Y de repente que me dan ganas de tomar una silla para ponerla en el balcón de mi casa. Ahí me senté cruzado de piernas como viejo senil sin nada que hacer. Sin galletas Marías que remojar en una taza de café. Dejé en mi habitación los periódicos. Esta tarde quise sentarme a mirar a mi derredor. Lo malo es que el balcón no da hacia la calle, da hacia otras casas, la de mis vecinos. Y entonces que me pongo pensativo porque me entró la nostalgia. Que los años han pasado. Y que cada vez mi juventud de desvanece.
***
***
Daniel se arrojó del cuarto piso. Durante su caída se llevó consigo los cables de luz. La oscuridad se apoderó de la colonia. Y los gritos fueron de terror. Mucho nerviosismo. Mucha preocupación.
Minutos antes su padre trató de contenerlo. Pero no pude hacer nada. Nadie podía subir a la azotea porque Daniel los repelía a palazos. Y los escupía. Estaba borracho, drogado, herido. Amenazaba con tirarse hasta que se tiró. Un grito común: Te amo. La mujer que estaba abajo lloró. Pero anda podía hacer.
Días antes lo había dejado porque ella no lo amaba más. Él se empecinó en seguir la relación, en cambiar todo, en empezar de nuevo, pero ella no quería nada más con él. La relación estaba rota. Muerta.
Meses antes eran una pareja feliz. Una pareja que la gente miraba. Él un drogadicto que quería dejar “esas porquerías”. Ella una suripanta que “quién sabe qué le vio a ése”. Y eran una pareja que, decían, se amaba.
Daniel quedó tirado en el suelo. La ambulancia llegó. La muerte era segura. Pero no fue así. Sólo quemaduras en el cuerpo por los cables de luz. Y una pierna destrozada. La operación era necesaria. Ahora Daniel usa muletas. Y trata de ser feliz con su esposa, su hija, su padre. Y dice: a la azotea, ni para tender la ropa, cabrón.
Minutos antes su padre trató de contenerlo. Pero no pude hacer nada. Nadie podía subir a la azotea porque Daniel los repelía a palazos. Y los escupía. Estaba borracho, drogado, herido. Amenazaba con tirarse hasta que se tiró. Un grito común: Te amo. La mujer que estaba abajo lloró. Pero anda podía hacer.
Días antes lo había dejado porque ella no lo amaba más. Él se empecinó en seguir la relación, en cambiar todo, en empezar de nuevo, pero ella no quería nada más con él. La relación estaba rota. Muerta.
Meses antes eran una pareja feliz. Una pareja que la gente miraba. Él un drogadicto que quería dejar “esas porquerías”. Ella una suripanta que “quién sabe qué le vio a ése”. Y eran una pareja que, decían, se amaba.
Daniel quedó tirado en el suelo. La ambulancia llegó. La muerte era segura. Pero no fue así. Sólo quemaduras en el cuerpo por los cables de luz. Y una pierna destrozada. La operación era necesaria. Ahora Daniel usa muletas. Y trata de ser feliz con su esposa, su hija, su padre. Y dice: a la azotea, ni para tender la ropa, cabrón.

3 comentarios:
Vaya, las historias que se te ocurren de un momento a otro. Contemplar el suicidio por alguien que amaste, y ya no te ama. No se merece ni siquiera nuestra vida por ello.
Ay, ojalá yo pensara esas cosas cuando me asomo al balcón.
Ojalá tuviera un balcón.
Odio que llueva.
Publicar un comentario en la entrada