiable e indispensable, algo que pocas veces se logró.
Me gusta el periodismo tanto que ahora espero con ansias el poder regresar a nuevas experiencias. Sé que la preparación tiene que ser constante, pues siempre se aprende, cada día pasa algo, surgen nuevas cosas. Espero vengan tiempos mejores para que algún día pueda decir, como lo dicen muchos, amo mi trabajo, pero qué chido que me paguen por algo que disfruto tanto.
Con el tiempo dejó de importarme que mis padres no cumplieran su palabra de mantenerme en la escuela privada. Y ahora ando agradecido por haber conocido el periodismo a través de alguien que dedicó gran parte de su vida a este oficio tan interesante.