
Yo tengo una sobrina que hace unos días cumplió tres años. La verdad es que la quiero mucho. No se lo digan a nadie, pero a pesar de que es tremendamente latosa, es parte de mi alegría.
Un día quise enseñarle a escribir su nombre. No me desesperé de sus intentos fallidos. Luego quise enseñarle las vocales, pero no me hizo caso. Prefirió irse a jugar con sus muñecas. También la regaño porque hace travesuras, pero tampoco entiende. Y la comprendo porque es una niña.
En alguna ocasión su papá, mi hermano, discutió con su mamá. Hubo muchos gritos, mucha desesperación. Y ella, mi sobrina América, les decía: Ya cállense que no me dejan oír la tele. Ese mismo día mi cuñada canceló todos los intentos de una posible reconciliación con mi hermano. Estaba enojada, molesta, se quería ir. Y a la niña se quería llevar. Mi hermano no dijo nada, dejó que hiciera lo que quisiera. “Se le pasará”, pensó. Yo, mientras tanto, me asomé por la puerta a ver si era cierto que América se iría. No estuve mucho tiempo mirando por la puerta porque vi que su mamá la subía al taxi, así que me dirigí a mi cuarto a verla desde la ventana. El llanto nubló mi vista. Todo era borroso.
Afortunadamente mi cuñada se acabó el dinero, regresó a la casa en dos semanas. Y América continuó haciendo travesuras.
Sus papás siempre le prometían que la llevarían al cine, al circo, al parque. Pero sus papás nunca le cumplían. Yo comencé a ir al teatro cuando terminé una relación de pareja, era mi distracción, pero pronto se convirtió en un amor incondicional el asistir a los escenarios. Cuando vi al Ballet de Cámara del Estado de Morelos montar en escena Pedro y el lobo quise que mi sobrina lo viera.
Así fue. La llevé un domingo. Andaba emocionadísima, todo el recorrido en el taxi me estuvo preguntado: ¿Ya vamos a llegar? ¿Ya vamos a llegar? Y cuando llegamos le daba pena ver a tantos niños. Hasta dejó de hablar, de preguntarme cosas. Al comenzar la función estaba inquieta, pero le dije que viera todo lo que pasaba para que al llegar a la casa le contara a su papá.
Se quedó quieta cuando la música comenzó. Y, otra vez mi cursilería, casi me daban ganas de llorar cuando la vi tan atenta, sonriendo por todo lo que pasaba en el escenario. Más ganas de soltar el llanto me dio cuando me decía: mira tío, mira el gato, el lobo. Jamás lo olvidaré, jamás.
Yo quiero mucho a mi sobrina. Y también a mi sobrino, el hijo de mi hermana menor. Fui feliz cuando América pronunció mi nombre. Me gusta cuando mi sobrino Osvaldo me dice tío. De verdad que los quiero mucho, pero no se lo digan a nadie. Yo siempre los regaño por traviesos, pero ellos me dicen: tonto, tonto… Y se echan a correr.
Extra:
Alguna vez, en el negocio de mis padres, América miraba detenidamente a un par de niñas. Luego les soltó una pregunta: ¿Ya se bañaron? Desconcertadas las niñas contestaron lo común: Sí, ¿por qué? Y ante el asombro de los demás, América les dijo: es que huelen a caca.
*La imagen no es del ballet morelense, es del ballet regiomontano. Es que no encontré una del tlahuica.
Un día quise enseñarle a escribir su nombre. No me desesperé de sus intentos fallidos. Luego quise enseñarle las vocales, pero no me hizo caso. Prefirió irse a jugar con sus muñecas. También la regaño porque hace travesuras, pero tampoco entiende. Y la comprendo porque es una niña.
En alguna ocasión su papá, mi hermano, discutió con su mamá. Hubo muchos gritos, mucha desesperación. Y ella, mi sobrina América, les decía: Ya cállense que no me dejan oír la tele. Ese mismo día mi cuñada canceló todos los intentos de una posible reconciliación con mi hermano. Estaba enojada, molesta, se quería ir. Y a la niña se quería llevar. Mi hermano no dijo nada, dejó que hiciera lo que quisiera. “Se le pasará”, pensó. Yo, mientras tanto, me asomé por la puerta a ver si era cierto que América se iría. No estuve mucho tiempo mirando por la puerta porque vi que su mamá la subía al taxi, así que me dirigí a mi cuarto a verla desde la ventana. El llanto nubló mi vista. Todo era borroso.
Afortunadamente mi cuñada se acabó el dinero, regresó a la casa en dos semanas. Y América continuó haciendo travesuras.
Sus papás siempre le prometían que la llevarían al cine, al circo, al parque. Pero sus papás nunca le cumplían. Yo comencé a ir al teatro cuando terminé una relación de pareja, era mi distracción, pero pronto se convirtió en un amor incondicional el asistir a los escenarios. Cuando vi al Ballet de Cámara del Estado de Morelos montar en escena Pedro y el lobo quise que mi sobrina lo viera.
Así fue. La llevé un domingo. Andaba emocionadísima, todo el recorrido en el taxi me estuvo preguntado: ¿Ya vamos a llegar? ¿Ya vamos a llegar? Y cuando llegamos le daba pena ver a tantos niños. Hasta dejó de hablar, de preguntarme cosas. Al comenzar la función estaba inquieta, pero le dije que viera todo lo que pasaba para que al llegar a la casa le contara a su papá.
Se quedó quieta cuando la música comenzó. Y, otra vez mi cursilería, casi me daban ganas de llorar cuando la vi tan atenta, sonriendo por todo lo que pasaba en el escenario. Más ganas de soltar el llanto me dio cuando me decía: mira tío, mira el gato, el lobo. Jamás lo olvidaré, jamás.
Yo quiero mucho a mi sobrina. Y también a mi sobrino, el hijo de mi hermana menor. Fui feliz cuando América pronunció mi nombre. Me gusta cuando mi sobrino Osvaldo me dice tío. De verdad que los quiero mucho, pero no se lo digan a nadie. Yo siempre los regaño por traviesos, pero ellos me dicen: tonto, tonto… Y se echan a correr.
Extra:
Alguna vez, en el negocio de mis padres, América miraba detenidamente a un par de niñas. Luego les soltó una pregunta: ¿Ya se bañaron? Desconcertadas las niñas contestaron lo común: Sí, ¿por qué? Y ante el asombro de los demás, América les dijo: es que huelen a caca.
*La imagen no es del ballet morelense, es del ballet regiomontano. Es que no encontré una del tlahuica.

7 comentarios:
Que historia tan adorable =)
¡ Qué tierno !
José Luis
sabes martin eres el tio concentido, me hiciste recordar algunos momentos con mi familia.
no deja de sorprenderme la forma en que escribes, me sacas las sonrisas. sigue asi y cuidate
Híjole, yo ni muerto dejo que mis sobrinos me digan tío.
Tengo como 9, ¿te había contado?
Claro que algunos me caen mucho mejor que otros.
Pero creo que ante tantos sería imposible no establecer diferencias.
Me gustó el relato de hoy.
Pd. Ya vine a saludar, para que no extrañe mucho.
Que bonito! ah, me encantaría tener sobrinos.
Un abrazo.
yo tengo 18 sobrinos de 9 hermanos,unos de mi misma edad otros pequeños, pero en realidad lo más bonito con los grandes es que puedo convivir y con los pequeños puedo disfrutar de lo que hacen y dicen.
Así que disfruta Martí por que crecen rápido.
Qué tierna historia...
Mis sobrinos aún no saben que ellos son los que me harán retornar, pero no me puedo resistir a que me den un fuerte abrazo o a ensenarles las tablas de multiplicar... jeje!
Por cierto, ya no me ha pasado a saludar, eh!
Saludos tío Martín!
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