
En mis intentos por fumar siempre he sido un verdadero fracaso. Nunca he logrado consumir por completo un cigarro. Todo queda a medias. Las ocasiones en las que me he sentado, cruzado de piernas, en una banqueta de la ciudad con cigarro en mano, han sido tremebundas.
Hace algunos años un queridísimo amigo mío intentó infundir en mí el gusto por el cigarro. O más bien, creo que me quería enseñar a fumar. A mí siempre me ha gustado el olor del cigarro, el humo atravesándome, impregnándose en mí. Así que después de mostrarme renuente decidí no hacerle más el fuchi a su propuesta.
Al salir de la escuela decidimos platicar en las banquitas cargadísimas de cagada que están en la Glorieta de la Luna, en Cuernavaca. Ahí nos sentamos. Él, mi amigo, fumaba. Luego me invitó a que hiciera lo mismo. Encendí el Marlboro 100, de esos que son algunos centímetros más grandes que los demás cigarros tradicionales.
El cigarro no tardó mucho tiempo en mis labios cuando de pronto ocurrió la primera bocanada. Tosí, tosí, tosí. Y me negué a seguir intentando fumar. Sin embargo mi amigo me convenció de seguir haciéndolo. Así fue. Yo me tocaba el cuello dizque para sentir el humo atravesando mi garganta, para luego dejarlo libre por el viento. Me gustaba tener el cigarro en la mano, mirando cómo el viento también lo consumía. Golpeándolo levemente para tirar las cenizas. Mis pulmones habían dejado de ser vírgenes, el humo que aspiré por cuenta propia los había penetrado.
Pero no pude más. Luego de tanto reírme, de sentirme diferente, algo pasó. Estaba mareado. Quería vomitar. Cuando me levanté de la banca sentía que en cualquier momento me daba el soponcio. Diré una vulgaridad: parecía que había o me habían recién cogido porque mi caminar era charro. Verdaderamente que la nicotina me hizo mal.
–Eso pasa la primera vez– me dijo mi amigo. Decidí que no quería saber qué pasaba después. Pero no pude, lo acepto, lo admito, no pude contenerme. Me obsesioné con el cigarro. Ya no me bastaba su olor. No quería seguir siendo fumador pasivo, quería volverme el activo. Quería, como muchos a mi alrededor, sacar humo por la boca.
Y lo hice clandestinamente. Que mi familia no se entera. Que mis amistades tampoco. Probé de todos los cigarros. A veces, cuando no había nadie en casa, antes de bañarme prendía un cigarro, estaba dispuesto a fumármelo por completo. Me miraba ante el espejo. ¿Orgulloso? No, la verdad es que no. A la mitad del cigarro comenzaba a dolerme la cabeza, me sentía mareado. Y rápidamente me metía bajo la regadera para apaciguar un poco mis malestares.
Una tarde en que tampoco había nadie en casa decidí fumar un cigarro Raleigh, pensé que por ser pequeños podría acabarme uno. No fue así. Todo parece perfecto pero al final resulta ser una barbaridad. Encendí el cigarro. Quise acostarme, hojear una revista, sentirme todo un fumador. Y cuando pensé que podía acabarme el cigarro, el dolor de cabeza empezó a surgir, acompañado, por supuesto, del mareo terrible. Me levanté de la cama. Apagué el cigarro, me fui a bañar.
Ni las aspirinas ni nada pudo aliviarme el dolor. Juré por mi madre que jamás volvería a intentar fumar. ¡Qué fracaso!, ¡Qué ridiculez!
Pero, como pasó anteriormente, quise jugármela de nuevo. Hablo por supuesto de las fumadas. Una noche, al salir de la universidad, quise fumar por primera vez en un taxi. Abordé el vehículo. Y el colmo de mi mamonería fue decirle al taxista: ¿le molesta si fumo? Su respuesta fue: invítame uno pues. Se lo invité. Y él se ofreció a prender mi cigarro, pero le dije: no, gracias, aquí traigo encendedor.
Al principio disfruté el ir aventando la ceniza del cigarro por la ventanilla. El ir arrojando bocanadas era exultante. Pero la alegría duró poco. Cuando me di cuenta que las cenizas se me regresaban mi cabeza empezaba a sentir dolores. Y el mareo se conjugó con la rapidez del taxi. Ahora quería llegar pronto a mi casa. Las chupadas de pastillas Halls no me funcionaron. Los chicles mucho menos. El vómito estaba a punto de hacerse presente.
Al llegar a la casa corrí al baño casi como si tuviera diarrea. Pero al estar en el baño no vomité ni pasó nada. Quería llorar. Me sentía malísimo. Fui a recostarme, a esperar a que todo pasara. Así fue. El dolor se me quitó, pero las malditas ganas de querer fumar un cigarro completo no se han desvanecido.
Y he intentando varias veces pero mi organismo no aguanta. Es miedo, es estrés, es desesperación. Mi mamá dice: deberías de aprender otras cosas. Y le digo que sí, que está bien, que luego, que para todo existe tiempo.
Ya no me importa ni preocupa fumar. Me he dado cuenta que eso no es para mí. Respeto, por supuesto, a quienes fuman, a quienes dicen que los relaja, que los aliviana. A mí no, a mí me provoca malestares. Y si eso es ahora, no quisiera saber qué pasaría si fumara hasta una cajetilla en un día. Probablemente muchos cánceres, muchos problemas, como en todo.
Mi postura es: fumar es dañino para la persona que lo hace, pero también para quienes están a su alrededor. Por mí no existe problema. Pero muchas personas no fuman porque quieren estar sanas, porque les molesta el humo, porque son intolerantes al tabaco. Lo mejor es respetar la decisión de cada quien, pero sería bastante mejor que hubiera menos contaminación, más espacios libres de humo, menos muertos por cáncer, menos enfermedades. Creo que todos coincidimos en que la salud es importante, así que tratemos de cuidarnos.
Al salir de la escuela decidimos platicar en las banquitas cargadísimas de cagada que están en la Glorieta de la Luna, en Cuernavaca. Ahí nos sentamos. Él, mi amigo, fumaba. Luego me invitó a que hiciera lo mismo. Encendí el Marlboro 100, de esos que son algunos centímetros más grandes que los demás cigarros tradicionales.
El cigarro no tardó mucho tiempo en mis labios cuando de pronto ocurrió la primera bocanada. Tosí, tosí, tosí. Y me negué a seguir intentando fumar. Sin embargo mi amigo me convenció de seguir haciéndolo. Así fue. Yo me tocaba el cuello dizque para sentir el humo atravesando mi garganta, para luego dejarlo libre por el viento. Me gustaba tener el cigarro en la mano, mirando cómo el viento también lo consumía. Golpeándolo levemente para tirar las cenizas. Mis pulmones habían dejado de ser vírgenes, el humo que aspiré por cuenta propia los había penetrado.
Pero no pude más. Luego de tanto reírme, de sentirme diferente, algo pasó. Estaba mareado. Quería vomitar. Cuando me levanté de la banca sentía que en cualquier momento me daba el soponcio. Diré una vulgaridad: parecía que había o me habían recién cogido porque mi caminar era charro. Verdaderamente que la nicotina me hizo mal.
–Eso pasa la primera vez– me dijo mi amigo. Decidí que no quería saber qué pasaba después. Pero no pude, lo acepto, lo admito, no pude contenerme. Me obsesioné con el cigarro. Ya no me bastaba su olor. No quería seguir siendo fumador pasivo, quería volverme el activo. Quería, como muchos a mi alrededor, sacar humo por la boca.
Y lo hice clandestinamente. Que mi familia no se entera. Que mis amistades tampoco. Probé de todos los cigarros. A veces, cuando no había nadie en casa, antes de bañarme prendía un cigarro, estaba dispuesto a fumármelo por completo. Me miraba ante el espejo. ¿Orgulloso? No, la verdad es que no. A la mitad del cigarro comenzaba a dolerme la cabeza, me sentía mareado. Y rápidamente me metía bajo la regadera para apaciguar un poco mis malestares.
Una tarde en que tampoco había nadie en casa decidí fumar un cigarro Raleigh, pensé que por ser pequeños podría acabarme uno. No fue así. Todo parece perfecto pero al final resulta ser una barbaridad. Encendí el cigarro. Quise acostarme, hojear una revista, sentirme todo un fumador. Y cuando pensé que podía acabarme el cigarro, el dolor de cabeza empezó a surgir, acompañado, por supuesto, del mareo terrible. Me levanté de la cama. Apagué el cigarro, me fui a bañar.
Ni las aspirinas ni nada pudo aliviarme el dolor. Juré por mi madre que jamás volvería a intentar fumar. ¡Qué fracaso!, ¡Qué ridiculez!
Pero, como pasó anteriormente, quise jugármela de nuevo. Hablo por supuesto de las fumadas. Una noche, al salir de la universidad, quise fumar por primera vez en un taxi. Abordé el vehículo. Y el colmo de mi mamonería fue decirle al taxista: ¿le molesta si fumo? Su respuesta fue: invítame uno pues. Se lo invité. Y él se ofreció a prender mi cigarro, pero le dije: no, gracias, aquí traigo encendedor.
Al principio disfruté el ir aventando la ceniza del cigarro por la ventanilla. El ir arrojando bocanadas era exultante. Pero la alegría duró poco. Cuando me di cuenta que las cenizas se me regresaban mi cabeza empezaba a sentir dolores. Y el mareo se conjugó con la rapidez del taxi. Ahora quería llegar pronto a mi casa. Las chupadas de pastillas Halls no me funcionaron. Los chicles mucho menos. El vómito estaba a punto de hacerse presente.
Al llegar a la casa corrí al baño casi como si tuviera diarrea. Pero al estar en el baño no vomité ni pasó nada. Quería llorar. Me sentía malísimo. Fui a recostarme, a esperar a que todo pasara. Así fue. El dolor se me quitó, pero las malditas ganas de querer fumar un cigarro completo no se han desvanecido.
Y he intentando varias veces pero mi organismo no aguanta. Es miedo, es estrés, es desesperación. Mi mamá dice: deberías de aprender otras cosas. Y le digo que sí, que está bien, que luego, que para todo existe tiempo.
Ya no me importa ni preocupa fumar. Me he dado cuenta que eso no es para mí. Respeto, por supuesto, a quienes fuman, a quienes dicen que los relaja, que los aliviana. A mí no, a mí me provoca malestares. Y si eso es ahora, no quisiera saber qué pasaría si fumara hasta una cajetilla en un día. Probablemente muchos cánceres, muchos problemas, como en todo.
Mi postura es: fumar es dañino para la persona que lo hace, pero también para quienes están a su alrededor. Por mí no existe problema. Pero muchas personas no fuman porque quieren estar sanas, porque les molesta el humo, porque son intolerantes al tabaco. Lo mejor es respetar la decisión de cada quien, pero sería bastante mejor que hubiera menos contaminación, más espacios libres de humo, menos muertos por cáncer, menos enfermedades. Creo que todos coincidimos en que la salud es importante, así que tratemos de cuidarnos.
Yo fumaría lo necesario, en el lugar adecuado. Y esperando, porque me considero respetuoso, no molestar a nadie. Pero he dicho que me marea el fumar, así que ni modos, seguiré fumando pasivamente. ¡Viva la buena vida!

3 comentarios:
Siempre he dicho: "Si quieres joderte los pulmones está bien: son tus pulmones; pero no quieras pasar a joderme los míos". Tengo amigos que fuman, claro, amigos que fuman una cajetilla al día. Por supuesto que los respeto, "el que por su gusto muere...", pero siempre me alejo de ellos cuando van a fumar. Ya lo saben y lo entienden y todos felices.
A mí me gusta oler el tabaco cuando está apagado, me encanta; sin embargo, el humo me da mucho asco.
Gluuups!
Yo nunca he tenido siquiera una punta de cigarro en mis labios... soy casto y puro en ese sentido, jeje.
La verdad no me interesa fumar y es lo unico que me fastidia de ir al antro: llegar oliendo super bien y salir transpirando todo lo que otros se fumaron, que ascooo!
En fin, asi son las cosas en esta vida: cada quien elige como vivir la suya.
Por cierto, ya le aclare el punto del periodico: relea mi introduccion a ese post, por favor.
Saludos y gracias por darse un tiempecito de leerme.
Abrazoootes!
Yo fumo y es un hábito que odio. Pero a la menor provocación estoy comprando cigarros.
Publicar un comentario en la entrada