
¡Ya! Que me he molestado terriblemente. No tengo razones válidas para hacerlo. Pero de que me he molestado, pues me he molestado. Y mucho. Mientras me bañaba tan tranquilamente –bueno, no tan tranquilo porque esperaba a una amistad en diez minutos– mis sobrinos comenzaron a fastidiarme tocando la puerta del baño. Yo les gritaba que se calmaran. Que cuando saliera se las iban a arreglar conmigo. Pero los chamacos nomás no me hicieron caso –como siempre, ninguna novedad, sin autoridad ante ellos pues. Escuchaba sus risas de fondo mientras seguían, ahora quién sabe con qué objetos en mano, golpeando la puerta. Y me cansé, me cansé. Medio abrí la puerta para echarles agua fría pero no los alcancé. Luego siguieron haciendo lo mismo: molestándome. Y cuando nuevamente me decidí a tirarles agua resbalé por el suelo del baño. Ya no contaré nada más porque me da pena.
*Imagen tomada de internet.

6 comentarios:
Ay! me pareció muy chistosa la anécdota Martín, jeje, lo siento. Les hubieras dado sus nalgadas, chamacos malcriados, XD. Saludos afectuosos!
jaja, niños...
saben como, cuando y donde pegar...
son estrategas soberbios!!
A mi sí cuentame.
A actualizar, mi estimado ;)
JAJAJAJA
Debiste ignorarlos hasta que se cansaran!!!
Yo por eso, entre otras cosas, no quiero tener hijos.
Publicar un comentario en la entrada