
Sólo una vez me he subido a una motocicleta. Y de ahí para adelante jamás lo he vuelto a hacer. Sostengo aún la promesa de no volverlo a hacer... aunque mi vida corra peligro. Ese día andaba fuera de la escuela porque los maestros tuvieron reunión académica. Y como era demasiado temprano, muchos de mis compañeros organizaron un “convivio express” para pasar el rato. Desaburrinos. Platicar de cosas nada importantes. Sin fondo, sin sustento. Hablar por hablar. Hasta que la tarde se hiciera presente. Al día siguiente, eso sí lo sé, haríamos una excursión a un museo. Pero lo más importante era el gancho para ir al museo: el parque de diversiones. Así que muchos andábamos emocionadísimos. Ya entrada la tarde, cada quien se dirigió a sus casas. A mí no me quedaba lejos del lugar donde se realizó el convivio, pero no quería caminar. Y entonces encontré cómodo que Moisés, un compañero, me trasladara en su recién adquisición: una motocicleta. Un lujo para un niño de quinto grado de primaria. Pero nada extraordinario para él; Moisés, alto, delgadísimo, tonto, bobo. Moisés, al que su mamá se cacheteba cuando la profesora le daba quejas sobre el desempeño escolar de su hijo. Moisés, al que castigaban con bofetadas, pero premiaban con aparatos ostentosos. Sin hacerla más de cuento. Me trepé a la parte de atrás de la motocicleta. No me sujeté de la cintura de Moisés porque eso sería bastante penoso para mí. Bien atrevido. Así que de donde pude me agarré. Implorando que no me pasara nada malo. Actuando cuando el viento chocaba en mi cara. En su cara. Pero todo sucedió tan rápido. La distancia recorrida no era bastante. Al primer tope salté como vil objeto inservible. Rodé sobre mis piernas, caí sobre mi mochila. Me raspé las rodillas. Y Moisés siguió su camino hasta que se dio cuenta que metros atrás, a la mitad de la calle, estaba su compañero Martín hincado. Sobándose. Disimulando que todo había sido un accidente chusco. Como para reírse. Y así sucedió. Moisés se rió. Él preguntaba qué me había pasado tantas veces como le respondí. Pero nunca le satisfizo mi respuesta. A mí tampoco, sinceramente. Yo rodé como pelota. Me impacté como vaca sobre automóvil. Yo no lloré. Pero Moisés rió, que es mucho mejor.

6 comentarios:
Lo bueno es que no paso nada lamentable. Todos tenemos una experiencia de mal sabor... yo lo se muy bien ...
No quiero ser irrespetuoso; pero me ha provocado risa imaginarme la escena, jeje. Tu redacción es magnífica y tu blog me agrada bastante. Estoy de acuerdo, las motos me parecen peligrosas. Saludos!
Jajajaja.... Ya sabes que te tienes que agarrar de la cintura.
Un abrazo.
jojo.
prefiero la bici
Jeje, qué bien que lo hayas tomado así.
Saludos.
Moises,Al que su mamá se cacheteba cuando la profesora le daba quejas sobre el desempeño escolar de su hijo.
si para ti fue penoso caerte de la motoneta para mi es mas penoso que su mamá le haya dado una y más enfrente de los compañeros. Eso si siente bien gacho.
Publicar un comentario en la entrada