
Estaba enojado. Él estaba enojado. Quién sabe qué persona lo hizo enojar. Yo no fui. Me deslindo. No me lavo las manos porque ni siquiera tuve nada que ver en su cochinero. Pero él claramente estaba enojado. Y me llamó. Para qué. No lo sé. Pensé que habría tantas elucubraciones que decirme. Pero me equivoqué. Uno, a pesar de tantas cosas, no aprende a no ser tan amable con las personas. Suena el celular. Contesto. Saludos, buenas noches. ¿Cómo estás? Bien, como siempre, me alegro, no me importa, es la rutina el preguntar. Sonrisa, sonrisa, grandísima sonrisa se ha dibujado en mi rostro. Y todo para qué. Si al final se dice uno lo mismo, se trata igual. Ya las palabras no tienen sentido. Es la misma perra pero revolcada muchas veces. Y lo vuelvo a decir: él estaba enojado. Qué le hice. Nada. Por eso, por aquello, por todo, por nada se enoja. Qué feo, qué triste. Qué pendejo pues. Cuélgame. ¿Seguro? Hazlo, no preguntes. Es una orden. Es lo que quieres. Más bien es lo que quieres que haga. Ni madres. Ni te reíste de mis chistes. Ni te reíste de las chupadas de paleta. Fingí. Mierda, qué mierda que eres. Ya no tiene caso, si finges eso, puedes fingir un orgasmo. Claro que no. Eso dices. Eso quiero que digas. Qué malo eres, qué malísimo eres. Silencio que se expande. Ya tu voz no se escucha. Sólo la vecina cantando. El ventilador. Mi respiración. Creí que no colgarías. Dijiste que ibas a cenar. Supongo que tuviste buen provecho. Y al final, como pendejo me quedé: sí colgaste, qué malo eres. Y entonces me puse a llorar. Pobrecito. Te extraño. ¿Me crees?

1 comentarios:
Odio el café. Pero siempre puedo tomar té o chocolate, así que acepto gustoso tu invitación. Aunque ya estoy mejor (paradójicamente, gracias a él).
Publicar un comentario en la entrada